Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF

Desde niños nos han enseñado que la tierra nos atrae, que los objetos tienen un volúmen y que el tiempo pasa -con una sensación de mayor rapidez cuando somos mayores- estableciendo un orden en los sucesos que presenciamos a lo largo de nuestra vida. Aún más, lo hemos aprendido de una manera científica en las clases de ciencias que, en la secundaria, apenas se salen de la física clásica; también lo hemos comprobado en el día día, en el pasar de las horas rodeados por cuerpos tridimensionales. Aprendimos a leer la hora en relojes digitales y de aguja y nunca nos preguntamos porqué todos los segundos duraban lo mismo, ni porqué las agujabas giraban siempre hacia el mismo lado: ese dogma que es el sentido de las agujas del reloj . Son conceptos tan tangibles que se han convertido en verdades absolutas.

Que vivamos en un entorno como es el de este planeta no quiere decir que no estemos preparados anatómica o mentalmente para percibir lo que se sale de nuestra naturaleza. La tridimensionalidad del espacio y la continuidad del tiempo fueron conceptos que se desmontaron -como aquel de la tierra plana- cuando alguien descubrió que un haz de luz torcía su camino para precipitarse en un agujero negro. Nuestra manera de entender el universo no funcionaba en las inmediaciones de aquel inmenso agujero devorador de todo, que se tragaba a un asteroide con la misma facilidad que a las creencias humanas, y que se tragarán sino se están tragando ya a Dios y a todos los santos.

Más allá de lo visible -de esa «ineluctable modalidad de lo visible» de la que hablaba Joyce, que quizás no sea tan ineluctable- hay un mundo que, quizás por tener una existencia más discreta al ojo humano, parece escapar a nuestros sentidos e incluso a nuestra imaginación, cuando en realidad es tan real y tangible como éste que sí creemos comprender. Para comprenderlo quizás haya que desmontar primero esa idea del tiempo, medible por los relojes, de avance continuo y de naturaleza casi mitológica, para entender que semejante concepto no es sino un intento de explicar una dimensión más del espacio en que vivimos, un espacio de cuatro dimensiones en el que lo que entendíamos como tiempo no es ni mucho menos constante y, por supuesto, no hay certeza de que transcurra siempre en la misma dirección.

Abre Carl Sagan su introducción a un viejo libro de Stephen Hawkin diciendo que «nos movemos en nuestro ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo». Por eso, si no aprendemos a ver el Universo (y nuestro planeta como parte de él) de una forma ya apartada de esa percepción tridimensional y directa, no entenderemos a Hawkin cuando habla de una quinta dimensión: la dimensión de lo probable, esa que nos permitirá dar marcha atrás y escoger diferentes caminos en la línea del tiempo, porque el tiempo, definitivamente, ni es continuo, ni irreversible, ni único.

Hoy día, aunque no se enseña en los colegios, sabemos también -aunque Joseph Ratzinger no quería que Hawkin lo dijera- que el Universo no necesita tener un principio ni un final y además que, de tenerlo, no necesita de un dios que lo cree o lo destruya a su antojo; se basta el cosmos por sí mismo. Esta idea, que seguramente dejaría a Torquemada en el paro, puede llevarnos a plantearnos sencillamente todo. Al final, como siempre, es la duda la que formula las preguntas; la imaginación esboza las respuestas, siempre con la venia del desaprendizaje de nuestros falsos conocimientos.

Desde niños nos enseñaron que había un dios vigilándonos desde el cielo, quizás velando por nosotros -solían callarse que Dios había muerto-, pero más tarde descubrimos que no podía ser cierta aquella benevolencia de aquel Señor de los católicos, falible como el arma de un feriante, que sonaba más a herramienta de sometimiento que a esperanza eterna; pero ahora sabemos que basta con concebir el Universo de una manera moderna, a través de los indicios que encontramos en esos agujeros negros que se alimentan de luz y de materia cósmica, y descubrimos no sólo que Dios no existe, sino que no le necesitamos, que la existencia eterna del Universo no depende de una fuerza superior de origen divino.

Tal vez sea nuestra eternidad propia, la de cada individuo, la que sí dependa de la existencia un dios que no existe -yo creo que no-; pero en realidad, quizás, no podamos plantearnos qué es la existencia hasta que no sepamos qué hay más allá de esos bordes de atracción voraz de los agujeros negros: será entonces cuando veamos cambiar el tiempo, estirarse y achatarse como un acordeón, y entonces los relojes no servirán para nada, sólo para adornar.

2 Respuestas a “Limitations of human understanding”
  1. Sebas dice:

    Recomiendo leer escuchando (pero no, no es necesario visualizar a Íker Jiménez):

    http://www.youtube.com/watch?v=VpAX-wVnUmQ

    …más allá de la vida está la memoria colectiva…

  2. dabolina dice:

    “… que sonaba más a herramienta de sometimiento que a esperanza eterna”.
    Creo que cuando Dios se convierte en herramienta de sometimiento empieza a desvanecerse. No hace falta un dios que cree el mundo, creo que la ciencia actual ya ha más que demostrado que el universo no fue creado por un ente superior. Hace falta un dios que nos recuerde nuestras limitaciones y que nos enseñe a convivir con los demás. Yo personalmente prefiero una religiosidad práctica en lugar de tanta teoría. Una religiosidad que me ayude en mi vida cotidiana y que me haga ser mejor persona, ¿para qué quiero saber que Dios creó el mundo en 7 días?
    Es una pérdida de tiempo intentar convencer a la gente de que creo que Dios existe. Es uno mismo el que tiene que descubrirlo. Y si no existe, creo que será mejor ser recordado cuando hayamos muerto por ser buena persona que por ser un Hitler, digo yo.

Deja una Respuesta

XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>