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A. lleva enamorada de B. varios meses, quizás demasiados. De alguna forma, meditada o infusa, ha aprendido a verle de una manera que trasciende su cuerpo. B. se ha convertido en algo similar a un espectro, un abanico de colores salidos de una lente. A. se lo ha descrito a su amiga C., quien piensa que B. debe tener un aspecto similar a una vidriera de iglesia atravesada por un sol milagroso. Así construye C. el recuerdo de B., a quien apenas ha visto un par de veces: a través de los ojos de A., que en alguna ocasión podrían parecer los ojos del amor.

Hablamos de una época en la que B. ha aprendido a moverse por la noche con la soltura de las sombras. Tiene la necesidad de huir de la luz. Suele atravesar el centro de la ciudad con la mirada turbia a altas horas de la madrugada, incluso ha llegado a pensar que la única paz es la de las aceras vacías -no parecen los hombres capaces de calma alguna-. No podríamos ubicar a B. en ningún lugar dentro de la mitología de los hombres. Sólo podemos decir que siempre ha estado y estará lejos de cualquier tipo luz, real o imaginaria. B. es ciertamente un fantasma vocacional, oscuro y terminal.

Sólo el narrador puede ver ambas partes de la historia. Hasta ahora A. ha tenido unicamente un falso indicio de la realidad: C. pergeña una posición omniscia, asegura haberse cruzado con B. una madrugada cualquiera y confirma su luminosidad, refrenda una a una las palabras de A. Por su parte, B. no recuerda haberse cruzado con nadie la noche antes -aunque no descarta haberlo olvidado- pero A. le llama por teléfono y demuestra su teoría sobre la luz: repite la descripción de C., los detalles de complexión, el vestuario, la camisa celeste, los pantalones vaqueros, la hora exacta a la que B. pasaba por el lugar del encuentro, cuando C. le vio doblar una esquina y aparecer como una divinidad en mitad de la noche.

B. es un hombre escéptico, dejó de creer en la luz hace tiempo. Doliéndose de una resaca monumental gira la cabeza hacia la cama deshecha y ve la ropa que llevaba puesta la noche anterior: la camisa celeste, los pantalones vaqueros. C. ha hecho las veces de juez, el fantasma oscuro que B. se había creído hasta entonces es en realidad poco menos un semidios diáfano. Va a darle la razón a A., a decirle que no se equivoca, que el testimonio de C. le arranca de la creencia en las tinieblas, pero en ese momento repara en una sudadera marrón que hay tirada en el suelo: se la prestó P. al salir de casa porque las noches aún son demasiado frías. B. se da cuenta entonces de que todo ha sido una patraña urdida por la confusión y por la esperanza: recuerda haber llevado puesta la sudadera marrón, lo que desmonta el imposible encuentro con C., quien seguramente le confundió con cualquier otra persona, y, aún mejor, le devuelve al cómodo pozo de las tinieblas.

B. ha regresado a un lugar más allá de la verdad y de la mentira, un lugar en el que sólo está él, sin más necesidad que el silencio. De C. no volveremos a saber nada, era sólo un personaje secundario. A. pretende convertirse en la narradora de esta historia: por eso empieza con unas palabras que fingen amor, amor verdadero si no fuera porque B. está más allá de lo verdadero y de lo cierto. Pero A. en realidad ha seguido siendo una parte de la farsa -aquella farsa que hablaba de una luz que no existe, de un hombre ebrio que no podría verse en un mundo imaginario, de una mujer que sentía un amor que en realidad era falso-. La pena de A. no está en el rechazo, sino en la irrealidad, porque si B. no existe en este mundo convencional, seguramente imaginario, tampoco existen los sentimientos de A., y todo se reduce a un vacío invisible.

2 Respuestas a “Lo único real de un mundo irreal”
  1. Florie dice:

    Ya te lo he dicho, estás preparado para tu novela, o tu novela está preparada para llegar hasta ti.

  2. Gotardo J. González dice:

    No creo.

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