Una especie de bruma espesa, casi opaca, nos ha sorprendido esta mañana. A las once, el sol era un disco blanco y sin brillo que parecÃa vigilar desde un cielo incierto. La niebla fluÃa, densa, entre las fachadas, acariciándolas y deformándose en el aire, con una lentitud de sueño profundo, pasando entre las ramas secas de los árboles, que dejaban pasar hacia el suelo algunos haces de luz, que no eran rayos de sol, sino niebla iluminada. A unos metros de distancia, los hombres y los coches, los edificios y las calzadas parecÃan ocultarse tras el humo de la memoria; más allá no habÃa nada, sino niebla iluminada. He recorrido las mismas aceras de siempre, como quien camina por un lugar extraño, porque era difÃcil adivinar lo que se escondÃa más allá de la nube blanca; he creÃdo extrañar el suelo de pisaba, porque mis pasos me eran ajenos, como pasos ocultos tras la niebla, y me ha sorprendido descubrir que, en mitad de la ceguera nebulosa, no habÃa más desconocido que uno mismo. Más allá, tal vez, hubiera alguien.
La anciana niebla apenas ha intentado levantarse para volver a caer por su propio peso en forma de lluvia. Ya de noche todo parecÃa ahogado en negrura lÃquida: el agua resonaba en los capós de los coches aparcados junto a la acera, resbalaba abundante por los contenedores, proseguÃa acaudalada desde los charcos hacia los diminutos riachuelos, me empapaba el cabello y los ojos cerrados y los labios abiertos. El suelo era un cielo negro y empapado, mi boca el aliento de una tempestad; Granada se ha derretido como la oscuridad de tus ojos, como un diamante de hielo entre mis manos. A unos metros, el diluvio apenas dejaba ver las fachadas con su regadÃo de viuda, las arboledas se turbaban humilladas bajo el peso de la humedad. He creÃdo escuchar pasos a mi izquierda, pero al sólo he visto el aire desdibujándose, reflejando en las luces de la lluvia todo lo desconocido. La media distancia dibujaba sombras en el vacÃo, algunas figuras humanas aparecÃan y se desvanecÃan, como barcos fantasma, sobre la calzada, bajo los soportales y los portales cerrados. Más allá, tal vez, hubiera alguien.


















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13 Enero 2008 a las 3:37 pm
Sometimes la mejor compañÃa es la soledad, sobre todo, si ves llover desde la ventana y te acompañas de un buen libro junto a la estufa.
14 Enero 2008 a las 2:33 am
Te enlazo como lectura para acompañar el solitario viaje que me he buscado.