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Una especie de bruma espesa, casi opaca, nos ha sorprendido esta mañana. A las once, el sol era un disco blanco y sin brillo que parecía vigilar desde un cielo incierto. La niebla fluía, densa, entre las fachadas, acariciándolas y deformándose en el aire, con una lentitud de sueño profundo, pasando entre las ramas secas de los árboles, que dejaban pasar hacia el suelo algunos haces de luz, que no eran rayos de sol, sino niebla iluminada. A unos metros de distancia, los hombres y los coches, los edificios y las calzadas parecían ocultarse tras el humo de la memoria; más allá no había nada, sino niebla iluminada. He recorrido las mismas aceras de siempre, como quien camina por un lugar extraño, porque era difícil adivinar lo que se escondía más allá de la nube blanca; he creído extrañar el suelo de pisaba, porque mis pasos me eran ajenos, como pasos ocultos tras la niebla, y me ha sorprendido descubrir que, en mitad de la ceguera nebulosa, no había más desconocido que uno mismo. Más allá, tal vez, hubiera alguien.

La anciana niebla apenas ha intentado levantarse para volver a caer por su propio peso en forma de lluvia. Ya de noche todo parecía ahogado en negrura líquida: el agua resonaba en los capós de los coches aparcados junto a la acera, resbalaba abundante por los contenedores, proseguía acaudalada desde los charcos hacia los diminutos riachuelos, me empapaba el cabello y los ojos cerrados y los labios abiertos. El suelo era un cielo negro y empapado, mi boca el aliento de una tempestad; Granada se ha derretido como la oscuridad de tus ojos, como un diamante de hielo entre mis manos. A unos metros, el diluvio apenas dejaba ver las fachadas con su regadío de viuda, las arboledas se turbaban humilladas bajo el peso de la humedad. He creído escuchar pasos a mi izquierda, pero al sólo he visto el aire desdibujándose, reflejando en las luces de la lluvia todo lo desconocido. La media distancia dibujaba sombras en el vacío, algunas figuras humanas aparecían y se desvanecían, como barcos fantasma, sobre la calzada, bajo los soportales y los portales cerrados. Más allá, tal vez, hubiera alguien.

2 Respuestas a “Los lazos de la memoria”
  1. Makiavelo John dice:

    Sometimes la mejor compañía es la soledad, sobre todo, si ves llover desde la ventana y te acompañas de un buen libro junto a la estufa.

  2. sinprivilegios dice:

    Te enlazo como lectura para acompañar el solitario viaje que me he buscado.

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