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Apenas habían logrado mantener el candor de aquellas ascuas oscurecidas ya por el frío de la lejanía. De la llama de la pasión habían sentido tanto como los dedos de uno la piel tibia del otro: una nada ajena e ignota. Después de haberse buscado durante largo tiempo, intentando a la vez descubrirse colmados de ardor libidinoso y dulce amparo, los dos se dieron por vencidos. Fue entonces cuando todo, que en verdad no había sido nada, acabó. Aquella historia sin final terminó del mismo modo en que empiezan las historias sin principio. La ausencia de un te quiero sorpresivo y tenue, aquel que ambos desearon y callaron, fue idéntica a la despedida que jamás se concedieron, concluyendo aquel amor, que jamás fue tal, del mismo modo que se deshace en el aire el humo de una cerilla consumida.

Quisieron sumirse en un temporal de lágrimas copiosas, pero el fulgor de las emociones apenas dio para una ligera humedad, similar a esa otra que se desliza por los rostros de los noctámbulos solitarios cuando la niebla se espesa. Igual que resbalan una a una las gotas por una estalactita, una perla de olvido corrió casi helada por la mejilla de él , con el vértigo de la suspensión a una gran altura, dejando el sedimento mineral del recuerdo pendiendo de una columna de nostalgia. Si hubiera necesitado hablar para desahogar sus emociones, apenas podría haber pronunciado la palabra frío, un frío extremo aunque no mortal. como el que trae el viento que arrecia desde las nieves.

A la vez, el olvido de ahora se confundía con el recuerdo: la memoria era un gran vacío en el que se depositaba el peso invisible de los olvidos pasados, un vacío idéntico al que queda entre los frágiles cristales de un copo de nieve, un vacío precioso y aterrador, pero hueco al fin y al cabo, porque lo que perdieron no era aquel amor que nunca existió, sino la esperanza vívida amar. Él, creyendo que ella sentiría de igual manera, encontró el origen de todo el dolor en la más vasta de las nadas, en su respiración detenida sin asfixia, en sus latidos sin sangre, en sus lagrimales secos, en el pesar vacuo de aquel momento que no cedió tiempo alguno para los lamentos, porque de todo, que en verdad fue nada, no les quedó ni la pena para naufragar.

5 Respuestas a “Los lazos del olvido”
  1. Luna dice:

    Me encanta!!!
    Se me han puestro los pelillos de punta y los ojos “chirrosos”(un poco sólo, que yo soy una tía dura):P
    Torreta: eres bueno, pero si te preguntan por ahí yo no lo he dicho.
    Saludos.

  2. Gotardo J. González dice:

    Gracias, guardaré el secreto.

  3. carlota dice:

    Una forma muy poetica de hablar sobre las relaciones intrascendentes.
    Yo que creí que era todo, cuando en realidad no fui nada; es uno de los desengaños habituales en las relaciones que se crean de manera precipitada.

  4. Marta dice:

    En vías de ser asidua a tu blog, aplaudo!! Es necesario vivir lo que escribes para expresarlo tan bien. Acompaño a Luna (una vez más y como siempre)y me uno a su opinión, muy bueno.

  5. Gotardo J. González dice:

    Carlota, puede que no sea tan intrascendental. A veces las cosas que no suceden son también determinantes. ¿Tal vez ser conscientes de la “nada” nos lleve a “algo”?. Ahí les dejo la pregunta.

    Marta y todos, es un placer leeros por aquí. Espero veros a menudo.

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