Aquello que deseó con tanta vehemencia se ha materializado, no con el éxtasis intenso de la pasión, sino con la sutileza de los amaneceres de invierno, cuando la noche es un velo de seda negra que se empieza a levantar, cuando ellos aún duermen en la quietud desvanecida de la habitación y unos acordes despuntan en el silencio.
Lo primero que escucha cada mañana, a modo de alarma elegante, es una canción que comienza con el piano de Duke Elington. Desde la cama espera a que empiece a sonar el saxo de John Coltrane para levantarse y subir la persiana. Al otro lado del cristal apenas llueve, la luz tardará en llegar desde el algodón gris del cielo, asà que enciende una lámpara que parece aletargada como la luz de los sueños, como el olor del café que pronto despertará en la cocina. En la cama, ella se abraza al último trago de sueño; tiene en los párpados la sutileza perfecta de los amaneceres de invierno, con las curvas morenas de su melena sobre la almohada, que parece abrigar los últimos minutos de la noche.
En los primeros minutos de la mañana se empiezan a despertar sus sentidos. Aquello que deseó con tanta vehemencia impregna todas las sensaciones: las curvas de ella, mitigadas por la ropa de la cama; el calor de su vientre, que en la piel es como el calor de la pasión; el Jazz sugerente que programa cada dÃa en el despertador, que suena a la vez que la respiración remolona de ella; el olor tibio de las sábanas y de la piel, del champú y de los perfumes; el dulzor del último trago del sueño, que se desvanece en la memoria como el azúcar en el paladar. Son esos minutos el compás que marca el ritmo del resto del dÃa, el prólogo sosegado de los soles de invierno.
Ella ya se ha levantado; al fondo del pasillo se ve entreabierta la puerta del baño, enmarcada por un hilo intenso de luz que deja escapar el sonido del agua en la ducha, la caricia lÃquida sobre la piel. Se vestirá, desayunará y, antes de salir a la calle, se mirará en el espejo, pero el duplicado de su imagen no es perfecto: no huele a dos gotas de perfume depositadas en el cuello; no tararea en voz baja esa canción que escucha todas las mañanas; tiene un mechón de pelo suelto que ella recoge con cuidado, mientras sujeta una horquilla entre los dientes, agachando un poco la cabeza, rasando la mirada con el párpado superior.
Aquello que deseó con tanta vehemencia se ha materializado con el dulzor de las rutinas, con la delicadeza del sueño, frágil como las hojas secas del otoño, con la aparición súbita pero tenue de los mismos acordes de piano, que se repiten dÃa tras dÃa a modo de alarma, marcando el momento en el que debe abandonar la cálida crisálida del sueño para levantarse, subir la persiana del dormitorio y saludar a la lluvia del amanecer, darse media vuelta aún aturdido por los lazos sedosos de lo soñado y ver, al otro lado de la habitación, como cada mañana, esa nube sempiterna que es la cama deshecha y vacÃa.


















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14 Enero 2008 a las 10:02 pm
Casi puedo oler el café mezclado con su perfume. Qué prosa más bonita eres capaz de hacer, realmente hace que te sumerjas y puedas sentirlo, vivirlo. Otra vez lo has conseguido, la descripción perfecta.
15 Enero 2008 a las 3:11 pm
Que es lo que deseó con tanta vehemencia, no lo veo!! Una prosa muy bonita pero creo que falta algo.Me encantarÃa despertar y levantarme con esa placidez que describes.
15 Enero 2008 a las 6:07 pm
Adri: Mil gracias.
Carlota: Todo lo que deseó es esa placidez que tú has mencionado.