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Fue para mí inaudita la pasión con la que me adulaba una mujer a la que conocí hace ya tiempo, entre versos de Neruda y alguna novela de Muñoz Molina. Había pasado aquel verano ferviente de los dieciocho años, leímos durante el otoño a William Blake, a Paul Auster y a Martín Santos, escribíamos los dos con pasión desaforada, con un corazón que asfixiaba el talento que tal vez un día pude haber tenido, el mismo talento que ella veía en todas las páginas de mi cuaderno rojo, aquellas páginas que ella leía con emotividad, con admiración técnica, con un entusiamo que yo siempre supe falso por desmesurado: estaban cegados sus ojos por la fe en un amor imposible, grotesco de puro imaginado. Para entonces yo ya había aprendido que la adulación esconde un oscuro licor, como esconden una única bala las ruletas rusas; sabía también que la veneración a medias era despreciable, no sirve hablar como quien reza a un dios si los ojos no claman idolatría, si la atención no se queda ciega para todo lo demás; tenía la convicción de que las cosas a medias dejan el sabor de boca del vacío, de que el destino de los hombres debería ser siempre el más floreciente de los éxitos o la más honda de las derrotas. Acabé por despreciarla con todas mis fuerzas por vivir en una mentira y, durante mucho tiempo, su opinión contundente y halagadora se convirtió en un tormento vil. Juré por un dios en el que no creía que yo jamás sería así.

El tiempo me ha traído la certeza de que el verdadero destino de la humanidad es la equivocación. En la confusión previa a un error que con escasa frecuencia suelo cometer, adiviné en la figura de otra mujer una irradiación que difícilmente podría describir. Al principio fue a tavés de su actitud de enigma, a la manera de un visillo tejido como un nublo, como atisbé en ella un magnetismo resistible pero seductor; más tarde, había sucumbido de tal forma a las telas de su ecanto que, deshecho el enigma de su persona, su halo se intensificó, como si de ella manara un torretente que nutriera todo el Cosmos, desde la llama de vida que arde microscópica en cada una de mis células hasta la estrella más lejana de la Vía Láctea. Compuse unas palabras para ella -cuando son tan hondas las sensaciones, el sentimiento burbujea en el estómago y se escapa en sílabas a través de la boca-, un sintagma exagerado y dulzón que pudiera ella utilzar como quien usa un nombre secreto, sin perder en ningún momento su viva condición de angelito misterioso. Ella, sin embargo, se declaró humana, terrenal, combustible como la hojarasca y material como el sonido de sus pisadas, confesando que nunca nadie -ella misma tampoco- había visto aquella luz divina; así comprendí que el verdadero destino de un hombre como yo es la equivocación: había caído en la charlatanería aduladora que yo mismo había padecido tiempo atrás, en el tormento vil en que pueden convertirse los amantes no correspondidos. Decidí guardar silencio para siempre, porque ya entonces sabía que el dolor más crudo proviene de las palabras.

Pero el tiempo ha pasado y hoy la he vuelto a ver. Caminábamos los dos por la calle, doblegados por el peso de nuestras cabezas; ha sido al ver sus andares cuando he comprendido que el destino de los hombres es el error irremediable. No había en ella el más mínimo resto de brillo sublime, no quedaba en su piel luz divina alguna, porque no fue su halo -aquel que yo un día vi- emanación amorosa, sino el vivo reflejo de mis ojos, emocionados por la esperanza al mirarla. Y sé ahora con certeza que ha sido éste un reflejo similar al que en mí nadie había visto jamás, salvo una mujer a la que conocí el ferviente verano de los diecioho años, aquel brillo que perdí al alejarme de ella, apagándome como una vela consumida, como el más vil y tormentoso de los amantes no correspondidos.

Una Respuesta a “Maldita seas, rosa de filo, espada tierna”
  1. Sebas L. dice:

    …los mismos pasajes…

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