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Tal vez se equivoca en parte el refranero español cuando dice que nadie nace sabiendo. Ya en los primeros momentos de nuestra vida contamos con un conocimiento infuso y animal: el instinto, esa inercia que nos inspira los llantos y nos impulsa a aprender lo necesario de nuestra supervivencia. Decía que el error del refranero es sólo parcial, porque desde ese momento emprendemos un periodo de aprendizaje que, en el mejor de los casos, durará hasta el último de nuestros días -hasta la última lección de la vida, que es la muerte-. Es en este periodo del aprendizaje cuando adquirimos unas herramientas que creemos que nos diferencian del resto de los seres vivos. Poco después de alcanzar la edad adulta contamos con ciertas nociones que nos ayudan a entender el universo, desde la escala macroscópica de una galaxia hasta las invisibles órbitas de los electrones que giran alrededor de los núcleos atómicos. Aprendemos a realizar cálculos tan sencillos como la vuelta que nos tienen que dar en el supermercado, a veces tan complejos y tan cotidianos como la estructura de un puente que ha de sostener una carretera. Heredamos unos valores morales, unos recuerdos históricos tanto recientes como ancestrales y, en ocasiones, cierto gusto por determinadas obras de arte. Parecería entonces que hemos llegado a un nivel de conocimiento completo, pero es posible que en realidad ese bagaje de décadas sea inexacto e incluso equivocado, una base descalibrada que nos puede guiar por un camino equivocado en el caso de que continuemos esa búsqueda del conocimiento. ¿Ha llegado por lo tanto el momento de desaprender lo aprendido?

En el caso de la ciencia puede que nos encontremos en el error de creer que nos ofrece las respuestas que el hombre ha perseguido duramente de milenios cuando, ciertamente, lo que hace es arrojar preguntas -que la hacen más interesante si cabe-. Hay quien ha encontrado en las matemáticas un lenguaje universal, inherente a la naturaleza, en el que leer supuestos mensajes que se interpretan como venidos de algún ser superior, un dios invisible que se manifiesta a través de casualidades numéricas. Astrólogos, numerólogos, incluso estadistas, saben manipular los resultados matemáticos de la naturaleza para provocar diversas reacciones sociales o individuales, quizás aprovechando esa obsesión humana por los números que tan bien supo reflejar Saint-Exupéry en El principito, obesión que quizás nace en esos tempranos años de aprendizaje científico y que puede llegar a convertirse en una superstición más.

El engaño se lo puedo demostrar a usted, ahora, de una manera muy sencilla, a través de este texto, sin que sea necesaria una conversación en tiempo real en la que yo pueda condicionarle. Siga los siguientes pasos y después juzgue usted si soy un embaucador barato o un adivino: elija un número, el que usted quiera, multiplíquelo por diez, al resultado súmele seis, al nuevo resultado súmele tres, al nuevo resultado réstele el número que pensó inicialmente, si el resultado tiene más de una cifra súmelas todas; ahora concéntrese en el número que ha obtenido como resultado -es muy importante que la concentración sea máxima-. Está usted pensando en el número nueve. El resultado no es casual: medite en cuántas religiones y doctrinas el número nueve tiene un significado místico; de hecho, el próximo día veintisiete de los corrientes, seremos testigos del temido salto cuántico, ya que, si sumamos las cifras de la fecha 27/09/2007 obtenemos un resultado tan curioso como preocupante: 2+7/0+9/2+0+0+7 = 9/9/9. Arrepentíos. Los ricos de espíritu que sobrevivan al fin de los días que me lo cuenten el próximo día veintiocho.

Cuando las matemáticas se entienden como una manifestación natural en lugar de como una herramienta humana de estudio humana, nos encontramos ante un problema. Hace poco escuché decir a Eduard Punset, en una charla acerca del número aureo con no recuerdo qué científico, que de encontrarnos con vida inteligente en otro planeta, descubriríamos que tienen unas herramientas matemáticas completamente diferente a las nuestras, de modo que nuestros números mágicos o especiales, nuestros π, Φ y e, por ejemplo, no tendrían ningún significado para ellos.

Puede que padezcamos con las matemáticas -y con la ciencia en general- ese extraño efecto de ceguera que provocan las palabras según decía Lao Zi, que estemos tan distraídos pensando en ellas que no nos fijemos en lo que tenemos que fijarnos -del mismo modo que el mal escritor podría a veces olvidar una historia distraido por la escritura de una novela-. Puede que, como decía antes, sea necesario olvidar lo aprendido y volver a un punto de partida en el que encontrar la perspectiva necesaria para fijarnos en la naturaleza, en lugar de prestarle tanta atención a esas herramientas, que no son más que medios, y a esas supersticiones.

2 Respuestas a “Mide el ángulo formado por ti y por mi”
  1. Florie dice:

    Bueno ya se sabe que para mí la ciencia es una clase de magia más espectacular que la de Houdini -y más teniendo en cuenta que busca la verdad, no el efecto-, así que me gusta esta idea de que representa un código abstracto, como el de la poesía, que se superpone a la naturaleza con el fin de explicarla; y como también sucede con la poesía, es verdad que a veces hay que hacer un alto, abrir las palabras del discurso científico como una cortina, y mirar al otro lado, allí donde está el mundo natural.
    Una entrada muy reveladora :) , y un asombroso ejemplo de adivinación…

  2. Gotardo dice:

    Notasteis ayer el salto cuántico?

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