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Durante mucho tiempo la ha buscado sin encontrarla por las calles de la ciudad y ha decidido soñar con ella. El plenilunio ha teñido todo de colores puros: los edificios son de un blanco de escarcha, el cielo y las calzadas se han vuelto negras como la nada y su piel, envuelta en el el límpido aire de la luna, parece de aceituna plateada. Ella debe estar allá, en una zona alta de la ciudad coronada por casas nuevas, con calles con nombres de moros, desde donde se ven los picos de las montañas que la luna ha cubierto de preciosas nieves, allá arriba, hasta donde llegan las espadas de luz de Sierra Nevada como estelas de cometas.

Se ha ceñido el pañuelo al cuello porque el color de la noche es el color del un iceberg en las tinieblas, aunque no siente el frío en las manos y tiene los ojos llenos de una calidez translúcida como un estanque. Sube por la ladera de la colina, tiempo atrás desnuda y virgen, mirando la penumbra de los soportales, escuchando en el silencio la vibración recóndita de las voces invisibles que pueblan la noche, apenas perceptibles como las estrellas más tenues del firmamento, como la estela de un lágrima del cielo que él, distraido, no alcanza a ver. Ella estará esperando arriba, con la mirada escondida bajo el flequillo y la melena llena de claros de luna; lo sabe, aunque jamás ha estado allí, aunque desde el páramo nocturno del ensueño ella sigue siendo una mujer a la que no ha visto jamás.

Las calles más altas se comunican a través de pasajes, de arcos abiertos en las fachadas que desembocan en patios interiores por los que discurren pequeños canalillos de agua cristalina, agua que embriaga a las plantas que flotan en el aire sin brisa, agua que lloran las flores en forma de rocío perfecto cuando, en vertical, miran hacia la luna, que queda tan lejos, hacia los jirones de luz, que quedan tan cerca, como los últimos compases de un sueño que se desvanece. Ella está esperando al doblar cualquier esquina con la cara de la luna en su cara, quizás impaciente porque el tiempo apremia y los reflejos de las fachadas blancas ya se diluyen. Surgirán en su rostro dos estrellas de rocío que él nunca verá, ni siquiera en el sueño que ya acaba.

[La luz esmerilada de la mañana es como la luz de la luna en sueños. La confusión de la noche ha dado paso a la desazón matinal al descubrir que vive en una ciudad que no es la suya y que en la cama hay un vacío que no es el de ella. Cuando baje a la calle doblará las esquinas mirando los faroles, que ya están apagados, y como en sueños, la verá pasar al otro lado de una plaza, fugaz como un sortilegio fallido, llevando en el pelo un brillo de luna y en la cara, bajo los ojos, un antojo de estrellas.]

Una Respuesta a “Nunca se vieron en sueños”
  1. la chica del halo enigmático dice:

    “Los sueños son el único paraiso del que no podemos ser expulsados”
    Que sueñes bonito :)

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