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(Parte I)

«Ayer te aconsejé no escribirme a diario. Hoy sigo opinando lo mismo; considero que sería un beneficio para ambos y vuelvo a aconsejártelo, con mayor insistencia aún», escribía Franz Kafka a Milena Jesenská, dos víctimas de la distancia entendida como sinónimo de la separación con todo lo que ello implica, y proseguía: «Sólo que, por favor Mílena, no sigas mi consejo y escríbeme a diario. Me basta con unas pocas líneas, algo más breve que las cartas de hoy, dos líneas, una, una palabra … pero el privarme de esa palabra me causaría un terrible dolor». El dolor de la ausencia, provocada por la distancia, se enardecía en la mente depresiva y catastrófica de Franz Kafka. No faltará en esta historia de amor una lucha encarnizada contra la distancia que, a su vez, tendrá que librar terribles batallas contra los obstáculos ciclópeos que el escritor veía en toda difícultad; uno de estos obstáculos sería burocrático: «Sólo podré decirte en qué fecha viajaré, cuando reciba el permiso de residencia. Para una estancia de más de tres días se requiere un permiso especial de las autoridades locales. Lo solicité hace ya una semana».

Entre tanto, en estado constante de separación, el único enlace entre Franz Kafka y Milena Jesenská era espistolar y compulsivo. La ausencia de ella era recibida por el escritor como una soledad imposible y frustrante. Si, por un lado, podemos imaginar que ambos habrían deseado la quietud pacífica del silencio, sostenido en un abrazo o un beso, las palabras configuraban el solo sustento de su unidad -de ahí la postura bipolar de Kafka ante la frecuencia de las cartas de Milena-. Suponemos a Kafka hipnotizado por las misivas de su amada: «He permanecido hasta la una y media de la mañana sobre esta carta, sin hacer nada más; pero la contemplaba y, a través de ella, te contemplaba a ti» . Era para ellos el silencio un antónimo de paz interior, lo que llevará a Kafka a perseguir la inmediatez a costa de la razón: «No sé exactamente por qué escribo, probablemente por nerviosidad, como esta mañana, cuando te mandé por pura nerviosidad una torpe respuesta telegráfica a tu carta por expreso, recibida anoche».

Pensaré que, debido a la distancia, Kafka y Milena eran dos ávidos amantes puestos del revés ante una situación imposible: «Para eliminar en lo posible todo lo fantasmal que se interpone entre los hombres y para lograr una comunica­ción natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano.» El pesimismo natural en Kafka le llevará a concluir: «Pero ya es tarde; es obvio que esos inventos han surgido en plena caída. La otra parte es mucho más serena y fuerte: después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilo. Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos». Kafka sucumbió a la distancia, quizás por su vocación de rendido al fracaso. Quizás esta rendición se debía a una adicción inexplicable al dolor -sería el dolor mismo de la lejanía el equivalente al amor que habrían disfrutado en la cercanía-. No tuvieron en cuenta, por desconocimiento, el placer de los reencuentros en los andenes humeantes, antídoto para la distancia que hoy se ha convertido en la frialdad de los aeropuertos y la suciedad grotesca de las estaciones de autobús.

La distancia -y ya se habrán dado cuenta de que obvio las consideraciones euclídeas- está en todo aquello que no ha sido elegido por nosotros mismos, en el vacío de las cartas que no llegan, en los barrotes gélidos de una prisión, en el pudor absurdo que nos imponen las convenciones sociales, en definitiva, en los límites que van más allá de las millas, los que sí podemos cruzar pero no nos atrevemos. Debía haber una distancia mínima entre el sueño obseso de Kafka y su realización, pero esa distancia era la propia infelicidad de Kafka, su propia naturaleza

Una Respuesta a “Om Du var har, om Jag var dar”
  1. Florie dice:

    Del Diario de Kafka, 1 de diciembre de 1920:
    “M. se va después de cuatro visitas; sale mañana. Cuatro días más tranquilos en medio de otros días llenos de tortura. Hay un largo camino entre el hecho de que no me entristezca su partida (puesto que no estoy realmente triste), y el hecho de que su partida me entristezca infinitamente. En realidad, la tristeza no es lo peor”: porque la tristeza era el menor de los tormentos, el dolor era más grande que todo eso. Añade más adelante (2 de diciembre): “Siempre M., o no M., pero sí un principio, una luz en las tinieblas”.
    Aunque al leerla resulta evidente, quiero que conste que pienso que es una entrada sublime; y me gusta leerte sobre sus epistolarios y andenes, porque la palabra acorta las distancias siempre, y quizás este sea el sentido de la literatura.

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