«No realizarás manipulaciones genéticas. No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones. No contaminarás el medio ambiente. No provocarás injusticia social. No causarás pobreza. No te enriquecerás hasta lÃmites obscenos a expensas del bien común. Y no consumirás drogas.»
La palabra de Dios, que tiende a variar de cuando en cuando, sin seguir las vÃas de lo que se supone que serÃa la renovación más necesaria, y a través de las interpretaciones libres que la secta legal más grande de occidente tiene a bien sacar de ella, ha mutado para ampliar su lista de Pecados Capitales, es decir, de los delitos religiosos que pueden dar con nuestros huesos del alma en esos campos de concentración de infieles que son el purgatorio y el infierno, supongo que en función de la disponibilidad de estos según el estado de apertura o cierre que la voluntad clerical haya dispuesto, y siempre en caso de no haber un arrepentimiento -o, supongo, un pergeño de arrepentimiento- por parte del condenado.
La condena de los siete pecados capitales clásicos ya me parecÃa excesiva, intolerable: soy codicioso, envidioso y avaro (estos tres van juntos), la ira es inevitable para una persona que no necesita de la soberbia para tenerse en buena estima y, por último, lo mejor, la pereza y la gula forman una mezcla explosiva que intento curar con la más solitaria de las faltas, es decir, la lujuria. Con las normas que desde hace quince siglos la Iglesia utiliza para componer el censo del infierno, las zonas más ardientes de la mitologÃa cristiana deben estar llenas de crápulas, aquello debe ser un bar de madrugada lleno de borrachos que lloran, mujeres con más maquillaje de la cuenta, whisky de dudosa calidad, mesas de billar y una camarera gorda y rubia de bote; el purgatorio tiene que ser como la cola de entrada a una discoteca de moda. Servidor encuentra razones de sobra para renegar de la extrema unción y quedarse en el limbo, como Mecano, «y los muertos aquà lo pasamos muy bien entre flores de colores, y los viernes y tal si en la fosa no hay plan nos vestimos y salimos».
Ahora han ampliado la lista con siete nuevos pecados -citados en la cabecera del artÃculo-, encaminados a regular el miedo de los feligreses del siglo XXI, que con tanto moderno libertinaje están empezando a pensar que disfrutar no puede ser malo. Los nuevos pecados capitales abordan, en clave de prohibición, temas cuyo debate apenas se ha desarrollado en la sociedad, como la manipulación genética, otros cuyo debate no se planteará jamás, como la ‘riqueza obscena’ -de la que la Iglesia Católica es beneficiaria-, u otros cuyo debate está pasado de rosca, como el consumo de drogas. Ahora los borrachos, los porreros y demás drogodependientes y politoxicómanos cogerán el tren hacia los campos de concentración del infierno junto con los investigadores médicos, los conductores, los que tiran plástico al contenedor del papel, algunos maleantes varios, sin olvidarnos de los violadores de la antigua ley, los luchadores indecorosos, los agrios de carácter, los zampabollos, los vagos y los follarines. Según la palabra de Dios, leÃda por los hombres en el siglo XXI, el ParaÃso se va a quedar sólo para que San Pedro juegue al squash con Teresa de Calcuta.


















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15 Marzo 2008 a las 7:32 pm
“No provocarás injusticia social.”
“No te enriquecerás hasta lÃmites obscenos a expensas del bien común.”
Tiene muchos cojones esto. Con estas actitudes lo único que va a conseguir la Iglesia es que haya cada vez más gente desencantada con la fe y que la vea como un negocio de almas, que creo que es en lo que quieren que se convierta, si no lo es ya.
Es totalmente incoherente la cantidad de riquezas que puede haber en una iglesia y que no se venda ni una sola para dar de comer al pobre que hay en la puerta.
Negociadores de almas y de conciencias es lo que son todos. Unos mierdas. Que nos dejen vivir en paz y que se apliquen ellos el cuento, que mucha falta les hace.
¿Cómo coño se puede predicar sin el ejemplo?