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Todos vaticinamos su fracaso, el de Salomón, ese hombre enjuto y algo lento que vive en los bloques altos de la Avenida. Incluso aquellos niños que fuimos a finales de los ochenta, supieron de su destino de perdedor.

Nos conocimos en el colegio, cuando el suelo del patio aún estaba desnudo de líneas que lo convirtieran en cancha y su superficie era de una rugosidad atemorizante para las rodillas. Él era el que solía estar callado, el que no seguía el ritmo de los dictados y se atrancaba con las restas, recortaba las figuras geométricas por la línea de doblar y dejaba que los trazos del lápiz se salieran de la raya, leía demasiado despacio, con largas pausas, alargando las sílabas, y escribía violando las más básicas reglas de ortografía. Se ganó en muchas ocasiones el calificativo de zoquete, numerosos tirones de patillas y más de una tarde castigado hasta media tarde en el colegio.

Como todos nosotros, Salomón tardó en terminar la EGB ocho años. Fue al final de esos ocho años, ya con trece, cuando aprendió sumar torpemente números enteros, a multiplicar decimales y a calcular la cantidad de agua que cabe en una pirámide truncada. Por aquella época debió enamorarse platónica y calladamente de alguna niña que, con toda seguridad, lo miraba por encima del hombro -así nos había sucedido a más de uno-. Lo que diferenciaba a Salomón y a alguno más como él de los demás alumnos del colegio era su capacidad para la torpeza irremediable. Salomón estaba perdido entre los triunfadores del mañana, entre los que yo me encontraba, con mis calificaciones mediocres, mis gafas horribles y mi adolescencia común.

Seguí ese paso de la mediocridad durante los años de la Secundaria, escribiendo un expediente académico del que ahora reniego y dejando en blanco las páginas de mi pubertad enamoradiza. Aprendí a convivir con la noche, con la radio y el insomnio, seguí la rama de las ciencias, tonteé con la pintura, la música y la literatura. Hubo quienes aplaudieron mis decisiones porque, decían, me ayudaban a labrarme un futuro; otros hicieron justo lo contrario. Mi vida siguió cierta escala de grises convencionales: los grises del fracaso. Durante aquellos años, Salomón el Perdido aprendió a jugar con las drogas, a deleitarse con el aroma del hachís, de la marihuana y de algunas pastillas cuyo nombre desconozco. Para entonces, ya casi le había perdido la pista. Debió dejar pronto los estudios, porque se le empezó a ver por el barrio con un mono azul y polvoriento, un uniforme obrero que en el colegio nos habían enseñado a menospreciar, porque pertenecía a aquellos que un día fueron los casos perdidos de la docencia, a los que acababan trabajando a deshoras y escapando a medio día de bares baratos, hediendo a licor barato y tabacazo de taberna.

Creí que aquel juego de triunfador mediocre que me habían enseñado en mis años en la escuela de meapilas era farsa. Decidí perder. Ahora estoy convencido de que no me equivoqué.

Cuando veo a Salomón caminar enjuto y lento por las aceras del barrio, si se cruza conmigo sin saludarme -los años no pasan en vano para quienes no somos buenos labriegos del don de gentes-, me acuerdo de la derrota ineluctable que la vida le había deparado, el imposible disfrute del mundo de los hombres buenos, que no pertenece a los perdedores, que es el de los trabajadores, el de los maridos, el de los padres, el mundo para el que yo fui hecho y del que nunca he querido formar parte, el mundo que Salomón el Desorientado ha conquistado, quizás a base de dar vueltas por un mundo que jamás le perteneció.

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