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He estado intentando echar cuentas del tiempo que hace que conocí a quien ahora firma como Sebas L., cuando ambos disfrutábamos de una niñez ya no tan temprana. Soy incapaz de calcular ese tiempo en años, debe ser más de década y media en la que la vida, por caminos diferentes, nos ha deparado muchas veces los mismos pasajes. Aunque vivimos en ciudades distintas -él se fue a Madrid, yo me quedé en Granada- solemos vernos de vez en cuando, nos ponemos al día de nuestras actividades mundanas y charlamos sobre cualquier cosa. Él es uno de esos hombres que se desenvuelve con total naturalidad en cualquier conversación, ya sea con frases precisas o con silencios necesarios.

Creo que la última vez que nos vimos quedamos para comer en uno de esos restaurantes mezquinos de la Gran Vía de Madrid. No alcanzo a recordar de qué hablamos, pero quizás fue aquel día, delante de una hamburguesa grasienta o de un trozo aceitoso de pollo frito, el primero en que le dije que quería que escribiera en Lenguas de Fuego, quizás porque desde siempre he adolecido de la impresión, probablemente errónea, de que a otros pueden tener interés en lo que a mí me interesa; es más, que otros puedan tener interés en leer lo que a mí me ha llegado por difusión oral. Desde entonces, recuerdo haber tentado en varias ocasiones a Sebas L.

Ha tenido que pasar mucho tiempo para que él se decida a abrir El bisturí eléctrico, precisamente ahora -y como él explica, me temo que habría sido imposible en cualquier otro momento-, espoleado por la necesidad de escribir que ha encontrado a través de la lectura y en unas circunstancias biográficas que, me temo, son comunes a todos los mortales. Dice que ahora necesita «un arma con la fuerza de un psicoanálisis, pero con la precisión de un bisturí», el arma de la palabra, que en palabras de Celaya es un arma cargada de futuro, necesaria «cuando ya nada se espera personalmente exaltante más se palpita / y se sigue mas acá de la conciencia / fieramente existiendo, ciegamente afirmando, / como un pulso que golpea las tinieblas»; el arma de la palabra, que es un arma que tiene mucho de medicamento, de instrumento quirúrgico que cose las más amargas aberturas en la piel del alma, sin saber, quizás, qué daños internos quedan ignorados por el diagnóstico léxico, por la mentira poética, que es su contraindicación.

2 Respuestas a “Pero aquí te tengo, solo, agobiado por el peso de la vida”
  1. Sebas L. dice:

    No puedo decir más que, bienhallado.
    Gracias por todo. Gracias por insistir.

  2. Nochebuena | Bisturí eléctrico dice:

    [...] de la Navidad. La frase que da título a esta entrada la utilizó mi amigo Gotardo J. González en estas palabras que dedicó a la “apertura” de este Bisturí Eléctrico. Realmente sí que se han [...]

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