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Gran Vía de Madrid
Fotografía: Beta Design.

Nos prometimos un paseo por la calle Alcalá, quizás un café en aquel bar, desde el que se veía a la gente pasar al abrigo de la prisa, y luego una cena en aquel restaurante, cerca del Retiro, que parecía estar en ningún sitio. Madrid está preciosa a finales de otoño, como si recogiera las formas de tantos otros lugares, como si robara briznas de color a otras ciudades y las mezclara como quien mezcla alcoholes: es el refugio de los ebrios, la guarida de la incertidumbre, el escenario de tantas novelas aún por escribir. Tantas veces me senté a esperar en la Plaza de España que pensé que alguien llegaría, llevando consigo un lento caminar de nube, para subir hasta Callao, para bajar hacia la Puerta del Sol, como si en realidad no estuviesemos solos los habitantes de los atardeceres, como si en la espera Cibeles hubiera un atisbo de esperanza, como si la esperanza no estuviera desmentida por la mirada compasiva de los leones.Fue en un lugar indeterminado, un día que no recuerdo, que nos prometimos dejarnos llevar entre la lluvia incipiente y las prisas húmedas de la gente que huye de las ciudades que no tienen límites, como si algo que no sea caduco pudiera existir en el otoño, como si las promesas no cayeran como hojas secas en el saco roto de las aceras. Madrid, en esta época del año, tiene entre el suelo y los nublos un vacío similar al de quienes caminamos por las aceras con la templanza del que espera sentado, un peso agotador de bolsas de compra y un tránsito enardecido por la avidez de llegar a un destino. Qué tristeza de gente, cuando lo que se busca son personas, cuando uno se mira cara a cara en las ciudades y no hay nadie en el espejo.

Me senté a esperar en la Plaza de España, a espaldas de Sancho y Quijote, como un Cervantes sin talento, como la Cibeles espera tras sus leones, como si Madrid escondiera alguna esperanza, algún pasaje que no fuera inventado. Yo, que trato de escribir a cada segundo, redactaba la novela de mi vida en la penumbra de un jardín tan extraño -pero jamás tuve talento-, sin una musa que guiara mis palabras, sin Rocinante para sostener mi cuerpo, mientras la tierra se oscurecia bajo el peso de la noche temprana y de la lluvia incipiente, de las hojas caducas que caían como un vals deshaciéndose ya en el aire, mientras los árboles bailaban desnudándose de pena y los pájaros trinaban desesperados, volando en un cielo cada vez más bajo y oscuro, en el que se deshacía una gota irreal.

3 Respuestas a “Persiguiendo un enigma al compás de las horas”
  1. Florie dice:

    …dibujando una elipse me quedaré
    entre el sol y mi corazón.

    (Ha sido como volver a ver Madrid!)

  2. Adri dice:

    Torreta, sólo te voy a decir dos cosas:una, que me encanta como escribes, y dos, la forma que tienes para describir. Puedes hacer sensual la imagen de un simple árbol.Chapeau!

  3. Adri dice:

    PD: Aunque no me gusta Madrid como ciudad, haces que me guste. Eso es bueno, muy bueno!!!

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