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Hacía frío en la casa de la abuela. No es algo que recuerde, lo supongo porque allí no tenían calefacción, las ventanas y las puertas dejaban al cerrarse una rendija por la que escapaba el calor -o entraba el frío- y la escalera era un lugar en el que se desvanecían todos los esfuerzos de los braseros y las viejas estufas de butano. Todas las mañanas de invierno salía de la colcha de retales, bajaba corriendo la escalera anudándome a la cintura la bata azul, oliendo ya el pan tostado, quizás esuchando en la televisión a José María Íñigo, y me lavaba la cara con agua fría, salpicando con velocidad el agua helada sobre los ojos cerrados, frotando con más fuerza para quitarme las legañas y abriendo los ojos para ver en el espejo, casi a ras del lavabo, la imagen mojada de un rostro que quizás ya no reconozco: el flequillo despeinado, los ojos sin gafas porque aún no las necesitaba, la piel lisa, lejos aún de conocer el primer atisbo de bozo.

De esta época es el primer contacto con la música que recuerdo. Mi abuela me explicaba la duración de las notas musicales, me enseñaba viejas partituras para piano y ponía discos de música clásica que yo no comprendía, porque para mí la música era aún un páramo ignoto, aunque me divertía dibujar las formas de las corcheas y la clave de sol y pronunciar aquella palabra con nombre de bicho: garrapatea. Mi abuela hablaba con frecuencia de Strauss y de Chaikovsky, de vals vienés, de zarzuela y de ballet, pero yo solía escuchar en la vieja radio gris casetes que ya por entonces parecían antiguos aunque no tanto como los cuadernos de partituras de mi abuela. Entre aquellos casetes había uno que había grabado José, el del pueblo, y en cuya carátula se podía leer en una ortografía llena de filigranas «Paco Ibáñez, Olympia, 1969». Nunca entendí cómo aquel hombre, que hacía música de mayores, era capaz de cantar poesías para niños , sobre todo aquella que hablaba de un lobito bueno, la que aprendí de memoria para cantarla cuando no podía escucharla; tampoco sabía por entonces que aquellas canciones habían estado prohibidas en España no mucho tiempo antes. Aquellas fueron mis primeras poesías.

De modo que solía bajar todas las mañanas la escalera corriendo, con la mano izquierda rozando la barandilla para agarrarme en caso de tropezar y la derecha cerca del tronco para no raspármela con el gotelé de la pared, despierto e inmune al frío del agua del lavabo con la que me lavaba la cara todas las mañanas, menos una: la mañana del Día de Reyes.

La Noche de Reyes era larga, porque se confundían la necesidad de quietud para no perturbar a los Magos de Oriente y el deseo de permanecer alerta para sorprenderlos en su ardua tarea de reparto de obsequios. La inquietud me llevaba siempre a madrugar en la mañana del Día de Reyes. Amanecía yo más temprano que nunca en el comedor, después de haber bajado la escalera con pequeñas y negligentes zancadas, ondeando los faldones de la bata azul sin atar, doblando la esquina del pasillo sin preocuparme por el doloroso roce con el gotelé, saltándome la cita con el frío del agua del lavabo para descubrir cuanto antes los presentes de los Magos, que llegaban cada año puntuales a su cita siguiendo una estrella, aquella que yo conocía bastante bien porque se veía cada atardecer desde el balcón de mi habitación. Siempre fracasé en mis intentonas de sorprender a los Reyes en el salón de la casa de mi abuela; sin embargo tuve un éxito rotundo en una tarea que yo consideraba mucho más importante: no ser descubierto rondando por la casa durante la madrugada de aquella noche, porque las duermevelas y la falta de sueño en tan señalada fecha se castigaban sustituyendo los regalos por una desagradable bolsa de carbón.

Después del desembalaje, solía disfrutar los regalos de reyes con algo de música de fondo, desayunando tostadas y leche que mi abuela calentaba en un cazo y que formaba una desagradable membrana en la superficie si se dejaba enfriar demasiado tiempo. Pero no faltaba la música de fondo, tal vez mi abuela escuchando a Strauss aún emocionada por los bailes del Concierto de Año Nuevo, quizás mi padre escuchando alguna cinta nueva de Nana Mouskouri, tal vez mi madre que ponía en la vieja radio gris el concierto del Olympia de París de Paco Ibáñez, que interpretaba una canción, un tanto melancólica, que me gustaba casi tanto como la fábula del lobito bueno, un Villancico muy peculiar de Gloria Fuertes que en parte decía:

Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato,
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los reyes magos
que les tengo que escribir.

Es uno de los recuerdos más vívidos de aquellos años. Llamaba aquel Niño a los pastores, rechazando aún a los Reyes, seguramente porque los primeros sabían entretenerle con algunas canciones, como mi abuela me entretenía hablándome de los clásicos o Paco Ibañez cantando historias de algunos poetas, mis primeros poetas. Yo me refugiaba del frío entre aquellas canciones, distraía las manos con los juguetes y los oídos con la melodía de alguna canción, ocupaba la mente pensando en aquel Villancico que hablaba del Niño nacido en un portal álgido que esperaba a los pastores y despreciaba a los Reyes y a los beatos, al contrario de lo que nos enseñaban los mayores.

En el frío trémulo de las mañanas de invierno, incluso en el frío agudo de la mañana de Reyes, buscaba refugio en aquella música que hablaba en un idioma que entendíamos todos, mayores y niños. Era algo que estaba por encima de reyes y santos, por encima del decoro que me debería obligar a peinarme el flequillo deshecho y vestirme con algo distinto a la bata azul. Durante todos estos años ha debido estar esa música por encima de todo lo demás, porque en el frío de esta mañana de enero, pese a vivir ahora en otra casa, mientras me vestía para salir a hacer las compras navideñas de última hora, al lavarme la cara con agua tibia de caldera e intentar arreglar mi flequillo imposible y mi barba de tres días, mientras limpiaba esa capa turbia y fina que se forma en las gafas con las horas, al beberme con urgencia un café en ayunas sin preparar tostadas porque no había tiempo nada más, lo que sonaba en la casa eran algunas piezas de Strauss cuyos títulos ya conozco, porque la necesidad de tener una música a la que asirme creció con los años, porque los momentos más vívidos de nuestra existencia tienen ritmo de vals; y al salir a la calle, pensando en la gente apresurada que ultimaría compras y en los villancicos que iba a escuchar en el centro de Granada, recordé aquella canción de Paco Ibañez con letra de Gloria Fuertes, aquella que distinguía de una manera deliciosa el bien del mal en boca del Niño, y empecé a tararearla como quien se santigua al salir por primera vez a la calle:

Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Una Respuesta a “Que se acerquen los humildes, que se alejen los beatos”
  1. Florie dice:

    Este viaje en el tiempo ha sido un verdadero placer.

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