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Pasan los años por el barrio. Seguimos siendo los mismos, haciendo la compra en las mismas calles, viviendo en la misma casa de siempre o en otra cercana. La gente cambia de empleo o de colegio, así que los dependientes de las tiendas van rotando. Algunas se abren, otras se cierran, pero lo esencial, lo de toda la vida, sigue estando allí.

En alguno de esos pequeños cambios, hace ya muchos años, apareció aquella chica cuyo nombre ya he olvidado. Aquel rostro hasta entonces desconocido -y sin embargo vecino, seguramente desde siempre- apareció al otro lado del mostrador de la panadería, rubio y sonriente, cautivador como el más repetido de los tópicos. Ella era de una belleza sencilla y sonriente: su cuerpo apenas resaltaba en la escalera de mano, colgando algún cartel en la puerta de cristal, salvo por el empeño que yo ponía en observarla en su falda ceñida hasta las rodillas, en aquella horrible blusa que asesinaba sus formas sutiles que yo me empeñaba en imaginar; nuestras conversaciones duraban lo justo para que ella desplegara su simpatía, que en mi fuero interno deseaba zalamera, y yo saliera de la tienda con una barra de pan, unas monedas de cambio y una sensación imbécil como un suspiro; pero, de alguna forma, ella pareció dar pie a que mi lengua se desatara con ciertas historias breves como el trasiego comercial -o así quise verlo yo-, de modo que empecé a contarle con vanidad adolescente cosas sobre mí, no sin encargarme de aparentar algo que yo no era, alguien que escapaba de la vulgaridad de cada semáforo, cada periódico y cada barra de pan. Solíamos encontrarnos también por la calle, yo andando imberbe y apresurado hacia la academia, ella cerrando la panadería, libre de la cofia, con el pelo rubio peinado hacia atrás descubriendo su cara y su sonrisa. Era un ángel de barrio. Yo me conformé con verla desde el otro lado del mostrador o en algún cruce de calles.

Desapareció cuando la panadería cambió de dueño, el mismo año que yo dejé de estudiar en el instituto del barrio para empezar la universidad, y, aunque vivíamos en el mismo barrio, dejamos de encontrarnos por la calle. Aquel azar forzado por la pequeñez de nuestras aceras había desaparecido, del mismo modo que se perdieron el dependiente de la óptica, el dueño de la tienda de telas o las anteriores dependientas de la panadería, y sin su presencia apenas quedó margen para el amor o el recuerdo: la olvidé como se olvida a los taquilleros del metro, olvidé su nombre y jamás volví a recordarlo.

Nuestros caminos separados no volvieron a cruzarse hasta varios años después. Yo vestía traje de chaqueta y quince o veinte kilos más de buena vida, solía recortarme un par de veces por semana una barba pelirroja y cada mañana iba a trabajar a una oficina tan horrible como yo. Fue entonces cuando empecé a verla de nuevo, cada mañana, con su pelo corto convertido en melena recogida en una cola, sus caderas algo más anchas pero igualmente bellas, su sonrisa desaparecida en el desierto de una mirada cansada de empujar un carro con una niña pequeña. Parecía tan triste que muchas veces dudé que fuera ella, que en su mirada perdida jamás llegó a reconocerme. Éramos dos desconocidos y, si en algún momento pensé que llegaría a echar de menos sus miradas cómplices, me consolé pensando que en realidad siempre habíamos ajenos el uno al otro, que ella nunca había sabido mi nombre y yo no podía recordar el suyo.

Avatares del barrio, mi vida volvió a cambiar hace unos meses: me despidieron del trabajo, perdí peso paseando por Granada en mis mañanas de parado y, hace unos días, recuperé la rutina de afeitarme la cara entera, como cuando yo tenía diecisiete años y mi barba tres pelos. La otra mañana, saliendo de casa para ir a comprar el periódico en el mismo quiosco de siempre, alguien me llamó con un apelativo neutro desde la puerta de la cafetería. La ví al girarme, exclamando un “cuánto tiempo” con su enorme sonrisa, su pelo rubio, largo y suelto enmarcando sus ojos, que miraban desde el filo del párpado superior como todas las niñas guapas del barrio. Ella iba sola y yo recordé su nombre.

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