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La confusión debe venir de las muecas erróneas del rostro, que se vuelven antónimos del pensamiento en ciertos lances de cariz tempestuoso. Así, el malestar se expresa mediante una sonrisa de tensión límite, mostrando los dientes menos como perlas que como fauces de falsedad; el rubor, tintura carmesí en los pómulos de una muchacha, es la molestia interpretada como halago; el silencio, negación rotunda aunque recatada, se interpreta como permiso otorgado. Por todo eso el buen humor levanta a veces la más incómoda taciturnidad.

Quienes hemos descubierto las más instintivas técnicas del engaño, sabemos que hay tropiezos correspondidos con zancadillas más o menos voluntarias: es la maldad del sentimiento, el pudor de los derrotados, la grandilocuencia aprendida del magnánimo, tristeza incontenible en el fondo. ¡Qué tentadora, aunque difícil y desesperada, es la lectura romántica en las palabras de odio! ¡Qué oscuro se vuelve el amor que por despecho vitupera o calla! ¡Qué grande es la incongruencia cuando se expresa con rotundidad! ¡Qué desesperante es expresar la desesperación, cuando al hablar con enojo huracanado las respuestas se ríen y ríen sin piedad!

Conozco a alguien que jamás ha llorado, si no es por la emoción de una alegría incontenible, y cuyos lloros, como un disparo avinagrado al hablar, se manifiestan en el rostro con una sonrisa trágica y torcida. Su nombre, como ya imaginarán, es Ernesto; su pena, como la de los hombres sin esperanza, es la epidemia atroz del mal uso de la palabra. Fue él quien me dijo que todo se le había dado la vuelta, como el mundo cuando gira para proyectarse en el interior del ojo, y que todo lo dicho quedaba expresado al revés. De sus muecas erróneas venía la confusión: cuanto peor hablaba, más se torcían las respuestas ininteligibles que le daba eso que, con tanta certidumbre, él llama realidad; cuanto más confuso se volvía el mundo para él, más incapaces se volvían las palabras.

Por eso, y nunca por otra razón imaginable, decidió no volver a hablar. Desde hace un tiempo, sonríe magnánimo a quienes le preguntan, a quienes se le acercan, a cuantos le sonríen y lloran. Ernesto calla; su silencio es una de las muecas erróneas del rostro.

Una Respuesta a “Que tu corazón su casa”
  1. Adri dice:

    ¡Qué complejo es el ser humano torreta!Y que sabiduría hay en todo lo que dices.Y es que “el papel lo aguanta todo”, pero no el ser humano.Sigue así!!

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