La confusión debe venir de las muecas erróneas del rostro, que se vuelven antónimos del pensamiento en ciertos lances de cariz tempestuoso. AsÃ, el malestar se expresa mediante una sonrisa de tensión lÃmite, mostrando los dientes menos como perlas que como fauces de falsedad; el rubor, tintura carmesà en los pómulos de una muchacha, es la molestia interpretada como halago; el silencio, negación rotunda aunque recatada, se interpreta como permiso otorgado. Por todo eso el buen humor levanta a veces la más incómoda taciturnidad.
Quienes hemos descubierto las más instintivas técnicas del engaño, sabemos que hay tropiezos correspondidos con zancadillas más o menos voluntarias: es la maldad del sentimiento, el pudor de los derrotados, la grandilocuencia aprendida del magnánimo, tristeza incontenible en el fondo. ¡Qué tentadora, aunque difÃcil y desesperada, es la lectura romántica en las palabras de odio! ¡Qué oscuro se vuelve el amor que por despecho vitupera o calla! ¡Qué grande es la incongruencia cuando se expresa con rotundidad! ¡Qué desesperante es expresar la desesperación, cuando al hablar con enojo huracanado las respuestas se rÃen y rÃen sin piedad!
Conozco a alguien que jamás ha llorado, si no es por la emoción de una alegrÃa incontenible, y cuyos lloros, como un disparo avinagrado al hablar, se manifiestan en el rostro con una sonrisa trágica y torcida. Su nombre, como ya imaginarán, es Ernesto; su pena, como la de los hombres sin esperanza, es la epidemia atroz del mal uso de la palabra. Fue él quien me dijo que todo se le habÃa dado la vuelta, como el mundo cuando gira para proyectarse en el interior del ojo, y que todo lo dicho quedaba expresado al revés. De sus muecas erróneas venÃa la confusión: cuanto peor hablaba, más se torcÃan las respuestas ininteligibles que le daba eso que, con tanta certidumbre, él llama realidad; cuanto más confuso se volvÃa el mundo para él, más incapaces se volvÃan las palabras.
Por eso, y nunca por otra razón imaginable, decidió no volver a hablar. Desde hace un tiempo, sonrÃe magnánimo a quienes le preguntan, a quienes se le acercan, a cuantos le sonrÃen y lloran. Ernesto calla; su silencio es una de las muecas erróneas del rostro.


















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3 Diciembre 2007 a las 3:33 pm
¡Qué complejo es el ser humano torreta!Y que sabidurÃa hay en todo lo que dices.Y es que “el papel lo aguanta todo”, pero no el ser humano.Sigue asÃ!!