Quiero dar mis besos al paisaje, que sabe por qué me muero…
Escrito por: Gotardo J. González en Ciencia, PersonalAlgunos preferimos el otoño, el resurgir cálido del vacÃo en las ramas, el vuelo impredecible de las chispas que avivan la castañeras; otros, dicen que por la falta de luz y el exceso de actividad frenética, se hunden en una melancolÃa irremediable. Para esta depresión otoñal no basta la caducidad arbórea, tampoco es suficiente el nublo plomizo, es necesaria una problemática de fondo. Oà decir a un experto, en una entrevista, que a nivel de calle se suele recomendar ánimo al deprimido, cuando lo mejor es permitirle el lujo de sentirse mal, de encontrarse con su depresión para después remontar.
Esto me hizo pensar en ella -para qué decir su nombre- y en lo que vi ayer por la mañana. Estaba sentada cerca del rÃo, a una hora temprana y solitaria, la de un amanecer ya consumado sin que el sol acabe por despuntar. La và desde lejos, sentada en un banco con la cara oculta entre las manos. Tardé un poco en reconocerla y no pude evitar detenerme a mirar desde lejos cómo lloraba. Ladrón de su soledad Ãntima y de su llanto desnudo, vi cómo se concentraba en sus lloros, cómo deshacÃa su rostro en aquella penas derretidas que colmaban sus manos. La creà desconsolada e intenté imaginar algunas frases que la aliviaran, «recuerda a aquel que piensa en tà cuando vuelve a casa al amanecer», «recuerda aquella foto que alguien observará cada noche con la nostalgia que los otoños le tienen a las primaveras», «piensa en definitiva en los llantos que tú, musa inagotable de la nostalgia, has inspirado a quienes no sabemos escribir poemas»; no entendà que aquel llanto ya le servÃa de consuelo. Dijo alguien -no sé si me repito- que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Superando este error, ella habÃa encontrado un lugar cerca del rumor del rÃo donde llorar sus lágrimas otoñales con tal abundancia que todo parecÃa dejar de respirar. Yo que la vi de lejos, como un asesino mezquino, sin que ella reparara en mÃ, guardé silencio; no serÃa yo quien pronunciara palabras de abrigo inútiles -no quiero en mà palabra alguna-. Ya me entenderá la desnudez de los jardines si usted no puede hacerlo.
Cuando la he visto hoy al medio dÃa, lucÃa un aspecto de nuevo veraniego, un halo soleado que ha pasado de largo cerca de mÃ, siguiéndola con la mirada, conocedor de sus secretos, yo, que también sé disfrazarme, que me visto cada invierno de manantial florecido y cada primavera de otoño, cada verano soy hoja caduca y cada otoño, como en primavera, me enamoro.


















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5 Octubre 2007 a las 11:15 am
y de pronto he recordado que el Principito decÃa: “es tan misterioso, el paÃs de las lágrimas”…