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Algunos preferimos el otoño, el resurgir cálido del vacío en las ramas, el vuelo impredecible de las chispas que avivan la castañeras; otros, dicen que por la falta de luz y el exceso de actividad frenética, se hunden en una melancolía irremediable. Para esta depresión otoñal no basta la caducidad arbórea, tampoco es suficiente el nublo plomizo, es necesaria una problemática de fondo. Oí decir a un experto, en una entrevista, que a nivel de calle se suele recomendar ánimo al deprimido, cuando lo mejor es permitirle el lujo de sentirse mal, de encontrarse con su depresión para después remontar.

Esto me hizo pensar en ella -para qué decir su nombre- y en lo que vi ayer por la mañana. Estaba sentada cerca del río, a una hora temprana y solitaria, la de un amanecer ya consumado sin que el sol acabe por despuntar. La ví desde lejos, sentada en un banco con la cara oculta entre las manos. Tardé un poco en reconocerla y no pude evitar detenerme a mirar desde lejos cómo lloraba. Ladrón de su soledad íntima y de su llanto desnudo, vi cómo se concentraba en sus lloros, cómo deshacía su rostro en aquella penas derretidas que colmaban sus manos. La creí desconsolada e intenté imaginar algunas frases que la aliviaran, «recuerda a aquel que piensa en tí cuando vuelve a casa al amanecer», «recuerda aquella foto que alguien observará cada noche con la nostalgia que los otoños le tienen a las primaveras», «piensa en definitiva en los llantos que tú, musa inagotable de la nostalgia, has inspirado a quienes no sabemos escribir poemas»; no entendí que aquel llanto ya le servía de consuelo. Dijo alguien -no sé si me repito- que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Superando este error, ella había encontrado un lugar cerca del rumor del río donde llorar sus lágrimas otoñales con tal abundancia que todo parecía dejar de respirar. Yo que la vi de lejos, como un asesino mezquino, sin que ella reparara en mí, guardé silencio; no sería yo quien pronunciara palabras de abrigo inútiles -no quiero en mí palabra alguna-. Ya me entenderá la desnudez de los jardines si usted no puede hacerlo.

Cuando la he visto hoy al medio día, lucía un aspecto de nuevo veraniego, un halo soleado que ha pasado de largo cerca de mí, siguiéndola con la mirada, conocedor de sus secretos, yo, que también sé disfrazarme, que me visto cada invierno de manantial florecido y cada primavera de otoño, cada verano soy hoja caduca y cada otoño, como en primavera, me enamoro.

Una Respuesta a “Quiero dar mis besos al paisaje, que sabe por qué me muero…”
  1. Florie dice:

    y de pronto he recordado que el Principito decía: “es tan misterioso, el país de las lágrimas”…

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