Hay canciones que en un determinado momento te atrapan y te proyectan hacia una cadena de pensamientos, como si fueran puertas entreabiertas hacia algo más que música -quizás las puertas de la percepción de las que hablaba William Blake-. Me ha sucedido estos dÃas escuchando de manera compulsiva Bohemian Rhapsody de Queen, tal vez porque ultimamente he tenido en la cabeza alguna idea que no terminaba de tomar cuerpo -si se me permite la expresión-. De modo que el principio de este texto -siento no haber empezado por ahÃ- es una divagación un tanto difusa aún; por eso tengo la necesidad de escribirlo.
DÃas atrás, vi un par de entrevistas a Eduard Punset, de quien me quedo con dos ideas. La primera dice que la felicidad está en la antesala de la felicidad, es decir, en las expectativas que tenemos de obtener lo deseado, porque una vez conseguido lo despreciamos -discrepo en parte, lo confieso-. La segunda de las ideas habla del miedo a lo irreal, de la capacidad que tenemos para imaginar el peligro: por más lejana que esté la catástrofe, el ser humano sigue siendo capaz de imaginarla y que esta imagen ficticia provoque efectos neurológicos similares al peligro verdadero. Creo que ambas ideas, pese a ser totalmente opuestas, se solapan en la compleja personalidad del ser humano: somos a la vez capaces de los mayores optimismo y pesimismo. Cuando somos incapaces de ver el buen augurio que nos ofrecen las circunstancias necesitamos un claro empujón que nos señale el camino a seguir: la consecución de un puesto de trabajo, una sorprendente declaración de amor, un simple reconocimiento de cualquier tipo a una labor a la que hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo. Pese al trabajo que requiere conseguir todas estas cosas somos suficientemente simples como para llamarlo suerte, por eso tendemos a pensar en esos momentos en que todo va mal que las cosas cambiarán, cuando en realidad las cosas ni van tan mal ni cambian por arte de magia. Es una de las formas más vulgares de confundir lo irreal de lo imaginario.
Pero, volviendo a Queen, de Bohemian Rhapsody me bastan -para lo que quiero contar- las primeras palabras, «Is this the real life? Is this this just fantasy?», porque la canción plantea desde un principio la dificultad para distinguir lo verdadero de lo ficticio ante una situación trágicamente adversa. Esta dificultad es sin duda voluntaria, porque suele ser más fácil construir unas circunstancias onÃricas y cómodas a enfrentarse a una realidad cruda: es el optimismo más radical, el que nos lleva muchas veces a una autoindulgencia ridÃcula y, peor aún, a una apariencia ególatra que siempre sin excepción termina por desmoronarse. A eso lo llamamos desengaño. ¿Cómo puede una persona creerse feliz si la fórmula de la felicidad es una paradoja enunciada por Eduard Punset?
Ha sido al escribir este texto cuando he empezado a relacionar ideas, escuchando Apuesta por el rock’n'roll -porque a veces las canciones se abren como puertas-, en esos versos que dicen «y si quieres que te diga qué hay que hacer te diré que apuestes por mi derrota», he comprendido que uno de los roles más extendidos, gracias a la capacidad pesimista de la mente humana, es el del fracasado. Del mismo modo que sucede en Bohemian Rhapsody, «Nothing really matters to me», Apuesta por el rock’n'roll parece marcar claramente la indiferencia del personaje vencido, pero con cierta determinación esperanzadora: «y no veo ni una forma de salir, pero voy a apostar fuerte mientras pueda». Se trata de una apuesta por una causa perdida, una clara vocación de fracaso -al menos entendiendo el fracaso como la falta de éxito al intentar cumplir los cánones establecidos-.
He recordado a Neruda, «Cumpliendo con mi oficio, piedra con piedra, pluma a pluma», y he sido consciente de que el oficio verdadero de cada cual no está impuesto por unos cánones. Las vocaciones pueden conducir directamente al fracaso; lo sepamos o no hay que cumplir con ellas, bagatelas, oficio sin beneficio, ocio sublime. Ésa es la clave: situarse en la antesala de algo, aunque ese algo sea la nada -porque tal vez «no sirves para nada», como decÃa Goytisolo-, apostar fuerte todo lo que se pueda perder para intentar abrir de par en par esas puertas que parecen entornadas, rendirse al más apoteósico de todos los fracasos: esa es la única clave del éxito.


















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10 Enero 2008 a las 10:12 pm
Y es que cuando el alma, y el corazón, desencadena la palabra, hay que luchar hasta el final.
Por cierto, tampoco yo estoy de acuerdo con la idea de Punset de que los anhelos pierden interés cuando se consiguen.
10 Enero 2008 a las 10:15 pm
A mà me pasa lo contrario.
10 Enero 2008 a las 10:27 pm
Algunos caballeros (quizá los verdaderos) solo luchan por las causas perdidas… Sorprendentemente, a veces consiguen sus propósitos y no creo que eso los haga infelices.
Life’s a Gas…
10 Enero 2008 a las 10:28 pm
SÃ, claro… es un “caballeros” genérico… también hay damas/señoras/mujeres/féminas en esa categorÃa.
11 Enero 2008 a las 11:12 am
Disculpa Goty por comentar en tu blog -sabes que no suelo hacerlo nunca-, es una excepción. Dos cosas; la primera, con respecto al comentario de Ballroom, es que no es lo mismo ser un fracasado que un perdedor -perder no tiene que implicar fracasar, fracasar sà perder-, la segunda es que, aunque me cae como una patada en los mismÃsimos, creo que Punset lleva razón. El único momento de felicidad es cuando luchamos y soñamos por conseguir algo, especialmente porque en nuestra mente lo creamos todo lo perfecto que queremos. Muy tÃpico es el amor en el Romanticismo: se idolatra a la mujer amada, sin embargo, en cuanto se consiguen sus favores, se pierde el interés porque deja de ser una diosa para convertirse en un ser más.
Hay una frase que siempre me ha gustado mucho por lo que implica; cuando terminó la dictadura de Franco alguien dijo algo asà como que ahora habÃa que tener cuidado con lo que se sueña porque podÃa convertirse en realidad. Si estás siempre luchando por algo y lo consigues, tu ilusión y, por tanto, la felicidad que ello te provoca, desaparece.
Nunca nada es tan perfecto como en nuestra mente y, además, tenemos la costumbre de siempre desear algo más y nunca estar satisfechos.
Conclusión: siempre seremos unos desgraciados porque pretendemos ser felices y la felicidad dura demasiado poco tiempo, tan poco como el presente.
12 Enero 2008 a las 11:48 pm
A raiz del comentario de Bitternut sobre lo dicho por alguien tras la muerte de Franco mi mente se ha columpiado en mi memoria y ha terminado cayendo en el libro (supongo que por casi todos los que por aquà escriben leÃdo) 1984, de Orwell.
Es curioso que el entretenimiento de esa forma de estado (similitud con el comunismo, aunque no exclusivamente con él) sobre sus ciudadanos con la interminable guerra cree en estos la ilusión de una lucha y el anhelo de ganarla, comparable a esta búsqueda de felicidad. Sin embargo, la guerra no se decide jamás, porque asà los ciudadanos perderÃan esa motivación y su mente se podrÃa distraer con otros objetos que enturbiarnan su concepto de la nación. AsÃ, se puede decir que anhelan con gran pulsión, pero que si la llegasen a alcanzar, perderÃan buena parte del gusto. Esto mismo pasa con muchas de nuestras realidades, y desde muy pequeños: ¿a nadie le ha ocurrido en su infancia querer un juego irresistiblemente y, al poco de tenerlo tras tienpo de lucha, hartarse de él?
El psicoanálisis (asà como otras muchas escuelas) propone una intrincada explicación para esto, que no voy a poner por no aburrir al personal, al igual que se ha demostrado cambios en la distinta dinámica de los neurotransmisores ante estos sucesos.
Sin embargo, todo sigue siendo un misterio, y lo único que podemos decir es que la búsqueda apremia, la consecución inmediata es a veces orgásmica, y la costumbre hace tedioso al objeto de deseo.
12 Enero 2008 a las 11:49 pm
Estaba empezando a escribir un comentario… pero básicamente iba a decir lo mismo que Bitternut.