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Hemos buscado refugio en un frío tan intenso que parece quemar, como si el dolor helado de nuestros rostros pudiera cauterizar las heridas del espíritu. Salimos a la calle, los que no encontramos dónde meternos, con los hombros encogidos y el nervio del paso tiritando. Hemos roto con la poca paz que quedaba en nuestra piel: miradla palidecer, transida y nívea, hasta odiarnos. Pero tú sabes que somos así, los que sentimos miedo a todos los sonidos y discursos que se alejan de la paz, y sólo en la calle encontramos descanso, allá donde se arremolinan los retazos caducos del otoño, donde las sombras rasan los muros y las calzadas en una tormenta fingida, donde mi pelo se desordena cabizbajo.

Por eso salí.

Los primeros ruidos que vinieron de la sala de estar doblegaron mis manos y las palabras levitaron, como humo que se pierde en el techo de una habitación cerrada. Yo escribía; los escuché reunirse poco a poco en la sala de estar en un murmullo creciente hacia el estruendo: cada vez eran más, reían, bebían, comían, conversaban sin que yo entendiera lo que hablaban. Mudo como estaba yo, pensé en escapar de allí: como en el relato de Julio Cortázar, la casa había sido tomada por personas desconocidas. Sin embargo, quienes ocupaban mi casa estaban en una habitación camino de la puerta de entrada. Tuve, por tanto, que atravesar la habitación infestada de gente, con la cabeza gacha para pasar desapercibido, deseando que tendieran poco más que un saludo tímido: aquel que apenas desmintiera mi invisibilidad. Ahora sé que tengo cuerpo, mas he de dudar de mi alma, pues alma no hay que me capture.

Así salí.

La calle era negra como un crimen, como mi chaquetón abotonado, como la noche cerrada. Como en el relato de Julio Cortázar, yo había salido de la casa tomada. Sin embargo, quien me acompañaba a mí no era sino el más puro nadie del otoño, que rodeaba con su brazo mi cintura. Qué inválida nostalgia la de las habitaciones cerradas, qué amarga añoranza la del silencio sepulcral, qué dulce el recuerdo de la soledad acompañada y maldita, qué oscura la sangre que parece vino, cuando es el otoño sino único.

Fue entonces cuando decidí no ir a verte, cuando pensé en lo amenazante de las miradas deliberadas y en el daño profundo de las presencias, cuando prometí callar todas las palabras que te guardaba, porque hemos vendido nuestra alma quienes tememos a lo ilusorio, con ella todas sus esperanzas. Nos han prometido el silencio, pero a cambio hemos obtenido el frío inútil de los otoños vagos, el que apenas sosiega el hambre callejera, como si el murmullo incesante del viento pudiera curar las heridas del espíritu.

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