Rusningstid strax innan Jul / så glömmer nån ett varningsljus
Escrito por: Gotardo J. González en Granada, Navidad, Personal
Ahora escribo para intentar entenderlo, porque a veces el pensamiento sin palabras es una marejada de sensaciones ininteligibles, restos de tiempos y espacios que se diluyen, que parecen algo que jamás ha existido. Recuerdo aquella tarde en la que no sucedió nada, en la que el tiempo transcurría pastoso y sereno, como las nubes de diciembre, como el ligero humo que escapaba del tiro de la chimenea, como la presencia quieta y queda de una persona cuyo único propósito es esperar. No importa dónde estuviera aquel caserón frío y antiguo en el que comimos, del que salimos a media tarde, bajo la amenaza de la lluvia, cuando los últimos rayos de sol aún recortaban desde poniente las nubes frías del ocaso, llegando cansados a la vega de Granada, como si fueran las ultimas luces de mi adolescencia, reflejadas en los árboles y en los campos esmerilados. En la carretera disminuía el trajín, como si la humanidad retrocediera ante el frío, al mismo ritmo que en la radio del coche sonaba la canción de un grupo sueco al que acababa de descubrir Fer, aunque yo aún no entendía lo que decía la letra:
Jag är rädd att man glömmer
glömmer allt
Som vi glömde att vi
älskade varandra
Quizás aquella sinestesia fuese el primer signo de madurez de mi vida, tal vez el hilo conductor de todos los pasajes que he atravesado, porque tenía la sensación de ver en la música el mismo sonido del atardecer nublado, de escuchar en la vibración de la luz acordes que aún hoy día me parece exóticos, como idiomas extranjeros que construyen versos imposibles, palabras ininteligibles que me obligan ahora, tantos años después, a escribir para entender. En tantos lugares he encontrado la sensación azul de aquella canción de sonidos limpios, la melodía dulce de la luz que se enfría al atardecer, en tantas ciudades se ha impregnado mi cuerpo de este brocado celeste, que en ocasiones he creído diluirme en el aire hueco de quien espera sin más, como esperaba yo aquella tarde de finales de siglo, viajando en coche por la vega de Granada, alejado de casa a través del sonido de una banda extranjera. Creo que ya en aquel momento sabía que se pueden olvidar los lugares, las épocas y las personas, pero no las sensaciones.
Aquella tarde, cuando entré al apartamento vacío, ya no entraba apenas luz por las ventanas, pero brillaban en el salón las luces del árbol de Navidad y el reloj digital del equipo de música, así supe que aún quedaba más de una hora para verla a ella, aquella chica morena y enigmática que se hacía llamar Alicia Adler, a la que llevaba toda la tarde esperando conforme pasaba el tiempo, a quien tendría que seguir esperando un rato más en la penumbra fina de la sala de estar, como quien espera en la más absoluta nada vacía incluso de palabras.
No importa todo lo que sucedió después, todo aquello que ya terminó y que hemos olvidado de la misma forma en que, con la facilidad que nos ha dado la holgura del tiempo, casi hemos olvidado nuestros nombres. Importa sólo el presente, este mes de diciembre en el que escribo para entender el significado de la luz de las aceras cuando casi al atardecer se han vuelto azules, quedas y expectantes como el frío edulcorado por los nublos. Escribo porque la espiral del tiempo me ha devuelto, a través de los colores y de los sonidos que un día no comprendí, aquel invierno en que no encontré palabras, cuando no tenía herramientas para intuir que aquella voz escandinava lloraba con resignación, «me apena que olvidemos las cosas, que se olvide todo, como olvidamos nosotros que nos habíamos amado el uno al otro». Escribo -porque aquello que escribo es todo lo que puedo entender o prometer- con la certeza de que la luz venenosa de las tardes de invierno se ha inoculado en mis retinas como el color de las lágrimas, que es el color de las esperas que no terminan nunca más, porque casi una década después, al entrar al apartamento con las luces apagadas, el árbol de Navidad brillaba como la torre de Pharos albergando a un guardián muerto y el reloj digital, parpadeando en el equipo de música, marcaba la hora absurda de un tiempo en el que no hay nadie a quien esperar.


















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25 Diciembre 2007 a las 3:41 am
Y este nudo en la garganta, y lo difícil que es encontrar palabras cuando más se necesitan.
25 Diciembre 2007 a las 10:24 pm
…y escribes porque sigues siendo el maestro de la prosa, porque tienes palabras para describirlo todo, de manera absolutamente mágica, porque estás hecho de palabras impregnadas de tiempo…