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De este modo podremos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimento en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio.

Creo que tardé más de una hora en recorrer los veinte minutos que había hasta mi casa; bordeé las calles que solía tomar de regreso mientras despuntaba por la Sabika el amanecer. Apenas recuerdo haberme cruzado con alguien: las cafeterías aún no habían abierto, los borrachos todavía no habían apurado la última copa. Dos esquinas atrás San Agustín se apuntaba en la sien con un revólver. Sé que fue culpa mía, el Santo supo que eso no tenía importancia. La ciudad era una noche enmarañada y remolona, los nublos retrasaban el alba ensuciando la primera luz como gotas de tinta china disolviéndose en una sangre sin corazón.

Nada de esto habría visto si hubiera recuperado mi costumbre de cerrar los bares, de apurar hasta la humedad de la barra, de perder la consciencia hasta de la soledad. Tal vez si hubiese pasado por allí quince o treinta minutos después, habría encontrado a San Agustín tendido en aquella esquina, durmiendo plácido y ebrio, quizás empapado en su propio líquido amniótico de bilis y babas, tal vez farfullando en sueños algunas palabras de paz agridulces y nostálgicas con sabor whisky barato y arcadas.

Pero llegué antes de tiempo y la impuntualidad es ese defecto de los hombres que en términos de azar se confunde con la inoportunidad. Pronto me anticipé con la imaginación al temblor de la mano amartillando del revólver, casi como si pudiera escucharlo, al estruendo del estallido de pólvora, a la bala perforando la cabeza del Santo, al golpe sordo, seco y fulminante del mártir ateo que fue Santo. Y me imaginé a mí de espaladas a él, huyendo sin mirar atrás y olvidando los colores corales ennegrecidos imaginados en segundo plano a través de los sonidos imaginados en primer lugar.

Cuando me crucé con él, San Agustín estaba borracho en una esquina. Me dijo que mi pensamiento no podría recoger jamás aquel mar de calles, la marejada hombres en que nos ahogamos cada día, la tormenta de mujeres que ha sacudido nuestras vergas, el fuego de San Telmo, el temblor más allá de la zozobra, el pánico del recuerdo, el miedo a la mar y el miedo a la tierra firme, el amor que en definitiva siempre se avista más allá del horizonte, añorados nudos de distancia, invisible más allá de lo invisible, lejano más allá de lo lejano. Me dijo el Santo que mi pensamiento no podría recoger jamás ese orden de cosas que han escapado de lo trivial, lo dijo con palabras de estropajo y la mirada estrábica de ebriedad. Yo le respondí que eso no era importante. Él debió creerme.

Seguí caminando despacio, vísceras puestas del revés, sin luna, sin pies que sentir. Miré atrás. El Santo que sabía desde hace siglos que jamás comprendería a Dios había comprendido que no podía comprenderse a sí mismo y, peor aún, que semejante conclusión en buena parte paradójica tenía una trascendencia nula en el orden del Universo. En definitiva, San Agustín entendió que los límites entre el bien y el mal se habían confundido como aquel alba nublada. Abrió la pistolera, sacó el arma, se apuntó a la sien -alguien me dijo que un hombre común no puede soportar la existencia sin la  ayuda de Dios-. Yo me giré y seguí caminando, sin mirar atrás, consciente de que no importaba, disyuntiva absurda entre hacer bien o dejar hacer mal, agudo es el conflicto entre el hacer lo correcto o lo realmente divertido -y aunque conflictivo es intrascendente-.

Recuerdo que alguien me dijo una vez «de todas formas un día morirás». Ahora me pregunto qué importa morir si vamos a morir. Doblé la esquina y el disparo con el que el Santo se iba a descerrajar la caja de Pandora no llegó a sonar. Creo que entendió que no merecía la pena, habiendo muerto hacía ya tanto tiempo. Debió dormirse llorando para despertar cuando el sol se colara por algún nublo sobre esta ciudad innecesaria.

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Una Respuesta a “San Agustín”
  1. Florie dice:

    Me da que esa caja de pandora no era de chocolate…
    Premios brillante weblog 2008 en mi blog

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