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Es la misma cantinela, el mismo comienzo de hace unas dos décadas, el mismo nombre, Cortylandia, repulsivamente hortera, que se repite en un estribillo lobotomizante. Una voz femenina y enlatada que parece surgir desde una figura mecánica pregunta al aire: «¿has visto cuánta gente hay ahí abajo?». El vulgo alza a sus retoños para que puedan observar el espectáculo de Navidad de unos grandes almacenes. Hasta un indigente, con una cruz gamada estampada y tachada en la manga, entona la cancioncilla.

La Navidad es vigente en Madrid desde hace semanas, está en las calles, domina los comercios. El frío empieza a mostrar su lado más crudo, postra a los mendigos sobre sus cestas de recaudación, ofrecidas a modo de cepillo, mientras las aguas heladas que rodean el Templo de Debod atrapan a las hojas del otoño en su solidez, como el ámbar atrapa a los mosquitos. Un guitarrista callejero agacha la cabeza en la Plaza de Oriente, alza las manos formando un cuenco, intentando atrapar en su oquedad el leve calor de la brasa de un cigarrillo, con los ojos ocultos bajo la corta ala de un sombrero, la memoria repasando unos celebérrimos acordes, sus manos hábiles aunque heladas dispuestas a tocar un famoso canon. En la Plaza Mayor, por la mañana, los transportistas descargan marisco para un restaurante, los puestos de la plaza se preparan para el gentío con prisa, dos hombres preparan un tenderete: «y el richarl, el richarl a qué ha venío, a fastidia la velbena».

Yo froto los dedos contra los dedos. Había olvidado el frío de las mañanas de diciembre, agudizado por la falta de sol en el barrio de La Latina, donde entro a una local buscando un café cargado e hirviente como quien busca hogar y candela. Retengo en la memoria el olor a café de máquina, la luz tostada de un par de lámparas, la prisa de la gente, que este sábado por la mañana es más por inercia que por necesidad, el buen humor del camarero, la calma opaca de una mujer morena que no levanta la vista de los botones de su abrigo negro -o quizás lea algún libro oculto tras el recodo de la barra-.  Lo retengo todo en la memoria porque quizás lo cuente, aunque sea de forma desordenada, porque el tiempo en que suceden las cosas no tiene importancia, sólo permanecerá el recuerdo final de la mañana helada, de la librería del Callejón de San Ginés, de la explanada desierta frente al mercado de la Puerta de Toledo, de la mujer del abrigo negro que fue la misma que se cruzó conmigo anoche en el metro de Plaza de Castilla, tan parecida a aquella otra que cantaba en un local de Chueca.

Pero no importa el orden de los acontecimientos, porque lo que presenciamos en cada ciudad no es más que una parte de nosotros mismos, un capítulo diferente de nuestras vidas, y en la mixtura de memoria de lo que hemos presenciado se encierra la esencia de nuestro presente, como una canción de propaganda repetida durante veinte años, libros impresos hace tres décadas que ahora sostengo en mis manos del mismo modo que un volumen recién editado, personas agotadas que dormitan en el metro a esta temprana hora de la mañana, pedigüeños que mendigan solitarios y hombres solos que piden compasión, mujeres desconocidas con las que cruzo una mirada fugaz, a las que nunca volveré a ver, como tantas otras personas a las que no volveré a encontrar sino por casualidad.

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