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Ahora es de noche. Abajo, en el jardín, reinan las sombras entre las ramas del jazmín recién podado, junto al tronco del naranjo que comienza a florecer, tras las pequeñas zarzamoras que brotan al pie del muro, allá donde la salamandra posa sus ventosas mudas como si ya durmiera. Es aquí, en el dormitorio, donde podemos mirarnos a los ojos con la luz que se filtra por las cortinas del balcón -será su cara la luna llena en estas noches en las que el verano no parece un quimérico porvenir-. Hablamos al amparo del sigilo, con susurros tan ligeros como el humo de penumbra de habitación, mientras la abrazo y le cuento la historia de esta casa, de esta habitación, de esta cama a la que no volvía desde las noches de infancia, tantos años atrás que la memoria la ha circunscrito en un altar de recuerdo sedimentado.

Mañana, le digo, te enseñaré el barrio, las calles en las que nos escondíamos y perseguíamos, las esquinas que doblaba temerariamente con una bicicleta de la marca BH heredada de algún primo mayor con los frenos gastados y oxidados. Subiremos desde la Plaza de los Arcos hasta la Rosaleda, pasando por esa calle empedrada donde aún viven los árboles de morera que alimentaron a mis gusanos de seda. Verás mañana aquellas calles que casi había olvidado, las verás tal y como las veía yo entonces, porque allí la luz parece estancarse, menguar los días nublados, refulgir si sale el sol al cielo raso, pero es siempre la misma, partículas que vuelan en círculos entre los nísperos desde mil novecientos ochenta y tres, tal vez impacientes, jamás inquietas, porque te esperaban a ti, ahora lo sé. En esta calle había una carnicería donde solía comprar mi abuela, aquella casa de allí, la que hay junto a la Rosaleda, era la de Trini, que también tenía un árbol de morera, y ésta de aquí, la que hay justo al doblar la esquina, es la casa, aquel el balcón donde yo me asomaba a escondidas de pequeño porque al atardecer se podían ver las primeras estrellas de las noches de verano y el humo de la fábrica de cervezas.

No le hablo de los discos de música clásica de mi abuela, de los archivadores con partituras impresas en papel amarillento, no le hablo de Juan, que tenía la misma edad que yo y al que no he vuelto a ver desde entonces, guardo silencio porque ahora se suspende el tiempo como las flores de azahar del jardín, se detienen los segundos concentrados en un solo pétalo blanco o en un mínimo ápice de olor a galán de noche, se confunden los años, la noche en que charlo con ella y la mañana soleada en que mi padre le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta, me callo ahora que intuyo en la noche que hay un doblez de tiempo en este preciso instante,  el pasado nos mira como un tornasol crecido sólo para orientarse hacia nosotros y el futuro se abate en esta habitación para arroparnos con su perfume de recuerdos de infancia, tal vez porque es el momento, aquí y ahora, de encontrar el orden indescifrable que nos ha tendido abrazados en esta cama, junto a este balcón frente al que revolotean a ritmo de vals los murciélagos, los mismos o idénticos murciélagos cuyo vuelo he contemplado durante el último cuarto de siglo, desde aquellos atardeceres cercanos a mil novecientos ochenta y tres mientras mi madre me llamaba para cenar, en el presente exacto de esta habitación en la que he recuperado, con el olor a jazmín y azahar y limón que penetra por el balcón abierto, el gusto inexplicable por las noches de verano.

Mañana, empiezo a decir acariciando su flequillo y mirándola a los ojos, pero las palabras se detienen porque no encuentran sentido en esta extraña mezcla de tiempos, y caigo en la cuenta de que aquellas mañanas de sol sucedieron en un tiempo remoto que se me antoja presente, mucho antes de que yo aprendiera a leer, mucho antes de que el universo se nublara irremediablemente de palabras. Era entonces, cuando las letras parecían dibujos sin sentido, cuando la morera y los rosales no eran más que formas de color, quizás nombres expresados con sonidos, y es ahora cuando la miro a ella y digo su nombre en voz alta, sin calificativos ni adornos innecesarios, sin gramática ni oraciones completas, sin más palabras que las de sus ojos cansados y su sonrisa atenuada en la penumbra de la habitación, su nombre sin más necesidad que la de mirarla de cerca.

6 Respuestas a “Su nombre sin más necesidad”
  1. arima dice:

    Uf…..has conseguido q me emocione un montón cuando he leido todas esas cosas que estaban en silencio desde “los tiempos remotos”…..Tengo que decirte ¡¡¡bravo!!!! y tambien Snif…

  2. Gotardo J. González dice:

    Gracias, arima.

  3. La Chica del Halo Enigmático dice:

    Me encanta cómo lo describes, pero me gusta mucho más haber estado allí contigo. :D

  4. la directora de la órbita dice:

    Eres un mago de las palabras!!! que bonito niño!! ella debería estar y está muy orgullosa de como escribes esos momentos…

  5. Gotardo J. González dice:

    ¡Gracias, gracias!

  6. Arima dice:

    Pues sí….¡eres un mago de las palabras!
    He vuelto a leerlo y me he vuelto a emocionar un poquito…….

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