Sobre el dinero, el follar y algunos vicios
Escrito por: Gotardo J. González en Opinión, PersonalServidor lleva años practicando una forma de vida que muchos calificarÃan como vagancia -o eso decÃan mis profesores de la EGB, la cosa viene de largo-, pero en lugar de hacerlo tentado por los opiáceos tentáculos de la abulia, intento llevar una existencia relativamente cómoda: estudiar un poco de todo, beber café, escuchar a Enrique Morente, salir de vez en cuando -cada vez con más moderación- y sentir un odio radical hacia el Sistema y, por tanto, hacia la mayorÃa de los hombres. Ahora empiezo a pensar que los campos gravitatorios de la convencionalidad me arrastran de forma ineluctable hacia algo que siempre he detestado en la teorÃa y en la práctica: la vida de entrega a un trabajo aburrido, sin fruto, el coma intelectual, el hastÃo. Ha sido ése mi gran vicio: vivir ebrio de una fantasÃa que dice que las cosas pueden ser de otra manera, que no necesariamente la vida es una jornada laboral de diez o doce horas y unas vacaciones calurosas en la ciudad mientras, rentas mediante, el jefe estrena barco en Palma de Mallorca -hijo de puta-. Hay que intentarlo, qué duda cabe.
Pero el Sistema -confieso que odio esta palabra- está regido por una constante universal: el dinero, la tela, la plata, el vil metal que tiene más nombres que la verga, y su cuantÃa es la medida del éxito de los hombres, éxito que bien podrÃa meterse el Sistema por los anales si no fuera porque el fracaso significa el hambre -la gula es mi pecado más practicado después de la lujuria de pensamiento y la codicia, que en mà se manifiesta como una paradoja de omisión-. La guita que nos guÃa por los mares de la vida como una estrella Polar hipnótica, con el sextante de las nóminas y el astrolabio de los tipos de interés, es la que realmente viene a jodernos la existencia con su cantinela de metales. Dicen que el dinero no da la felicidad, no puedo decir que no estoy en desacuerdo: quizás lo que sucede es que la necesidad de dinero nos produce infelicidad.
Se me ocurrió un ejemplo sencillo por lo universal de su eje: follar. La práctica del sexo, de mutuo acuerdo, ya sea hormonal o afectivo, suele ser una actividad deseada por todo fulano, desde los estratos más bajos de ésta nuestra comunidad hasta la aristocracia de abolengo -sin pasar los célibes lechos del clero-. Sin embargo, los placeres de la trilla, como los de cualquier vocación sea o no malsonante, se van al garete cuando empiezan a ser regulados por el cochino caballero. En el mercado del sexo, el que desembolsa mecaniza su actividad amatoria -que pase por aquà algún putero convencido a contármelo-, la rinde a los fogones donde se cuecen las habas de los burdeles más inhóspitos. Es una jodienda que no embriaga -dice Nacho Vegas que hasta los perros se ponen tristes después de eyacular-. En cualquier caso, el pago nos garantiza cierta calidad en el trabajo, porque los desembolsos nos obligan a amortizar con disfrute el gasto -paradójicamente, estoy convencido de que si pagáramos para que nos cobraran soltarÃamos el parné a espuertas-. Del otro lado, basta decir que no he conocido a ninguna puta vocacional que cobre. Son sorprendentes las cantidades de jente jodida porque no jode, de jente jodida porque jode por jodido dinero y de jente jodida porque tiene que juntar para joder.
Harto feliz serÃa la infeliz vida si la gente folgara por amor. Alguien deberÃa inventarlo.
Jodidos como estamos, vuelvo a mi tesis que asegura que el en el fondo el único que jode es el dinero. Servidor escribe mierda de letrina de antro por falta de talento, sÃ, pero sólo en parte: influye también la falta de una nómina que ayude a potenciar el hábito literario y a dejar de descuidarlo con pamplinas de oficina, de Universidad no universal y de papeles que no sirven para nada. TodavÃa no me pagan por tomar café y escuchar música -al contrario-, pero vista la casta de caraduras con la que todos nos cruzamos a lo largo de la vida, alguna forma debe haber para cambiar las quejas de pobretón por un puro y unos zapatos caros apoyados en un escritorio de manera noble. No les quepa duda: entre la dignidad y Don Dinero una persona de moral débil como yo prefiere al segundo, al fin y al cabo todo se puede comprar -los conflictos que producen la divisas son bárbaros-. Me queda la duda de qué pasa cuando se alcanzan las espectativas económicas. Estoy convencido de que una gran depresión nos azotarÃa si nos pagaran por ser felices.
Tags: Dinero, follar, vicios

















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