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Posts Tagged “Granada”

«Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», pensé el día que la conocí, o tal vez lo dije en voz alta pero nadie me prestó atención, en aquella taberna irlandesa del Realejo donde las guiris se emborrachan con dos sorbos de cerveza y los estudiantes sin pareja van a mirarle a las erasmus gordas el escote hiperbólico, el tanga y las lorzas que asoman entre la camiseta de tirantes y la minifalda. «Te recuerdo, Amanda», recordé, porque cuando conozco a alguien juego en silencio a buscar alguna canción con su nombre, Alicia, Lola, Noelia, Angie, Eloisse, Penélope o Yolanda. Conocí a Amanda, «Te recuerdo, Amanda», una noche al final un verano, sentados varios amigos alrededor de una mesa en una taberna, charlando, sobre todo Amanda, que hablaba de la gente de su barrio, casi entrando en un monólogo que a veces parecía medido. Estuvimos allí durante algo más de una hora, bebimos poco, rodeados de las erasmus que a veces chillaban si empezaba a sonar una canción hortera, Amanda dirigiendo la conversación, pronunciando unas palabras que he olvidado y porque no forman parte de esta historia. Después de aquella noche no volvimos a vernos hasta varios meses después.

Amanda es una persona normal, con algunos distintivos, habilidades y defectos que la distinguen del resto de la gente como nos diferenciamos todos de los demás, con cierta habilidad para el relato oral, para imprimir a cada frase cierta contundencia espontánea, sin alcanzar la gloria de la genialidad, lejos del fango de lo miserable o lo grotesco, capaz de enamorar a alguien o de ser despreciada o envidiada, una compañía agradable para pasar las tardes y las noches de verano; por eso me sorprendió que hace unos días me sugiriera escribir la historia de su vida, porque no hay nada especial en ella, ni la grandilocuencia de las grandes conquistas ni el espanto de un crimen secreto, tal vez el sentimiento apasionado de un amor que ella creyera único, quizás el nombre una canción, «Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», que cuenta una historia distinta a la suya.

Meses después de conocer a Amanda, en diciembre, viajé a Madrid para pasar unos días, pasear por el centro y charlar con Sebas L., entre otras cosas. Allí conocí a Grecia, mucho antes incluso de saber de su existencia: entré a la FNAC, compré Travels in the Scriptorium de Paul Auster y algún volumen de cuentos de Edgar Allan Poe, y Grecia estaba en la caja, uniformada, el rostro joven aunque algo serio, el pelo suelto, balanceándose junto a las ondas morenas unos pendientes de color verde hechos a mano. No supe quién era Grecia hasta mucho tiempo después, no supe qué relación tenía con la historia que hoy les cuento porque no era más que un rostro al otro lado de una caja, una mano que cobra, quizás un amor o una desdicha o ambas cosas detrás del anonimato, alguien que no me conocía y que quizá me leyera como usted, alguien como yo mismo. Aunque tiempo después tuve noticias de Grecia, jamás volví a verla, nunca cruzamos una sola palabra y hasta hoy no pensé escribir sobre ella, porque Grecia es una persona como otra cualquiera, no conozco de ella ninguna historia digna de ser escrita, su vida, en esencia, puede considerarse similar a mi vida, similar a la vida de mis lectores: si la pudiera relatar, la gente vería en ella a una hermana, a una compañera de trabajo, a una hija.

Durante el tiempo que estuvimos sin vernos, supe de Amanda que trabajaba y que algunos fines de semana salía de viaje como salimos todos de vez en cuando para huir de Granada. La ciudad cada dos semanas se vuelve como un gas venenoso. Hablábamos de cuando en cuando, mostrábamos un interés general por nuestras vidas, sin entrar en detalles, lo único que pude percibir en ella fue un brillo diferente en la voz, quizás una forma reírse sincera, similar a la que A. Infante solía decir que tienen las mujeres que ya no son vírgenes. Sin embargo, cuando volví a verla, tiempo después, había desaparecido buena parte de su labia, bajo sus ojos había una sombra del color del atardecer, el iris de color mate, la pupila cansada o triste: era la erosión de las lágrimas, eran las marcas del llanto, y el llanto no era más que un síntoma de la angustia, la implacable acuosidad de la tristeza, pensaba yo, «te recuerdo, Amanda, la calle mojada».

La vida de Amanda seguía siendo común, vivía en Granada como viven los gorriones de la Vega, en bandada, trabajando, disfrutando de alguna puesta de sol. Supe después que los cortos viajes que la llevaban algunos fines de semana por los pueblos de Castilla-La Mancha se debían al amor y no al ocio, no al amor común, sino al misterio silencioso de un amor secreto que, hasta hoy día, permanece oculto por excusas y mentiras. Me lo dijo Amanda, con la voz temblorosa y la mano desatinada, aquel día en que descubrí en sus ojos doloridos la pena, extendiendo el brazo por encima de una mesa del bar donde nos solíamos ver, mostrándome una foto en la que aparecía ella junto a otra mujer, más joven, morena, de fondo los molinos inertes de Campo de Criptana. «Es ella», me dijo, «también me ha regalado estos pendientes que ha hecho ella a mano», los llevaba puestos, de un color verde que se me antojó tópicamente de esperanza, suspendidos entre el pelo rubio de Amanda. No sé cómo se conocieron Amanda y Grecia, no sé cuánto tiempo llevan viéndose cada dos semanas en algún pueblo de La Mancha, tampoco es interesante para esta historia que no es la historia de dos mujeres, sino la historia de todos los hombres, de la miseria de la humanidad, del hundimiento de una especie en el lodo de la crueldad.

Se enamoraron Amanda y Grecia, la mujer a la que nunca conocí, como se enamoran todas las personas, creyendo que su amor es único y eterno, deseándose en las esquinas desiertas de un hotel o a través del hilo telefónico, y además, construyendo una burbuja que las ocultara de los comentarios y de las miradas indiscretas del barrio de Amanda, de los rumores urdidos a la ligera, del juicio de los hombres legos en amores. Amanda y Grecia se esconden para verse fugitivas de la mirada miserable de los hombres que las miran como se miran las rarezas circenses. Más allá de la incomprensión hay siempre una madriguera angustiosa. Amanda y Grecia se han perdido los besos en los parques, los paseos en Navidad por el centro de Granada, las siestas en la playa tumbada una encima de la otra.

Amanda me sugirió que escribiera sobre ella, quizás porque necesitaba abrir una ventana hacia el exterior para vencer la claustrofobia del secretismo absoluto, pero no había nada que contar aún, pensé, quizás la historia de un amor, quizás el peso del secreto que ahora brota en los ojos de Amanda, semanas, quizás meses, antes de que por fin se deje ver paseando de la mano de Grecia. Ni siquiera he podido relacionar, al más puro estilo de los estudiantes de literatura comparada, la historia de Amanda y Grecia con la Amanda de Víctor Jara, porque esta no es la historia de dos nombres, no es una historia con fechas, es el germen que brotó sutilmente de la voz de Amanda, «esto da para mucho, podrías escribir mi historia», y yo pensé que no quería escribirla, se la dejo a ella para que la narre en primera persona, que salga de la asfixiante guarida de lo oculto, que hable como hablan los enamorados, aquí nos conocimos, allí cenamos por primera vez, mientras yo hablo de los hombres, de la verdadera historia que cuento hoy, la que se empieza a extinguir como los dinosaurios, la historia de aquellos cavernícolas que ven a Amanda huir algunos fines de semana, aquellos que no sabrían verla cogida de la mano de Grecia porque aprendieron a censurar lo que les parecía diferente al identificarlo con lo perverso, porque aprendieron a considerar perverso lo que despertaba en ellos la lujuria o la curiosidad de una sexualidad amordazada ente dos cojones y que no pertenece a maricones ni bolleras. Esta es la historia de la felicidad llorosa de dos personas, la vergüenza moral de los hombres que no llegaron a entenderse a sí mismos a través de aquellos otros a los que creen diferentes. Será la historia de las personas que un día, pronto, consigan empalagarse de la palabra libertad.

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En algún momento que no recuerdo, verano, seguramente, cuando yo aún tenía esa edad indefinida en la memoria, en ese pasado remoto en el que se mezclan los años y se desordena tiempo y uno tiene que recurrir a la imaginación para ordenar la cronología su propia vida, cuando mi padre ya había desatornillado y retirado una de las dos ruedecillas que mantenían el equilibrio de mi bicicleta, la derecha, quiero recordar, aunque pudo ser la izquierda, yo pasaba horas recorriendo la calle de mi abuela en el Cercado, desde el extremo de su casa hasta el extremo de la casa de Elba -me imagino en la escena con la equipación de listas horizontales rojiblancas que llevaba el Granada C.F. a mediados de los ochenta, en una bicicleta azul, aunque puede que esos detalles los haya tomado de fotografías de la época-. Rodaba sobre el asfalto, por aquella calle estrecha y sin tráfico, subiéndome a la acera cuando pasaba algún coche, saliendo de la calle para bajar a la Plaza de los Chinos o a la Calle de las Moreras si mi amigo José me acompañaba alguna mañana de julio.

Debió ser después de aquello -aunque yo lo recuerdo como anterior, ordeno los sucesos según la lógica, no según la memoria-, cuando mi padre retiró la segunda y última ruedecilla de la bicicleta, convirtiéndola por fin en un biciclo, dejándome a mí la responsabilidad del equilibrio y la posibilidad de caer al suelo. En aquella época también sembré aquella calle de retales de codo y rodillas, aprendí que el agua oxigenada escocía aunque no tanto como el alcohol y que la mercromina dejaba un espectacular tinte en las heridas.

De alguna forma, cuando aún quedaba una ruedecilla supletoria que evitaba la caída si basculaba más de la cuenta, yo ya había adquirido un miedo infranqueable al momento en que perdiera aquel seguro, imagino que porque había experimentado con la bicicleta de una de mis primas las mellizas, seguramente con mi padre sujetando el sillín para darme estabilidad, y en el momento en que descubría que rodaba solo, aunque llevara haciéndolo con firmeza varios metros, era inevitable que me fuera al suelo. Entonces supe que el miedo era una barrera difícil y absurda, eso que luego supe que llamaban resistencia al cambio y que no tiene mucho sentido, pero no fui capaz de privarme del seguro de la tercera rueda y durante un tiempo que a mí me pareció más extenso de lo necesario realicé mis paseos, de la puerta de la casa de mi abuela a la de la casa de Elba, con aquella tercera rueda atornillada al eje de la trasera.

Creo que sólo hubo una forma de hacer desaparecer el miedo al equilibrio: el miedo al ridículo apareció una tarde en que mis padres estaban dentro de casa, charlando con mi abuela y con mi tía y yo en la calle con la bicicleta yendo y viniendo de nuestra puerta la puerta de la casa de Elba. Y allí estaba ella, Elba, con el pelo suelto, largo y liso más abajo de los hombros, pelirroja o de un castaño muy claro, con cierto aspecto de bruja blanca, como si tuviera en el rostro fragmentos de leyenda o de ficción, sentada en las escaleras, tal vez leyendo o solamente mirando la tarde o solamente mirándome a mí ir y venir, diciéndome con su voz dulce de meiga que quitara la tercera rueda de la bicicleta, «quítasela, si no la estás apoyando en el suelo», mientras yo me excusaba sin detenerme, en parte avergonzado, en parte atemorizado, «no puedo quitar la rueda, no tengo destornillador» o «no sé quitar la rueda, no puedo quitarla», excusas que no hacían a Elba abandonar su empeño de verme sobre tan sólo dos ruedas, «ven, que yo tengo llave inglesa», hasta que fui reduciendo mi recorrido, desde la puerta de la casa de mi abuela hasta la mitad de la calle, evitando cruzarme con la mujer misteriosa que vivía en el otro extremo de la calle, para finalmente guardar la bicicleta en el patio y no volver a salir en todo el día.

No sé si al día siguiente, o pocos días después, humillado de alguna forma, le pedí a mi padre que quitara la tercera rueda, y después de hacer algunas pruebas sobre dos ruedas con él sujetando la bicicleta por el sillín, empecé a rodar solo, a ir de un extremo a otro de la calle y dar la vuelta sin poner los pies en el suelo, a bajar la cuesta de losetas rojas de la esquina. Tal vez, en aquel momento, no supe si fui yo quien venció al miedo o fue el propio miedo quien desistió de dominarme a través de la bicicleta -seguramente porque ya empezaba a descubrir otros puntos flacos-, porque en ocasiones somos abandonados incluso por lo aparentemente inerte.

Dejé de montar en bicicleta hace mucho tiempo. Mucho antes de eso, tuve mi peor caída en un carril bici en Granada que se saldó con una pequeña fisura en el escafoides. Ahora es la pereza lo que mantiene alejado de los pedales, tener que bajar al trastero para sacar la bicicleta de su nicho de cajas y enseres abandonados, allí abajo debe estar, en la oscuridad del cuartucho abandonada por mí y por el miedo que la utilizó como herramienta, quizás porque ese mismo miedo ha considerado más conveniente manifestarse a través de otros objetos, de otros lugares, de otras personas.

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Piscina natural en Granja de Granadilla

Piscina natural en La Granja de Granadilla

Ladridos de perro irrumpen en el rumor de las aguas,
realza el rocío las flores de melocotonero
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Li Bai, traducido por Anne Hélene Suárez Girard.

Siempre que cierro los ojos cerca del agua recuerdo la misma imagen, la de un cuento que no leí: me contó mi madre que Max Aub describía con total precisión en un relato la visión de los granos de arena vistos a ras de suelo, el mosaico de colores, la nitidez de los más cercanos, los más alejados volviéndose borrosos con la distancia. En la piscina natural de Granja de Granadilla no hay arena, pero lo recuerdo ahora que me he quedado solo, tumbado en el césped y con los ojos cerrados. Me irá venciendo el sueño con ímpetu irregular, frenando su asedio para sortear el mosaico de sonidos, la nitidez de los ladridos del perro que se llama Arco, los gritos de Marcos, el niño que juega con él, el rumor borroso del río y el rumor pastel del gentío. Es éste el momento de escribir, antes de tomar papel y bolígrafo, apartado de la inspiración y otras religiones, escucho e intento construir, hablo en silencio de la gente, del sonido, del tacto de la toalla tendida en el césped, del eco lejano de un ciclomotor que se acerca lento por la próxima carretera. ¿Dónde está la poesía? ¿Acaso no hay belleza en lo más vulgar? Sin duda habría que inventarla para la hubiera, en vano tal vez, pienso, ahora que recuerdo el comienzo del primer poema que se conserva de Li Bai, en el que ladraba un perro violando deliberadamente todas las convenciones estéticas de la poesía de la dinastía Tang. Cierro los ojos cerca del agua y escucho a Marcos gritarle a Arco, escucho el rumor lejano del agua y de un ciclomotor que pasa por la carretera, junto al césped; quién querría escribir sobre los ladridos de perro, quién describir el horrendo sonido de los vehículos a motor.

Me vence el sueño de la media tarde: ha sido alimentado por una brisa fresca llena de río, por un peso que masajea los párpados, que son inmunes a la luz y casi inmunes al sonido de los motores y de los animales. A una hora indefinida de la media tarde, viene el sueño, la paz de la Extremadura deteniendo el flujo de la sangre y el flujo del pensamiento. Se apagarán las ideas cuando se apague tras la arboleda el sonido del motor que empieza a alejarse, lento como el sol de la tarde o como la sombra de los sauces. No se puede escribir en las piscinas, pienso, aquí no hay maestros taoístas, no hay ningún gurú de la palabra.

Ya no se escucha Marcos y Arco, tal vez se hayan marchado, sólo perdura en primer plano el sonido del ciclomotor, que cesa una fracción de segundo y se estampa en un estruendo de asfalto y carcasa. Entorno los ojos con la cabeza vuelta hacia la carretera y veo a un hombre levantando raudo el ciclomotor del suelo mientras varios zagales se levantan divertidos para observar de cerca al accidentado, uno de ellos dando una palmada. Imbécil, pienso. Qué tosca sería la poesía si dependiera de la mera realidad, no sería ni poesía, apenas sería. Imbéciles, qué sórdido y aburrido es el humor fácil, la cáscara de plátano, encefalograma plano divertido por la desgracia ajena, y a la vez qué humillante por cómica es la torpeza. Humor y horror se confunden con una frecuencia apabullante, la misma frecuencia con la que uno encuentra gente de carcajada fácil y ruidosa, habitantes de las aceras, niños que suben cuestas en bicicletas encabritadas, ensayando quizás piruetas que hacer sobre un ciclomotor, con un casco torcido como una boina francesa.

Qué escasez de poesía allá donde mire, incluso cuando cierro los ojos. Qué triste existencia del mundo más allá de mis párpados o, tal vez, qué facilidad para reconocer la vulgaridad en cualquier viento, qué siniestro modo de ver la faz mísera del prójimo, quizás para ensalzar la probablemente inexistente virtud propia.

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Tal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al río en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.

Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondíamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efímera. Padi solía cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a Lucía e Irene.

Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacío y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del río -si aún vive allí-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subíamos, Padi, Lucía, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertía de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oído la voz de un hombre, venía de allá, quizás haya alguien», decía Irene o Lucía, y nos deteníamos en seco agudizando el oído, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansía descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.

Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos deteníamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y Lucía tenían unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mío propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.

Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mí y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creímos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.

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Now john at the bar is a friend of mine
He gets me my drinks for free
And he’s quick with a joke
or to light up your smoke
But there’s someplace that he’d rather be

He says, bill, I believe this is killing me.
As the smile ran away from his face
well I’m sure that I could be a movie star
if I could get out of this place

Billy Joel, Piano Man

A finales de 2003 pasamos varias semanas tocando en aquel pub del centro de la ciudad al que nunca iba nadie. Héctor, el camarero, nos puso en contacto con el dueño, que andaba buscando gente que sonara más o menos suave, que cobraran poco dinero y que estuvieran fuera del circuito de cantautores de Granada. Nosotros por entonces ensayábamos con un par de guitarras acústicas y sin apenas percusión, tocábamos los viernes y los sábados por la tarde delante de nuestros amigos y de curiosos que se colaban en el local pensando que veían a futuras estrellas, alimentando así un ego que nos distanciaba de nuestras verdaderas formas humanas, fracasados, algo inquietos, buscadores de un grado de desigualdad que nos permitiera alzarnos un escalón por encima de quienes nos contemplaban como quien contempla figuras informes queriendo ver en ellas perfiles atractivos -también creíamos que el rock estimulaba la libido de las chicas, aunque no conseguimos robar más que alguna mirada, alguna insinuación-; de modo que reuníamos las condiciones idóneas para tocar allí, en el bar de Héctor, porque éramos unos chavales no demasiado ruidosos y dispuestos a actuar gratis o por poco dinero con tal de tocar delante de alguna cara desconocida, éramos las promesas que adoraban hacer sonar un par de canciones en un local pequeño, éramos artistas sin tablas pero con corazón, inspiración sin talento, exquisitez sin pulir. Unos mierdas.

Durante dos o tres semanas dábamos conciertos en dos pases, versionábamos alguna canción conocida y repetíamos hasta la saciedad temas propios que creíamos colmados de talento, después recogíamos, el local se quedaba casi vacío y algunos de los del grupo nos quedábamos tomando una copa con Héctor, que solía pasearse por la barra, colocando vasos, abriendo bolsas de hielo, mirando hacia la puerta principal por la que no entraba nadie, quizás alguna pareja de treintañeros buscando un rincón discreto para consumar los preeliminares de una infidelidad, observados por Héctor con una mirada turbia de whisky y de humo blanco de tabaco negro, no con celos, en absoluto, sino con envidia, porque el camarero miraba a la puerta y a veces caminaba despacio hacia ella para asomarse y mirar la calle mojada esperando ver a lo lejos el paraguas de aquella chica morena que iba algunos jueves al bar, o al menos eso imaginé yo.

A Héctor le gustaba que tocáramos allí, no nuestra música, o eso pensaba yo, sino el hecho de que tocáramos, porque pensaba que teníamos alguna esperanza de salir de aquel rincón oscuro de aquel callejón negro del centro de la húmeda ciudad de Granada. Gracias a Héctor aprendí que no hay escapatoria, son ineluctables los tentáculos asesinos de esta ciudad. Han pasado cinco años y seguimos todos en el mismo sitio.

En el insondable destino del bar, Héctor esperaba que aquella chica apareciera con serena impaciencia, de una forma similar a la que tenía yo de esperar a la furcia de Mónica, que para entonces ya había dejado de venir a vernos a los conciertos espantada por la antipatía que yo gastaba en las inmediaciones de la barra, «pareces más simpático en el escenario», me dijo la última vez que la vi, y yo le menté sus aptitudes de putón verbenero para confirmar mi incapacidad social. Llegó un momento en el que yo mismo empecé a confundirme con una fingida parte de mí, del mismo modo en que Héctor se confundía con su sombra cuando volvía a entrar en el bar, en silencio, caminando despacio, después de haber mirado callejón abajo sin ver a nadie aparecer en el horizonte nocturno. «Otro día vendrá», le decía yo, y Héctor respondía en silencio, con un gesto de indiferencia que pretendía explicar que aquí no existen otros días, porque en la burbuja impermeable de Granada sólo vale el aquí y ahora que se repite luna tras luna, apenas un resquicio vale soñar con un lugar más allá de los tentáculos asesinos de esta ciudad -era Héctor quien hablaba de tentáculos asesinos, siempre, dos whiskys después de las doce de la noche, cuando la chica morena aún no había aparecido y él sentía la necesidad de hablar con ocurrencias tristes y cáusticas que luego yo copiaba para impresionar a Mónica y luego decirle que se fuera; es ahora, al escribir esto, cuando descubro que yo no fui una sombra de mí mismo, sino una sombra de la sombra de Héctor, aquel camarero al que conocí hace cinco años, con quien traté durante apenas tres o cuatro semanas-.

El tiempo, la falta de práctica, la desgana, me han robado aquel caparazón que logró engañar a alguien, mis dedos ya no pueden imitar aquellos movimientos torpes que hacían sonar alguna guitarra, algún bajo eléctrico. Cuando la furcia de Mónica dejó de llamarme sentí el amargo alivio de no tener que seguir viviendo, pensé que sólo me quedaba tocar algunas noches en el bar de Héctor y tomar un par de copas de Red Label antes de irme a casa, pero entonces llegó la Navidad y el dueño decidió suspender las actuaciones hasta el mes de febrero, y ya no volvió a llamarnos. El grupo se separó poco después y yo no he vuelvo a ver ni a Héctor ni a la furcia de Mónica, sin embargo he imaginado que me encontraba con aquella chica morena a la que Héctor esperaba con escasa paciencia en la puerta del bar, he imaginado que podría reconocerla si la viera por la calle, porque era vívida aunque sencilla la descripción que Héctor hacía de ella, el pelo moreno y largo, ondulado, el flequillo cayendo de forma graciosa sobre los ojos, los brazos a veces separados de las caderas, como invitando a un corto abrazo, la camiseta siempre de manga francesa, la falda a rayas, vaqueros si hacía demasiado frío, sí, era vívida y sencilla aquella descripción que hacía Héctor como quien recuerda una figura vista sobre un escenario o sobre un altar, aquella descripción que ahora recuerdo como una receta médica, como una vacuna inoculada en el virus inoculado en las venas de esta ciudad que son las mías propias, porque era aquella la descripción de la mujer que todos los envenenados de Granada hemos soñado alguna vez.

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De este modo podremos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimento en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio.

Creo que tardé más de una hora en recorrer los veinte minutos que había hasta mi casa; bordeé las calles que solía tomar de regreso mientras despuntaba por la Sabika el amanecer. Apenas recuerdo haberme cruzado con alguien: las cafeterías aún no habían abierto, los borrachos todavía no habían apurado la última copa. Dos esquinas atrás San Agustín se apuntaba en la sien con un revólver. Sé que fue culpa mía, el Santo supo que eso no tenía importancia. La ciudad era una noche enmarañada y remolona, los nublos retrasaban el alba ensuciando la primera luz como gotas de tinta china disolviéndose en una sangre sin corazón.

Nada de esto habría visto si hubiera recuperado mi costumbre de cerrar los bares, de apurar hasta la humedad de la barra, de perder la consciencia hasta de la soledad. Tal vez si hubiese pasado por allí quince o treinta minutos después, habría encontrado a San Agustín tendido en aquella esquina, durmiendo plácido y ebrio, quizás empapado en su propio líquido amniótico de bilis y babas, tal vez farfullando en sueños algunas palabras de paz agridulces y nostálgicas con sabor whisky barato y arcadas.

Pero llegué antes de tiempo y la impuntualidad es ese defecto de los hombres que en términos de azar se confunde con la inoportunidad. Pronto me anticipé con la imaginación al temblor de la mano amartillando del revólver, casi como si pudiera escucharlo, al estruendo del estallido de pólvora, a la bala perforando la cabeza del Santo, al golpe sordo, seco y fulminante del mártir ateo que fue Santo. Y me imaginé a mí de espaladas a él, huyendo sin mirar atrás y olvidando los colores corales ennegrecidos imaginados en segundo plano a través de los sonidos imaginados en primer lugar.

Cuando me crucé con él, San Agustín estaba borracho en una esquina. Me dijo que mi pensamiento no podría recoger jamás aquel mar de calles, la marejada hombres en que nos ahogamos cada día, la tormenta de mujeres que ha sacudido nuestras vergas, el fuego de San Telmo, el temblor más allá de la zozobra, el pánico del recuerdo, el miedo a la mar y el miedo a la tierra firme, el amor que en definitiva siempre se avista más allá del horizonte, añorados nudos de distancia, invisible más allá de lo invisible, lejano más allá de lo lejano. Me dijo el Santo que mi pensamiento no podría recoger jamás ese orden de cosas que han escapado de lo trivial, lo dijo con palabras de estropajo y la mirada estrábica de ebriedad. Yo le respondí que eso no era importante. Él debió creerme.

Seguí caminando despacio, vísceras puestas del revés, sin luna, sin pies que sentir. Miré atrás. El Santo que sabía desde hace siglos que jamás comprendería a Dios había comprendido que no podía comprenderse a sí mismo y, peor aún, que semejante conclusión en buena parte paradójica tenía una trascendencia nula en el orden del Universo. En definitiva, San Agustín entendió que los límites entre el bien y el mal se habían confundido como aquel alba nublada. Abrió la pistolera, sacó el arma, se apuntó a la sien -alguien me dijo que un hombre común no puede soportar la existencia sin la  ayuda de Dios-. Yo me giré y seguí caminando, sin mirar atrás, consciente de que no importaba, disyuntiva absurda entre hacer bien o dejar hacer mal, agudo es el conflicto entre el hacer lo correcto o lo realmente divertido -y aunque conflictivo es intrascendente-.

Recuerdo que alguien me dijo una vez «de todas formas un día morirás». Ahora me pregunto qué importa morir si vamos a morir. Doblé la esquina y el disparo con el que el Santo se iba a descerrajar la caja de Pandora no llegó a sonar. Creo que entendió que no merecía la pena, habiendo muerto hacía ya tanto tiempo. Debió dormirse llorando para despertar cuando el sol se colara por algún nublo sobre esta ciudad innecesaria.