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Posts Tagged “La Fuga”

Ha sido el sol quien la ha devuelto a la memoria que se alimenta de las calles, de eso estoy seguro. Cuando apareció la chica de la falda a rayas, en Granada había aún algo de verano, de un verano de noches largas en el que el suelo de todos los bares estaba impregnado de un líquido oscuro y peguntoso. Si me preguntaran de qué color es el recuerdo de entonces, diría que es turbio como el agua de un pedazo de hielo en vaso de tubo, porque es el color con en el que se diluye la memoria, en el que se condensa el veneno de los desesperados. Escuchábamos, en aquel verano sucio como las aguas de un pantano de ebrios, algunas canciones de La fuga de sabor a garrafón y a bar oscuro. Aquella era la música de los que no teníamos esperanza, tal vez de los que no queríamos tenerla o de los que jamás la habíamos conocido -la esperanza es un juego de cara apuesta, no la padecen quienes no tienen nada que perder-. Así estábamos nosotros, los que poblábamos la noche como alimañas, sencillos y desalmados como aquella canción:

Llévame a los bares más oscuros,
vamos a fumarnos la ciudad,
vamos a bebernos tú y yo el mundo,
vamos a esquivar la soledad.

Al menos así fue hasta que apareció ella, fugaz y desconocida como una noche beoda, y ahora que los mediodías empiezan a sofocar mis paseos, ha vuelto a mi memoria, casi irreal como cuando la vi por primera vez con aquella falda a rayas ceñida y el pelo cayendo sobre los hombros, no con gravedad ni elegancia, sino con descanso. Se marchó antes de que llegara el otoño; yo me quedé tan vacío como una botella en un portal. No supe su nombre y tuve que identificarla con una prenda de vestir, aquella falda a rayas que se contoneaba en un bar en el que era mediodía cuando los estudiantes volvían a la ciudad; además de aquello sólo me quedé con algunos versos sueltos, «dónde coño te escondes, felicidad», que alguien me recomendó no escuchar, porque sabían a veneno y a desesperación.

Esta mañana el sol calentaba la Gran Vía desde temprano, sofocaba por contraste, como una resaca desbocada. Al ver de espaldas a la chica de los vaqueros azules y la camiseta negra de tirantes, he reconocido las curvas de la falda a rayas y en ellas retorno de la primavera -a veces las mujeres son como las golondrinas, al menos para los hombres que somos como los lobos-. Me he acercado a ella como quien se acerca a un recuerdo nítido, es decir, con morfina de esperanza, con felicidad toxicómana, esperando que se girara y tal vez atisbar en su gesto siempre ausente un ápice de memoria, y antes de llegar a donde estaba ella se ha girado sin mirarme, descubriendo tras la melena un rostro que no era el suyo, la cara vulgar y desabrida de otra.

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