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Piscina natural en Granja de Granadilla

Piscina natural en La Granja de Granadilla

Ladridos de perro irrumpen en el rumor de las aguas,
realza el rocío las flores de melocotonero
.

Li Bai, traducido por Anne Hélene Suárez Girard.

Siempre que cierro los ojos cerca del agua recuerdo la misma imagen, la de un cuento que no leí: me contó mi madre que Max Aub describía con total precisión en un relato la visión de los granos de arena vistos a ras de suelo, el mosaico de colores, la nitidez de los más cercanos, los más alejados volviéndose borrosos con la distancia. En la piscina natural de Granja de Granadilla no hay arena, pero lo recuerdo ahora que me he quedado solo, tumbado en el césped y con los ojos cerrados. Me irá venciendo el sueño con ímpetu irregular, frenando su asedio para sortear el mosaico de sonidos, la nitidez de los ladridos del perro que se llama Arco, los gritos de Marcos, el niño que juega con él, el rumor borroso del río y el rumor pastel del gentío. Es éste el momento de escribir, antes de tomar papel y bolígrafo, apartado de la inspiración y otras religiones, escucho e intento construir, hablo en silencio de la gente, del sonido, del tacto de la toalla tendida en el césped, del eco lejano de un ciclomotor que se acerca lento por la próxima carretera. ¿Dónde está la poesía? ¿Acaso no hay belleza en lo más vulgar? Sin duda habría que inventarla para la hubiera, en vano tal vez, pienso, ahora que recuerdo el comienzo del primer poema que se conserva de Li Bai, en el que ladraba un perro violando deliberadamente todas las convenciones estéticas de la poesía de la dinastía Tang. Cierro los ojos cerca del agua y escucho a Marcos gritarle a Arco, escucho el rumor lejano del agua y de un ciclomotor que pasa por la carretera, junto al césped; quién querría escribir sobre los ladridos de perro, quién describir el horrendo sonido de los vehículos a motor.

Me vence el sueño de la media tarde: ha sido alimentado por una brisa fresca llena de río, por un peso que masajea los párpados, que son inmunes a la luz y casi inmunes al sonido de los motores y de los animales. A una hora indefinida de la media tarde, viene el sueño, la paz de la Extremadura deteniendo el flujo de la sangre y el flujo del pensamiento. Se apagarán las ideas cuando se apague tras la arboleda el sonido del motor que empieza a alejarse, lento como el sol de la tarde o como la sombra de los sauces. No se puede escribir en las piscinas, pienso, aquí no hay maestros taoístas, no hay ningún gurú de la palabra.

Ya no se escucha Marcos y Arco, tal vez se hayan marchado, sólo perdura en primer plano el sonido del ciclomotor, que cesa una fracción de segundo y se estampa en un estruendo de asfalto y carcasa. Entorno los ojos con la cabeza vuelta hacia la carretera y veo a un hombre levantando raudo el ciclomotor del suelo mientras varios zagales se levantan divertidos para observar de cerca al accidentado, uno de ellos dando una palmada. Imbécil, pienso. Qué tosca sería la poesía si dependiera de la mera realidad, no sería ni poesía, apenas sería. Imbéciles, qué sórdido y aburrido es el humor fácil, la cáscara de plátano, encefalograma plano divertido por la desgracia ajena, y a la vez qué humillante por cómica es la torpeza. Humor y horror se confunden con una frecuencia apabullante, la misma frecuencia con la que uno encuentra gente de carcajada fácil y ruidosa, habitantes de las aceras, niños que suben cuestas en bicicletas encabritadas, ensayando quizás piruetas que hacer sobre un ciclomotor, con un casco torcido como una boina francesa.

Qué escasez de poesía allá donde mire, incluso cuando cierro los ojos. Qué triste existencia del mundo más allá de mis párpados o, tal vez, qué facilidad para reconocer la vulgaridad en cualquier viento, qué siniestro modo de ver la faz mísera del prójimo, quizás para ensalzar la probablemente inexistente virtud propia.

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Digamos que la literatura está de vacaciones -son cosas que pasan a veces- y que yo me he quedado de rodríguez consumiendo política prostituída y poniéndome de mal humor, porque son ya demasiados días escuchando a los líderes de la derecha desvariar sin argumentos, o con argumentos de ciencia ficción (una de las últimas ha sido asegurar que fue Zapatero y no el PP quien apoyó la guerra de Irak), y empiezo a echar de menos que la izquierda responda de manera convincente en lugar de mantener un discurso tímido que parece enfocado a no terminar a hostia limpia. Parece que llamar imbécil a un imbécil es políticamente incorrecto, porque generalmente los imbéciles tienden a ofenderse. A Dios pongo por testigo que mi indecisión crece con el tiempo, porque la situación empieza a merecer que deleguemos el derecho de voto en Rita la Cantaora, y más ahora, que de fondo escucho hablar al impresentable de Pepiño Blanco, mal despertar después de acostarme anoche con declaraciones de Bono y Zaplana. Qué panorama.

Razonamientos esquizofrénicos aparte, da la sensación de que sólo quedan unos pibes con algo de coherencia -quizás porque por definición lo llevan crudo en el mundo de la política-: la gente de PACMA, a quienes reconocerán porque en la papeleta para el senado que les mandarán los partidos mayoritarios ellos también aparecen, identificados por un anagrama que representa a un toro bravo en las últimas, acuchillado y vomitando sangre, horrible icono para un partido político, pero no menos desagradable que su referente en la realidad. Parece que son los únicos que mantienen un discurso congruente (quizás no sea muy difícil en discursos cortos), porque una de las cosas que se echan de menos en las propuestas electorales es la prohibición total de la fiesta troglodita del toreo.

Será difícil que un político se arriesgue a contrariar la voluntad asesina de la merca de la tauromaquia, que parece mover pasta cochina como para parar el tren de la condena al maltrato animal, imagino que porque sentarse a ver a un toro en el prado no es interesante, es mejor matarlo, eso sí que tiene duende y no el Camarón de la Isla. Así que imagino que la gente de PACMA se quedará a dos velas, porque en España (y parte del extranjero) no gusta eso de no poder matar toros y otros bichos, y porque el programa electoral que han presentado suena un poco excesivo:

3.9. Retirada de cualquier apoyo y publicidad a las pruebas hípicas.
3.10. No a las empresas de rutas de caballos, paseos de poneys y similares.
3.11. Negar todo apoyo a los concursos y exposiciones caninas y de aves cantoras.
3.12. Prohibición de exposiciones de animales tanto vivos como disecados.
3.13. Prohibición de zoos, delfinarios y acuarios.
3.14. Prohibición de pequeños zoos en parques o propiedades particulares.
3.15. Prohibición de rifar animales o que éstos sirvan de reclamo para cualquier evento.
3.16. Prohibición que se utilicen animales en programas y concursos televisivos.
3.17. Prohibición y retirada de cualquier publicidad que suponga un trato vejatorio y ajeno a la condición del animal.
3.18. No a la presencia de animales en cabalgatas de reyes históricas, festejos turísticos, y similares.

Durante mucho tiempo aún vamos a poder visitar las plazas de toros embarrizadas de sangre y albero, porque el mundo crea escuela: esta mañana, entre corte y corte del debate electoral de anoche, las noticias mostraban las artes de toreras de un zagal de diez años que ya lidia en un país latinoamericano en el que la ley permite la participación de menores en la actividad taurina. La misma Universidad de Granada, centro educativo centenario, ofertó el mes pasado la XIII edición de sus jornadas taurinas. La tauromaquia se sigue difundiendo sin aludir a su cariz cruel, incluso por aquellos en cuya mano está terminar con ella.

Mientras los políticos se torean unos a otros y torean nuestra intelectualidad llamándose unos a otros demagogos, mentirosos e imbéciles (insisto, lo son, sobre todo lo último, unos más que otros), mientras los delfines palurdos de la extrema derecha española imitan las formas caricaturescas de sus gurús y la extrema izquierda sigue pensando que la libertad pasa por ahostiar nazis y fumar petardos en cualquier esquina -subvencionando los chalés de los narcos-, hay temas que siguen sin llevarse a debate.

Y eso me preocupa, pero no porque yo quiera, sino porque la literatura me abandonó hace unos días y ahora paso las horas escuchando noticias sobre política. Qué vida más triste ésta. Uno no puede con tanto jaleo sentarse tranquilamente a lidiar con sus conflictos internos con tanto problema en el mundo. Así que reivindico a ser tan inútil como los jefes: si no les importa, tómense su tiempo para votar, y después cállense unos días, que aquí hay uno que quiere dedicarse a la paz espiritual, a las artes y a las musas.

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