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En algún momento que no recuerdo, verano, seguramente, cuando yo aún tenía esa edad indefinida en la memoria, en ese pasado remoto en el que se mezclan los años y se desordena tiempo y uno tiene que recurrir a la imaginación para ordenar la cronología su propia vida, cuando mi padre ya había desatornillado y retirado una de las dos ruedecillas que mantenían el equilibrio de mi bicicleta, la derecha, quiero recordar, aunque pudo ser la izquierda, yo pasaba horas recorriendo la calle de mi abuela en el Cercado, desde el extremo de su casa hasta el extremo de la casa de Elba -me imagino en la escena con la equipación de listas horizontales rojiblancas que llevaba el Granada C.F. a mediados de los ochenta, en una bicicleta azul, aunque puede que esos detalles los haya tomado de fotografías de la época-. Rodaba sobre el asfalto, por aquella calle estrecha y sin tráfico, subiéndome a la acera cuando pasaba algún coche, saliendo de la calle para bajar a la Plaza de los Chinos o a la Calle de las Moreras si mi amigo José me acompañaba alguna mañana de julio.

Debió ser después de aquello -aunque yo lo recuerdo como anterior, ordeno los sucesos según la lógica, no según la memoria-, cuando mi padre retiró la segunda y última ruedecilla de la bicicleta, convirtiéndola por fin en un biciclo, dejándome a mí la responsabilidad del equilibrio y la posibilidad de caer al suelo. En aquella época también sembré aquella calle de retales de codo y rodillas, aprendí que el agua oxigenada escocía aunque no tanto como el alcohol y que la mercromina dejaba un espectacular tinte en las heridas.

De alguna forma, cuando aún quedaba una ruedecilla supletoria que evitaba la caída si basculaba más de la cuenta, yo ya había adquirido un miedo infranqueable al momento en que perdiera aquel seguro, imagino que porque había experimentado con la bicicleta de una de mis primas las mellizas, seguramente con mi padre sujetando el sillín para darme estabilidad, y en el momento en que descubría que rodaba solo, aunque llevara haciéndolo con firmeza varios metros, era inevitable que me fuera al suelo. Entonces supe que el miedo era una barrera difícil y absurda, eso que luego supe que llamaban resistencia al cambio y que no tiene mucho sentido, pero no fui capaz de privarme del seguro de la tercera rueda y durante un tiempo que a mí me pareció más extenso de lo necesario realicé mis paseos, de la puerta de la casa de mi abuela a la de la casa de Elba, con aquella tercera rueda atornillada al eje de la trasera.

Creo que sólo hubo una forma de hacer desaparecer el miedo al equilibrio: el miedo al ridículo apareció una tarde en que mis padres estaban dentro de casa, charlando con mi abuela y con mi tía y yo en la calle con la bicicleta yendo y viniendo de nuestra puerta la puerta de la casa de Elba. Y allí estaba ella, Elba, con el pelo suelto, largo y liso más abajo de los hombros, pelirroja o de un castaño muy claro, con cierto aspecto de bruja blanca, como si tuviera en el rostro fragmentos de leyenda o de ficción, sentada en las escaleras, tal vez leyendo o solamente mirando la tarde o solamente mirándome a mí ir y venir, diciéndome con su voz dulce de meiga que quitara la tercera rueda de la bicicleta, «quítasela, si no la estás apoyando en el suelo», mientras yo me excusaba sin detenerme, en parte avergonzado, en parte atemorizado, «no puedo quitar la rueda, no tengo destornillador» o «no sé quitar la rueda, no puedo quitarla», excusas que no hacían a Elba abandonar su empeño de verme sobre tan sólo dos ruedas, «ven, que yo tengo llave inglesa», hasta que fui reduciendo mi recorrido, desde la puerta de la casa de mi abuela hasta la mitad de la calle, evitando cruzarme con la mujer misteriosa que vivía en el otro extremo de la calle, para finalmente guardar la bicicleta en el patio y no volver a salir en todo el día.

No sé si al día siguiente, o pocos días después, humillado de alguna forma, le pedí a mi padre que quitara la tercera rueda, y después de hacer algunas pruebas sobre dos ruedas con él sujetando la bicicleta por el sillín, empecé a rodar solo, a ir de un extremo a otro de la calle y dar la vuelta sin poner los pies en el suelo, a bajar la cuesta de losetas rojas de la esquina. Tal vez, en aquel momento, no supe si fui yo quien venció al miedo o fue el propio miedo quien desistió de dominarme a través de la bicicleta -seguramente porque ya empezaba a descubrir otros puntos flacos-, porque en ocasiones somos abandonados incluso por lo aparentemente inerte.

Dejé de montar en bicicleta hace mucho tiempo. Mucho antes de eso, tuve mi peor caída en un carril bici en Granada que se saldó con una pequeña fisura en el escafoides. Ahora es la pereza lo que mantiene alejado de los pedales, tener que bajar al trastero para sacar la bicicleta de su nicho de cajas y enseres abandonados, allí abajo debe estar, en la oscuridad del cuartucho abandonada por mí y por el miedo que la utilizó como herramienta, quizás porque ese mismo miedo ha considerado más conveniente manifestarse a través de otros objetos, de otros lugares, de otras personas.

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«Quemad en silencio cuanto yo escriba, regaladlo al viento». Los versos más nostálgicos son los que nos unen con más fuerza al recuerdo. Recordar con vehemencia es además olvidar el resto, desasirse de todo, ebrios de alguna extraña necesidad, para obcecarse en la paradoja nostálgica de añorar todo aquello que queremos rendir al olvido. «Marzo, vuelves a mí, como una ola que no perdona y siempre retoma el camino a seguir».

Creo que solía escuchar aquella canción, Marzo -de un grupo que se llamaba El tiempo y que desapareció sin dejar rastro hace unos años-, a finales del otoño de no recuerdo qué año, quizás por eso ahora no identifico este marzo, que vuelve sin el gris de entonces -salvo por la ventisca ártica que ha sorprendido esta tarde la ciudad-. «Fue duro el invierno, no supe nada de ti». Me sentaba en mi habitación, o en el sofá del local de ensayo, le dábamos vueltas a un disco que se llamaba Zahorí y que aprendimos de memoria. Aquella era la música que siempre quisimos hacer, el sonido de nuestro refugio; el color era aquel de los nublos sin lluvia.

Pero marzo no ha vuelto con la delicadeza del invierno, sino con la avidez de una primavera súbita que parece hacer correr el tiempo. Han pasado demasiados años y aquellos días parecen pertenecer a la memoria de otra persona, los recuerdos de aquel tiempo está más allá del recuerdo, se desvanecen como si se desvaneciera una parte de lo que fui, se confunde con otros momentos que entonces me hubieran parecido tan diferentes: las mañanas de clase que pasábamos en un banco al sol, las tardes de ensayo y de charla en el sofá, las noches que se diluían deshechas en un arroyo de tiempo, los vaqueros rotos y las canciones desmembradas. Ahora somos personas distintas y no ha quedado en nosotros lugar para el recuerdo. Tal vez ya no estemos tan solos como en aquella adolescencia tardía y maldita.

Salimos de nuestro escondite, dejamos de vernos y nuestros instrumentos quedaron en silencio. De eso hace ya muchos años. El instinto de guarecernos dio paso al esfuerzo por escapar: lo único que queda de marzo en esta ciudad es la aspereza del aire, el candor de la esperanza por huir de la urbe. Nos volveremos a ver en una playa, entre el olor tenue del salitre y el amargo del licor, que sobrevive al frío invierno, incapaces de escribir una canción, lo que agudizará la nostalgia de aquel tiempo en el que eramos capaces de ansiar el recuerdo. «Marzo, deshielo por ti». Ahora sé que al dejar de buscar ciertos momentos el tiempo pasado se abandona en jirones de minutos olvidados, como la lluvia rota en gotas que se deshacen, como la música partida en compases, como el sol que estos días se rompe a través de la persiana al depsertarme desnudo, como si un mayo nuevo floreciera en el árido recuerdo de marzo.

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