Retengamos el instante en el que el último sol del dÃa mecÃa las ramas de los árboles, contraluz de ocaso cada vez más enrojecido, perdiéndose en el horizonte de la ciudad invisible, como aquella brisa que al soplar ya se habÃa marchado. Qué dulce fue mirar atrás, desde lo alto de la cuesta, para ser luz horizontal y horizonte para el atardecer, el último bocado de una temprana pulpa primaveral, cuando desde la Alhambra se ponÃa el sol, lento como unos labios después de besar. Allá iba la luz, matraz de melocotón que se vierte sobre las calles, sobre los bosques, sobre las murallas teñidas de atardecer, sobre los pájaros que nadan junto a la orilla de la Sabika y desaparecen, aleteo de segundos, tras el bosque, que es Granada.
Seremos pasto de las llamas de la tarde, silencio que esconde el lejano jaleo, pececillos que buscan una última corriente cálida, como de paso que se detiene antes de la noche, como de cuerpo. Será la tarde pasto de nuestro atardecer, de nuestro paso sereno, de las figuras vegetales y de las aves, de la magia que inspira el agua acaudalada de las laderas, de lo que es, de lo que no es, de lo que será, como si no existiera lo que antes no fue.
Retengamos el atardecer pasado e inexistente de nuestra ciudad, que no era ciudad, el influjo de la luz de luna que no se ve y de caramelo que sabe a paladar abierto de par en par. Miradme con la boca, no hay ojos para tanta luz; bésame con los ojos, no hay boca para tanta boca. Girémonos hacia poniente: allà sólo brilla el silencio, sólo luce la calma, no suenan más que las ramas a contraluz.
Qué dulce fue mirar atrás, en aquel momento que ya no era momento.
Tags: Alhambra, Literatura, Sabika

















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