En el centro de nuestras vidas hubo un verano
Escrito por: Gotardo J. González en Granada, PersonalTal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al rÃo en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.
Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondÃamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efÃmera. Padi solÃa cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a LucÃa e Irene.
Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacÃo y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del rÃo -si aún vive allÃ-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subÃamos, Padi, LucÃa, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertÃa de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oÃdo la voz de un hombre, venÃa de allá, quizás haya alguien», decÃa Irene o LucÃa, y nos detenÃamos en seco agudizando el oÃdo, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansÃa descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.
Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos detenÃamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y LucÃa tenÃan unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mÃo propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.
Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mà y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creÃmos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.
Tags: Granada, memorias, serrallo

















Entradas (RSS)