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«En la antigüedad, no se perseguía jamás a un enemigo en huida durante más de cien millas o a un enemigo en retirada durante más de tres días, observando con escrúpulo las reglas de la conducta ritual. Jamás se llegaba a extenuar a un rival débil, mas se tenía compasión por el necesitado y el enfermo, haciendo evidente de este modo la benevolencia. Se aguardaba a que el enemigo hubiera formado completamente sus filas para ordenar la señal de ataque, manifestando bondad. Se luchaba por la justicia y no por el beneficio. Y se perdonaba a todos los que habían sido vencidos evidenciando así la valentía. [...]. En esto consistían las guerras de antaño.»[1]

He enseñado este texto a varias personas -entre ellas a Sebas L., aunque no le gustan mis “experimentos sociológicos”-, y sólo he preguntado a cada uno qué le parecía. Algunos se han declarado en desacuerdo con el texto: la guerra es la guerra, y no hay protocolo que valga. Otros me han dicho que las cosas han cambiado mucho desde la antigüedad hasta ahora -curiosamente a nadie le he dicho a qué antigüedad se refiere el pasaje ni su autor-. Alguien ha llegado a afirmar que parecía hablar de una “edad dorada”.

La guerra noble que recuerda nostalgicamente el Sima Fa, era la que se daba en China hasta finales del periodo de las Primaveras y los Otoños, más o menos en el siglo v a.e. Había nobleza en la guerra, justicia, benevolencia, valentía; era la edad de oro del honor. Una aristocracia guerrera luchaba contra iguales, se batía en duelos que exaltaban la virilidad del vencedor, espada en mano cual falo erecto. Los tiempos cambiaron y la guerra se convirtió en un juego de engaños. La táctica prevalecía sobre el honor: ya no se trataba de de una lucha en igualdad de condiciones, sino de un conjunto de ardides para dejar al contrincante en desventaja y garantizar la victoria. El fin no era ya cumplir un ritual, sino lograr unos objetivos: la aniquilación del rival, la dominación de un territorio.

Pero algunas personas han confundido el texto -en chino clásico en el original- con algún tratado occidental no tan antiguo, lo que induce a pensar que, en el fondo, no hay distinciones entre guerras. Los románticos que ensalzan las batalles épicas, los guerrilleros bravos, las resistencias valerosas, los hombres que no podrán evitar en los próximos meses recordar con orgullo la defensa española ante la invasión francesa, han pasado de moda. El honor pasó de moda hace siglos y, quiero pensar, ahora le ha llegado el turno a la guerra en sí. Dos mil quinientos años después, tal vez estemos empezando a aprender lo que decía Sunzi en el más famoso arte de la guerra: el buen estratega no es el que gana la batalla, sino el que sabe evitarla. Aquí o en Pekín, ahora o hace tres milenios, la guerra sigue siendo esa actividad vil en la que nadie en su sano juicio se embarcará.

[1] Sima Fa, ICS, cap. I, p. 45, citado por Albert Galvany en Sunzi, (2001) El arte de la guerra, trad. Introducción y notas de Albert Galvany, prólogo de Jean Levi, Madrid, Editorial Trotta, p. 126.

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