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Puente de la Barqueta, Sevilla

«¡Ay! Y por desgracia la mirada profundizaba aún más; llegaba hasta el corazón de toda la humanidad, expresaba elocuentemente en un solo segundo la duda entera de un pensador, de un sabio quizá, en la dignidad y en el sentido general de la vida humana. Aquella mirada decía: “¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!” Y toda celebridad, toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos…». Con estas palabras de Hermann Hesse desayuné ayer, sentado en un autobús y rodeado por una niebla densa como un incendio de agua gris. Llegué a una ciudad de Sevilla nublada, de color gris y sombrío albero que, quizás, deseaba ilustrar aquella jauría de pensamientos de lobo estepario que me rondaban feroces.

No puedo obviar que finalmente encontré un sol taurino digno de Sevilla, capaz de espolvorear un halo mágico por las paredes del barrio de Santa Cruz, en el recipiente calmado y dulce de la Plaza de España, en el rodar atónito de los carruajes, que parecían tirados por unicornios azules; no puedo obviar que ese embrujo me cautivó, la canción ya lo advertía: «Y al alba blanca le contaré /lo que yo te amé / Sevilla… /Bandido ¡ay! muero yo por ti /tu paloma fui /Sevilla…». Pero eso es otra historia.

Fue al marcharse aquel sol, con la luna asomando pícara por detrás de la Giralda, cuando volví a estar solo, como un lobo estepario, entre deportistas y paseantes, a orillas del río Guadalquivir, en ese lugar en el que el Puente del Alamillo se enciende como un dragón milenario, o como un arpa mitológica, y el Puente de la Barqueta flota anaranjado, bañado de ocaso. Me quedé paseando entre las últimas cenizas del día, buscando torpemente algunas fotografías que añadir a mi escasa colección de souvenirs. Nadie salvo el sol, el agua y la arquitectura aparece en aquellas imágenes y, sin embargo, había brillos en el río, elegancia en los puentes, me atrevería a decir incluso que el aire estaba cargado de un aroma inaudito. Será que el otoño es la primavera de los veranos, pensé cuando empecé a remontar el río hacia la Torre del Oro para luego alejarme de su cauce, ya enlutado, y buscar la vieja estación de autobuses, dejando que la noche penetrara por cada poco de mi piel, viendo al gentío desvanecerse, convirtiéndose en individuos aislados que paseaban la oscuridad cabizbajos. Era cada esquina de Sevilla como un aullido silencioso.

Mi condición de viajero solitario y nocturno estaba ligada, en cierta forma a la idea del lobo estepario; a ello contribuía el estado sucio y decadente de la estación, con sus dársenas ennegrecidas de noche, su cafetería mugrienta y desértica, su sala de espera vacía y silenciosa como una morgue. Supongo que por eso tuve que descolgar un teléfono y llamar, hablar y escuchar, reconocer un ápice de esperanza en una voz ajena -que era en realidad una esperanza surgida de mí mismo- y descubrir que todas las conquistas del espíritu ahondan en lo sublime, lejos de esos monos que vagan por los andenes nocturnos, como jaurías perdidas de lobos esteparios.

2 Respuestas a “Todas las conquistas del espíritu”
  1. Gotardo dice:

    Y luego me monté en el autobús y me quedé dormido y así fue como llegué a Cartagena, donde con el último euro que me quedaba les he escrito este pequeño texto esperando a que alguien venga a recogerme.

  2. Florie dice:

    “Leer es viajar; viajar, es leer”, Victor Hugo. Dime las coordenadas exactas, voy a recogerte enseguida.

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