por Luis M.

Con toda modestia y respeto.

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Historia de los heterodoxos españoles (Marcelino Menéndez y Pelayo). (Fragmento intercalado por observaciones (en azul), bajo la idea de que para unos autores, con causa o sin ella, el tiempo es una absoluta guillotina crítica, y que sin embargo, para otros, sus palabras serán siempre paradigmáticas por la fuerza de la voluntad de quererlo así, aunque los hechos sean testarudos).Dios nos conservó la victoria (¿Nos la conservó?¿Es que nos repudió después por alguna causa que no se dio al principio?) y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la historia humana: (Esa es una afirmación repetida por todos los imperios; pueblos que se creen únicos y que quieren hacer creer que sus acciones sólo fueron benéficas. ¿Cómo un hombre con una cultura tan portentosa no tenía una visión más general, más distante, más equilibrada, en definitiva, más justa, sobre lo que es la historia tan parecida de las distintas historias?) el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceilán  y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la aurora. Y el otro ramal fue a prender  en tierra intacta aún de caricias humanas (¿Acaso no eran humanos los pobladores originarios de aquellas tierras? ¿O tan bárbaros eran que, incapaces de acariciar, ni esa condición? ¿Quién eran entonces aquellos llamados por error indios, poco después esclavizados y convertidos en mano de obra gratuíta para extraer ingentes cantidades de plata y otro? ¿Es que la emoción de la patria ha de justificar cualquier abuso?) donde los ríos eran como mares,  los montes, veneros de plata (eso sí; y veneros de ambición, de crueldad, de latrocinio, de insensibilidad), y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco. Dichosa edad aquélla (¿Podía serlo una época de esclavitud, de inquisiciones, de guerras religiosas y de conquista, de miseria? Ah, que ese no es el asunto. ¿Puede la supuesta grandeza histórica, esa en la que se solapan el abuso y la rapiña, la razón de la fuerza y la fuerza de la discriminación, plasmada en clases privilegiadas y clases que carentes de todo derecho, justificar cualquier acción? )de prestigios y maravillas,  edad de juventud y de robusta vida. España era o se creía el pueblo de Dios (demasiada crueldad para poder ser pueblo elegido por un Dios proclamado misericordioso), y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera.  Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres (¿Hubo realmente fe o realmente hubo ambición? La historia de los grandes capitanes de aquella conquista parece tener otros motivos menos elevados y nobles), que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe, que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo (¿La palabra de Cristo? ¿La de los diez mandamientos y las bienaventuranzas? ¿La del evangelio? ¿La de amarás a tu prójimo sobre todas las cosas?) en las más bárbaras gentilidades (¿Sólo tribus eran aquellas culturas descubiertas y no más sangrientas que la nuestra? Los historiadores romanos describían como los “bárbaros” de Hispania, aún clavados en la cruz, no dejaban de jurar y blasfemar contra Roma. Sus juramentos e imprecaciones eran prueba de su barbarie. Clavarlos en cruces no. Así son las cosas, y no cambian en ninguna época ); el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia (¿No eran tiránicas ni absolutas las monarquías nuestras de la época?), y salvar, por ministerio del joven de Austria,

la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura y el entregar a

la Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía
(He aquí una buena conclusión: todos equivocados, islámicos, luteranos, tiranos griegos… Por el contrario, el catolicismo de la época, un espejo de virtudes…).
España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra (Si, martillo de la ciencia, de la Ilustración, de la tolerancia, de cierta pluralidad… De Galileo, Descartes, Newton, Hobbes, Leibnitz, Bodino, Maquiavelo, Dante, Luis Vives, Tomás Moro, Rousseau, Voltaire, Diderot… todos en el índice de lo que podría no haber sido (y por poco Teresa de Jesús, Juan de

la Cruz, fray Luis de León…) y que incluso habiendo sido, fue insuficiente)
. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones o de los reyes de taifas (Difícil disyuntiva) (No encuentro el azul).
 

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19 de December de 2007 - Publicado en Uncategorized |


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