por Luis M.

Grandes palabras

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 ¿Importa el contenido o quién lo dice? Lo más normal es creer que el contenido. Sin embargo, esta asepsia sobre el emisor nunca ha estado garantizada. Y menos hoy, con unos poderosísimos medios de comunicación capaces de crear mundos que no tienen ningún reflejo en la realidad (la información mundial se concentra en tres o cuatro grandes agencias, todas del mismo color). Así lo van demostrando los hechos: se crean ídolos de papel y se destruyen héroes de carne y hueso. Todo tiene que ver con el grado de sumisión (en

la España de antes se decía: vale el que sirve). La palabra escrita, sobre todo, está mediatizada, lo que significa que  las ideas, los conceptos, lo valores no son espontáneos sino herramientas de poderosos intereses. Y la mayoría se doblega acríticamente, más por comodidad que por convencimiento. Había un político que sostenía que la ignorancia no es una excusa, sino todo lo contrario, una grave responsabilidad. El proceso de los hechos lo va demostrando cada día más. ¿Qué significa esto?’ Pues simplemente que las palabras están sufriendo una grave inflación. Han perdido su peso, su especificad; se prodigan con toda facilidad sin que preocupe demasiado si se han convertido en un mecanismo de manipulación o de dominación. Quien construye miles de bombas atómicas se permite denunciar la carrera nuclear. Quien bombardea a otros, se permite llamar la atención sobre los derechos humanos. Quien los defiende luego se opone a la prohibición de las minas antipersona o fabrica las de racimo. Una de las muchas frases de Churchill (elegido hace poco hombre del siglo XX; un anglosajón más) es ilustrativa de tal desfachatez: habiendo acribillado con ametralladoras Maxims a más de 30 mil derviches armados con lanzas, se permitió señalar que la acción demostraba la superioridad de la civilización sobre la barbarie. (Hay que resaltar que la barbarie estaba en su casa y la civilización estaba cometiendo el acostumbrado “allanamiento de morada” civilizador). Pero hoy ya no bastan las palabras. La farsa empieza a escaparse por las rendijas. El cristianismo lleva dos mil años predicando el amor al prójimo, pero a la vez sus discípulos siguen incumpliendo el quinto mandamiento, más el séptimo y el décimo, sin que esa incoherencia e inconsecuencia preocupe demasiado. Hablamos de solidaridad, pero el 2% de la población humana acumula el 50% de las riquezas mundiales y un 50% vive con el 1%. Hablamos de derechos humanos, pero al día mueren más de 40 mil personas por la desigual acumulación de esos recursos. Celebramos el día del niño, pero en América latina hay más de 50 millones de niños de la calle, sin que se diga una palabra sobre el asunto. Es decir, ¿de qué sirven las palabras y los valores si los puede emitir cualquier desaprensivo sin que haya un mínimo reflejo de indignación? En el colmo de la hipocresía está de moda pedir perdón… y seguir haciendo lo mismo. Como expresa el chiste sobre el colonialismo: “Pedimos perdón en nombre de nuestros abuelos por lo que os hicieron. Y no os inquietéis por vosotros, nuestros nietos pedirán perdón en nuestro nombre”. Respecto a las palabras y los conceptos no se sabe ya qué es peor: que impere la mentira o que se diga cínicamente la verdad sin la más mínima necesidad de que se aplique. Incluso hay otra duda del mismo calibre, en estos días en que se insiste sobre la necesidad de leer: leer sí, pero ¿cualquier cosa? Que haya un mundo mejor depende de muchas cosas: de los conceptos correctos, pero también de que se aplique correctamente. Hasta en esto hay torcimiento. ¿Cuántas veces no habremos sido salvados por nuestros asesinos y cuántas veces no habremos sido suicidados por nuestros salvadores? Como dice el poema de león Felipe. Nos han dormido con todos los cuentos (o algo así)…

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5 de December de 2007 - Publicado en Uncategorized |


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