Tengo al amor a kilómetros de distancia de mi lado. Parece como si alguien tuviera celos. Celos de mi locura, de mi capacidad de entregarme sin medida, sin guardar las distancias, sin cubrirme las espaldas. Como si teniendo cerca al amor pudiera provocar un cataclismo, una implosión o una explosión, una africada…

El fin del mundo está cerca cuando se ama, las ciudades son pocas cuando te llevan a tu norte, al norte que has estado toda la vida buscando.

A veces me canso, a veces me rindo, pero siempre termino resucitando de mis cenizas, de la desesperación, siempre termino volviendo a escuchar a mi corazón, que está majara, que es un niño; siempre me pueden las ganas de volver a volar y lucho, a pesar del ruido de las carreteras, del tráfico, lucho… lucho por acortar los espacios, los océanos de tierra… y escalo los montes, las mesetas hasta que vuelvo a entregarme una vez más en los brazos del amor, con la misma intensidad, la misma esperanza, la misma fuerza… todo por volver a ver los ojos que hace infinitud de años encontré en mis sueños, por volver a besar el primer beso que se grabó en mi alma.

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Soy de esa clase de personas que no duerme siesta. Por mucho cansancio que lleve acumulado solo las duermo sin querer.

Hoy ha sido un día de esos… Con semanas de insomnio a mis espaldas… Tendría que haberme ido a solucionar problemitas con las tasas de las puñeteras oposiciones y me he quedado frita en el sofá. Horas de siesta. Me he despertado desorientada y de mala leche. Con mal cuerpo, mal sabor de boca, el estómago revuelto, dolor de cabeza, fotofobia y mi carácter ciclótico elevado a la enésima potencia. Todo me molesta, estoy irascible hasta con mis propios pensamientos.

No estoy para nadie.

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SSS o Semana Santa Sevillana… Mi experiencia como novata extremeña.

Cinco cosas imprescindibles que llevar a la SSS y ser un buen proyecto de capillita:

1- Radio con cascos para escuchar los retrasos de las salidas de las cofradías, los atascos en determinadas calles, etc ¿Para qué? Pues para ganarle tiempo al tiempo y no tener que perder horas y horas de pie esperando y así ahorrarte el resto de las cosas imprescindibles…

2- Zapatos cómodos para patearte Sevilla de arriba a abajo… que ríete tú de que es planita y no hay cuestas, que después de doce horas andando por el empedreao del centro llega un punto en el que los tacones altos y finos es una tortura que ya hubiera querido la Santísima Inquisición.

3- Cartas (la baraja española, la francesa o los magics, aunque lo mismo era cuestión de sacarte unas perritas con las del tarot al pie de la catedral y robarle clientela a las regalaromero), la psp, dvd, cómics, novela de bolsillo, el risk, el trivial o cualquier otro entretenimiento portatil para hacer tiempo mientras pasan los miles de nazarenos ante cada paso y los miles de penitentes tras cada paso y sin los que no se puede dar paso al siguiente paso (y repito paso para hacerlo pesado y contagiar de tedio, como en el que te sumes con tanta espera).

4- Algo para beber, en botellitas pequeñas, que las grandes pesan y luego hay que sumar al dolor de pies y riñones el de hombro y cuello… y ya bastante penitencia se sufre de cintura para abajo. En la elección de la bebida que cada cual escoja lo que más le guste, que luego verá botellas de vodka por el suelo, fino, cerveza, tinto… yo recomiendo algo que sea poco diurético, que luego da grimilla y mareo pasar por ciertas calles secundarias y cercanas a la carrera oficial…

5- Buena compañía. Preferiblemente alguien de Historia del Arte que sepa explicarte la historia de cada hermandad, de cada obra de arte hecha escultura, de cada palio, de cada manto… pero si no se puede pues alguien con arte que te haga entretenida la espera y los viajes de un lado para otro y que tenga sentido del humor para aceptar las miserias que comulgan con lo sublime de la Semana Santa Sevillana.

Y todo para ver, para vivir al menos una vez en la vida una Semana Santa especial, la de Sevilla, la de los sevillanos… que son capaces de aguantar bulla por ver un paso que ven cada año… que son los que la hacen posible, creando bulla, calor, color, música… Que conocen detalles que transmiten como herencias mágicas y frágiles como pompas de jabón: aunque todo el mundo las conozca las convierten en únicas. Que son capaces de llorar ante una imagen o ante la lluvia y a la vez son incapaces de dejar de comer pipas mientras pasan ante ellos.

La Semana Santa de mi niñez se parecía a un funeral, la de Sevilla se parece a una boda: está llena de gritos de “guapa” a una mujer vestida de reina, de olor a incienso y azahar. Es la fusión entre lo árabe y lo cristiano mientras se adora la imagen de un judío que pasea sobre los hombros de hombres que en su día a día usan el nombre de Dios en vano y solo santifican estas fiestas.

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Si escarbo en los recuerdos puedo llegar a uno en el que aún no me dabas miedo. Eras el hombre que vivía en casa, aquél que pasaba poco tiempo con nosotras y que había que intentar no disgustar. Tengo una imagen, que he guardado mucho, que no he querido manosear ni gastar.

Una imagen: los dos solos en el portal de casa, bajando a la calle. Tú estabas contento, no sé adónde íbamos. Querías jugar conmigo y echaste a correr. Al principio, mientras te seguía te admiré tanto… corrías tan rápido… nunca podría alcanzarte… y de repente, esa certeza me hizo daño: jamás estarías a mi lado, junto a mí, por mucho que corriera nunca estaría a tu altura. Puede que fuera un presagio, una paramnesia inversa. Una parte de mí supo desde entonces que tú y yo jamás podríamos compartir vuelo, sueños, vida.

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Escribir era para mí una terapia. Siempre me curó de lo que me atormentaba, obsesionaba o apasionaba. En cuanto les daba el sol a mis palabras me libraba de la carga: si no las hacía públicas se me iban pudriendo con la esperanza, la ilusión, la alegría…

Solo sé escribir de dos formas: disfrazando la realidad con cuentos o desahogándome con lírica. Pero esta vez, escribir me ha herido; por primera vez, me he sentido vulnerable. Ahora intento que explicar este miedo me alivie el dolor que provocó la situación, la decisión, la redacción del Silencio…

Silencio.
Ausencia de tus palabras.
Vergüenza.
Te culpo.
Lo pasas mal, eso está claro. Pero no sé por qué, por quién.
Necesitas aclararte, tomar una decisión. Pero no diriges a mí tus ojos, ni tu voz ¿Piensas en mí? ¿Lo haces con una sonrisa o con el ceño fruncido? Cada vez que te vas me visto de frío y me voy desnudando delante de los ojos que me quieran dar calor. Pero prefiero tus manos en mi cintura, tus dientes en mi cuello. Y me vas destrozando el alma, la fe y el amor. Otras veces me curaste con tus besos, con tu voz ronca de deseo, susurrándome que me piensas, que quieres traspasarme más allá de mi cuerpo, de mi espíritu… que quieres marcarme con un sello que yo me lleve a los confines del tiempo. Y te cargo, guardo cada una de tus palabras, de tus miradas, de tus caricias, con cada fotograma de tu piel, de tu olor, de tu sabor; me da miedo sacarlas de mi alma, verlas al Sol, me da miedo que se me deshagan entre las manos, que se difuminen flotando en el aire, que desaparezcas para siempre con ellas.

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Yo no hablo sola: converso con la persona que mejor conozco. La más recurrente de nuestras discusiones es aquella en la que insistimos en la conveniencia de dejar de hablarnos. Después de mucho argumentar en uno y otro sentido, terminamos haciéndonos el vacío y leemos para no tener que escucharnos más.

Padezco numerosas neurosis que yo insisto en considerar particularidades. Una de ellas es el ansia por la limpieza que me entra una vez al mes, solo una vez al mes… el resto de los días puedo convivir con el desorden más extremo y no tocar el cepillo por mucho que formen urbanizaciones las pelusas de mi casa. Coincide con los días previos a la menstruación: otras se ponen de mala leche, a mí me entran ganas de hacerlo en cualquier parte y lo dejo todo impecable por si un día termino en el suelo…

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Sufro un tipo moderno de síndrome de Cronos: canibalismo, antropofagia de los hijos que aún no he tenido. Me alimento de los hermanos de quien algún día se alimentará de mí.

Lo pienso mientras te devoro, mientras me agarro a ti sedienta. Mientras haces vibrar mis entrañas con tus dedos, haciendo resonar mi alma por todo tu cuerpo.

Mis labios se sonrojan acarminados: hechos canción y palpitando sangre. Aumenta el ritmo de nuestros latidos, sé que te rendirás pronto y me enternezco para recibirte, para nutrirme de ti.

Morimos y la vida nos invita a renacer, tiritamos de calor, estrenamos la piel y solo me apetece quedarme dormida abrazándote con mi boca, o con mis brazos…

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