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Archivo de Febrero 2008

Escribir era para mí una terapia. Siempre me curó de lo que me atormentaba, obsesionaba o apasionaba. En cuanto les daba el sol a mis palabras me libraba de la carga: si no las hacía públicas se me iban pudriendo con la esperanza, la ilusión, la alegría…

Solo sé escribir de dos formas: disfrazando la realidad con cuentos o desahogándome con lírica. Pero esta vez, escribir me ha herido; por primera vez, me he sentido vulnerable. Ahora intento que explicar este miedo me alivie el dolor que provocó la situación, la decisión, la redacción del Silencio…

Silencio.
Ausencia de tus palabras.
Vergüenza.
Te culpo.
Lo pasas mal, eso está claro. Pero no sé por qué, por quién.
Necesitas aclararte, tomar una decisión. Pero no diriges a mí tus ojos, ni tu voz ¿Piensas en mí? ¿Lo haces con una sonrisa o con el ceño fruncido? Cada vez que te vas me visto de frío y me voy desnudando delante de los ojos que me quieran dar calor. Pero prefiero tus manos en mi cintura, tus dientes en mi cuello. Y me vas destrozando el alma, la fe y el amor. Otras veces me curaste con tus besos, con tu voz ronca de deseo, susurrándome que me piensas, que quieres traspasarme más allá de mi cuerpo, de mi espíritu… que quieres marcarme con un sello que yo me lleve a los confines del tiempo. Y te cargo, guardo cada una de tus palabras, de tus miradas, de tus caricias, con cada fotograma de tu piel, de tu olor, de tu sabor; me da miedo sacarlas de mi alma, verlas al Sol, me da miedo que se me deshagan entre las manos, que se difuminen flotando en el aire, que desaparezcas para siempre con ellas.

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Yo no hablo sola: converso con la persona que mejor conozco. La más recurrente de nuestras discusiones es aquella en la que insistimos en la conveniencia de dejar de hablarnos. Después de mucho argumentar en uno y otro sentido, terminamos haciéndonos el vacío y leemos para no tener que escucharnos más.

Padezco numerosas neurosis que yo insisto en considerar particularidades. Una de ellas es el ansia por la limpieza que me entra una vez al mes, solo una vez al mes… el resto de los días puedo convivir con el desorden más extremo y no tocar el cepillo por mucho que formen urbanizaciones las pelusas de mi casa. Coincide con los días previos a la menstruación: otras se ponen de mala leche, a mí me entran ganas de hacerlo en cualquier parte y lo dejo todo impecable por si un día termino en el suelo…

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Sufro un tipo moderno de síndrome de Cronos: canibalismo, antropofagia de los hijos que aún no he tenido. Me alimento de los hermanos de quien algún día se alimentará de mí.

Lo pienso mientras te devoro, mientras me agarro a ti sedienta. Mientras haces vibrar mis entrañas con tus dedos, haciendo resonar mi alma por todo tu cuerpo.

Mis labios se sonrojan acarminados: hechos canción y palpitando sangre. Aumenta el ritmo de nuestros latidos, sé que te rendirás pronto y me enternezco para recibirte, para nutrirme de ti.

Morimos y la vida nos invita a renacer, tiritamos de calor, estrenamos la piel y solo me apetece quedarme dormida abrazándote con mi boca, o con mis brazos…

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