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Archivo de la Categoría “familia”


Sinfonía en 5 cantos. Canto III

El taxista me preguntó dónde estaba. “De camino al cajero. El de la Caja Rural. El de la plaza del caballo”. La plaza del caballo… así era conocida la plaza del rey Alfonso VIII el fundador de Plasencia… quien diga que la III se gestó después no recuerda gestos de ese tipo.

¿Cómo que qué significa eso? A ver… la plaza de un rey, el rey más importante para los plasentinos, pues fundó la ciudad… y no era conocida como la plaza del rey o la plaza de Alfonso… era conocida como la plaza del caballo… ¡era más importante el caballo que el rey? Si eso no es tener guasa e ideas republicanas que alguien me lo explique. Por eso digo que la III República fue fraguándose poco a poco y detalles de ese tipo demuestran que ya estaban los cimientos en aquellos años en los que todos presumían que la monarquía permanecería intacta. ¡Pero la gente era juancarlista y no monárquica! En clase de historia también deberían haceros reflexionar y no solo embucharos datos como si fuerais chacina…

En fin… ¿prosigo? De acuerdo. Desde mi casa hasta la plaza del caballo no tardaba ni diez minutos: aquel miércoles me planté allí en cinco. Saqué las perrinas del cajero y nos fuimos el taxista y yo hacia la capital extremeña. Me senté delante, tuve suerte, era un hombre muy simpático. Me ofreció chicle y conversación: me contó que era de Montehermoso, que había estado viviendo bastante tiempo en Madrid, que lo echaba de menos. Me habló de su único hijo, Hugo, que fue concebido en Badajoz y nació en Plasencia; bueno, mejor dicho, fue fecundado en el Materno de Badajoz, y por eso “le” llamaban Hugo el portugués… Me miró con ojos picarones cuando me dijo eso, yo ya le había dicho que era de aquí.

Me llamó Irene, para ver qué había pasado al final. Le conté que iba en taxi pero que no sabía a qué hora llegaría y ella me dijo que no me preocupara que se quedaría en casa, de todas formas teníamos que esperar a su primo que venía de Madrid. En este tipo de situaciones a veces todo es tan normal que parece mentira haber llegado a agobiarse, y es cuando te das cuenta de que no existen los problemas, solo giros inesperados en el guión, en el plan infinito de Dios.

No recuerdo el nombre del taxista, pero sí que me puso canciones de los ochenta: call me, take on me o la de erasure… oh l’amour

Y con espíritu ochentero, llegamos a Mérida. Puede que contagiados por la movida perdiéramos el rumbo, pero, sinceramente, como ya sabéis por las demás historias que os he contado…: ¡Nos perdimos… Para no variar! Llamé a Irene que me sirvió de apoyo y de as de guía, hasta que el camino se iluminó en mi mente y las calles, las farolas, los árboles y los pisos me resultaron familiares. Doblamos hacia su calle. Y de repente, nos estábamos saludando a voces por el móvil porque se asomó a la ventana de su casa.

Me despedí agradecida del taxista, le di el dinero (1€/km) sin asomo de arrepentimiento ni nada que se le pareciera. Salí eufórica, mis piernas se hacían la zacandilla, mis manos se estorbaban la una a la otra, la sonrisa me tiraba de la cara, el estómago soportaba el vuelo de trescientas mariposas aleteando sin parar… ¡Estaba en Mérida!

Crucé la calle, observando los rayos del sol hecho zumo de naranjas, o como cantaría el Robe “El cielo estaba rojo como una amapola, los ojos también rojos de no haber dormido”, respiré hondo, como antes de salir del cuarto la mañana de Reyes Magos. ¡Estaba en Mérida! Todo parecía estar acorde con las canciones de Extremoduro, y todas las canciones parecían encajar como la banda sonora de mi vida… Cada una me devolvía un momento vivido, una persona amada, y mi cuerpo me estaba diciendo que esa noche anclaría futuros recuerdos, con música de fondo, de frente, de lado, por dentro, más adentro…

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Sinfonía en 5 cantos. Canto II

¿Por dónde iba?

Eso, exacto, oí una voz… miré hacia abajo… y me encontré a un vecino de puntillas, junto a la rampa.

“Que si tienes llaves” me preguntó. “Sí, pero me parece que no me vale ninguna. Voy a probar desde fuera”. Coloqué de nuevo el coche en mi plaza, subí con el vecino a la puerta de la calle de la cochera. No iba nada: ni llaves, ni mando, ni patadas, ni amenazas, ni maldiciones susurradas… NADA.

Empezamos a hablar de todos los problemas que había dado a lo largo del curso la puerta. Decidimos subir a hablar con la presidenta de la comunidad pero nadie abría… mal momento para llamar de puerta en puerta, todo el mundo de vacaciones, parecía Belén cuando María iba arrastrando su embarazo. Cada vez estaba más desesperada, pero al menos no estaba sola. No obtuvimos respuesta de ninguna casa, así que optamos por esperar en el portal a ver si algún vecino llegaba. Cuando pasaron unos ochenta minutos y yo ya era consciente de que no iba a llegar a Mérida a la hora que había quedado llamé a Irene. Ahí parecía que aún podía ocurrir un milagro como el que sucedería una semana después, pero está claro que la suerte se sirve en tacitas y el destino había decidido escanciarme esa copa para otros menesteres. Estoy convencida de que se lo tomó a broma, incluso que era un excusa porque me había entretenido y no me daba tiempo a llegar.

Al rato mi compañero de espera, se fue al trabajo, no sin antes consolarme con su mal: “Mañana me voy a la playa que me están esperando los niños, espero poder irme”, sus palabras tomaron forma y reverberaron en alguna parte de mi sistema de alerta, pero sabiamente, mi cerebro las guardó y solo las volvió a sacar justo antes del milagro que os acabo de mencionar…     síiii…    que síiii… que ya os lo contaré…     vamos por partes que si no no termino con esto nunca…

No creo que estuviera ni medio minuto allí sola… volví a la ruta de las puertas, a llamar cada vez con menos paciencia y más desconsuelo. Sin respuesta. Volví a la cochera. Empezaron las lágrimas a amontonarse en mis ojos impidiendo el flujo normal del aire. Me iba a dar un ataque de ansiedad. Tanto tiempo esperando el concierto, consolándome con el concierto, era solo un concierto sí, pero cuanto más difícil me parecía que pudiera sacar de allí el coche más ganas tenía de ir, como si me fuera la vida en ello, como si pudiera pasar algo que cambiara el resto de mis días. Subía y bajaba la rampa… Miraba el polito blanco… Pensaba en el accidente, en el Xsarita, en la rueda de la fortuna sin parar de moverse como un molinillo de aire en medio de la corriente, sentí vértigo. Y me consolé en mi hermana Pilar. Estuvimos hablando por el móvil, a mí se me salía el alma por la garganta. “Nena, llama a un cerrajero”. Algo tan simple…

Y la nena, subió a su casa, cogió las páginas blancas, volvió a bajar al refugio de la puerta, con más esperanza que fe, por si se enternecía con mi queja y se abría, al modo que acostumbraban las rocas del locus amoenus de las églogas de Garcilaso. Llamé al cerrajero y me estuvo calentando la oreja mientras me decía sin interés que tenía que esperarme a que llegara su jefe, después si el jefe no tenía nada pendiente iría a mi garaje, después haría un diagnóstico, más tarde un presupuesto, una vez que se lo aprobara la comunidad y dependiendo de la urgencia de la situación, se pondría a arreglarlo. “¿Cuánto tiempo crees que pude pasar hasta ese punto?” Se echó a reír y me dijo que no creía que ni para esa noche… Yo, en ese momento, con la dirección de su trabajo en una mano, no sabía si ir para allá y abofetearlo, si echarme a llorar o qué demonios hacer… “Vamos, que me puedo buscar la vida, que el coche se queda aquí, ¿no?” “Más o menos” y volvió a echarse a reír. Se me cayeron las defensas y la cordura a los pies y yo empecé a reírme también. Llamé a la estación de autobuses… llegaría sobre las 10 y media, demasiado tarde… a la estación de tren (hasta las 10 y media no salía… a las diez y media estaría el Robe cantando Decidí por lo menos). Empecé a tararear la canción “hoy lloré, se me habrá metido un poco de arena…” Volví a llamar a vuestra tía abuela.

- Estoy por cogerme un taxi… pero veremos a ver la broma por lo que me va a salir… Pero solo de pensar en quedarme esta noche aquí sabiendo que…

- Mani, tú quieres ir al concierto, ¿no? Pues ya está (no esperó ni a que asintiera) te coges el taxi y punto, lo que cueste costó, tienes el dinero y tienes las ganas.

Y me fui volando al maletero, cogí los bártulos, subí a saltos las escaleras, salí del portal y llamé al centro de taxis de Plasencia.

- ¿Oiga? Dos preguntas, mejor tres… La primera: ¿Me puede llevar hasta Mérida? ¿Sí? ¿De verdad? Esas dos últimas no cuentan como preguntas, ¿vale? ni esta… La segunda y la tercera: por cuánto me va a salir la broma y si admiten tarjetas de crédito…

Continuará :P

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Me debo a mí misma el contarme lo que pasó en el concierto del día 13 de agosto. Cuando me acercaba a Mérida, después de toda la tensión vivida las horas previas, solo podía reírme y pensar en que podría llegar a ser una historia para regalarle a los nietos.

De cómo la abuela viajó en taxi de Plasencia a Mérida para ver a Extremoduro

Sinfonía en 5 cantos: canto I

Plasencia, 13 de agosto de 2008. Tenía 27 años y muchas ganas de escaparme a Mérida. Llevaba soñando con ese concierto desde hacía más de un año. Estuve a punto de ir a otro pero era año par, año de oposiciones, y mi sentido de la irresponsabilidad me obligó a quedarme e intentar hacer algo como leerme un temita al menos, por aquello de que lo mismo caía… y cayó.

Teníamos las entradas compradas cuando al padre de mi amiga Irene le regalaron cuatro, pensamos en que lo mismo podíamos vender las que compramos y entrar con las invitaciones, pero no dejaba de ser una patada en el culo.

Llegó el día D y por la mañana estaba con las maletas desordenadas y con miedo, como siempre que tengo que viajar. Porque los viajes, todos, tienen para mí ese halo y ese algo de misterio, de no saber qué ocurrirá durante el camino, de no saber qué ocurrirá cuando se llegue. Son todo posibilidades infinitas y tanto poder me hace sentir la certeza de que la magia existe.

Y con tanta magia flotando y revoloteando alrededor de la cabeza de vuestra abuela… ya sabéis qué pasa: me senté en el suelo, cogí la cajita de madera, la abrí, saqué el fardito arcánico, desenvolví las cartas de su pañuelo, lo extendí frente a mis piernas cruzadas, como las tengo ahora, sí justo así, pero tú no lo intentes que sabes que siempre te haces daño… ea, pues haz lo que quieras, luego no me eches las culpas cuando le vayas a tu madre con la queja… como os decía… y las dispuse en la forma de la cruz celta. No me acuerdo, como siempre de lo que decía o de las cartas que eran. Pero recuerdo que había una tribulación en medio de todo tras lo cual merecería la pena lo que ese día iba a pasar.

Al final, de tanta emoción, contenida, descontenida, fisionada y fusionada, comí con prisa, me depilé con prisa, hice la maleta con prisa, se me olvidaron las gafas y mil cosas más que tendría que haberme llevado a casa de los bisabuelos… Pero salí a la hora programada de mi ático, cerré, sin echarle la vuelta y acordándome de las radiografías.

Bajé, metí las cosas en el maletero, me fui hacia la maldita cuesta, me santigüé, le di al botón del mando, una vez… dos veces… tres… cuatro… eché el freno de mano, salí del coche, le di al botoncino verde que abría la puerta cuando los días de lluvia el mando no quería hacer su trabajo… y la puerta no se abría… NO SE ABRÍA

Oí una voz

Niños, nos llama vuestro padre para comer, luego os sigo contando… ‘enga, daos prisa que tengo más hambre que el perro de chocapí

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Con los primos se juega: a las cartas, a los legos, a los playmobil, al amor…
Se unen la necesidad de aprender y la curiosidad con la confianza: plena confianza porque el pecado es el mismo y el secreto está asegurado, y como dijo el Hijo del Hombre, “quien esté libre… que tire la primera piedra”. Es obligado el disimulo, el volver a empezar al salir del cuarto a oscuras donde los de fuera pensaban que se dormía una siesta. Primos cuando hay público, experimentadores de sentidos y sensaciones en privado.
Diferente es cometer el delito con otros años, porque ya está todo aprendido, no hay excusa, solo vicio. Diferente es jugar al amor con un amigo, aunque la piel tiemble igual de fisgona al traspasar lo que antes fueron caricias inocentes a un tacto cargado de intención. El problema deja de ser el ser descubiertos y pasa a ser la certidumbre de la posibilidad. Nada impide otros encuentros. Nada impide retomar los muerdos en el rincón donde fueron dados. Nada. Solo el miedo. Miedo a perder las miradas puras, asépticas, llenas de un querer recíproco e inmortal. Miedo a que se confundan los gestos, a que los ojos vean otras intenciones, a que las palabras y las sonrisas escondan un nuevo sentimiento, miedo a que surja una nueva necesidad de sentirlo al lado, miedo a que uno de los dos no sienta el cambio, miedo a que los dos quieran lo mismo y que con el tiempo los problemas se conviertan en problemas de pareja, porque ya no tienes al oído confidente de tu amigo para que te consuele y aconseje. Miedo a perder con la relación una amistad vieja e insustitutible.

Cuanto mayor nos hacemos más nos domina el miedo, puede que sea porque ya conocemos las pérdidas y los adioses, porque ya somos conscientes de lo que nos estamos jugando.

Aquí cada uno reacciona según su concepto de la muerte: puedo asomarme al abismo y lanzarme, saltar aun sabiendo que el suelo es el único que me abrazará al llegar… y cuando no lo tengo claro, pero el cuerpo responde, me sigo dejando llevar, aunque no me atreva a dar el primer beso, lo recibo. Puede que sea porque con el tiempo todos follamos sin escrúpulos cuando dejamos algún sueño a la deriva, puede que sea porque sobreviví a varios suicidios cuando era niña.

Y después de acercarnos, después de alejarnos, siempre queda la duda de si fue la decisión correcta el mantener las distancias de la proximidad. Y como no viniendo a cuento, como si la penitencia impuesta fuera realmente con otra falta, uno de los dos arranca a decir “nunca sabrá que sacrifiqué uno de los pocos sueños que me quedaban vivos, para redimirnos”.

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Hubo un tiempo en el que desaprendí a llorar. Fue después de la despedida más dolorosa, por el absurdo sin sentido en el que se vio envuelta. A una de mis hermanas le dio por desaprender a reír. A mí se me secaron las lágrimas y a ella las sonrisas. Nos vimos empapadas, desde lugares opuestos, de la misma melancolía y mirada de viejo desesperanzado. Ella que era la muñequita alegre se tornó silenciosa, yo que era la muñequita tenebrosa me volví aséptica.

Pero aprendimos a curarnos, primero de forma sutil, tímida y por último una noche de verano de 1997 ella rompió a reír y yo a llorar. De felicidad las dos, obvio, de tranquilidad y esperanza porque floreció un clavel en mis manos, metáfora para ella, realidad para mí. Descubrimos que las despedidas no existen, que solo hay que esperar el momento del reencuentro. Cuando entre las personas existe un amor profundo, admiración verdadera y empatía, ni si quiera la muerte es capaz de romper ese vínculo. Es una verdad que intuíamos, que nos habían contado, pero aquella noche la sentimos desde nuestra piel hasta las entrañas de nuestra alma.

Y de vez en cuando, las fronteras de la vida abren sus puertas y se pasean nuestros seres amados para echar un vistazo a la vida que quedaron en el mundo. Y nos besan y nos hablan, pero con besos sin tacto y con un lenguaje sin palabras, puro sentimiento, pura esencia… Llamadme platónica, pero existe una realidad sin forma, si sois capaces de aprehenderla seréis capaces de comunicaros con los muertos.

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Si escarbo en los recuerdos puedo llegar a uno en el que aún no me dabas miedo. Eras el hombre que vivía en casa, aquél que pasaba poco tiempo con nosotras y que había que intentar no disgustar. Tengo una imagen, que he guardado mucho, que no he querido manosear ni gastar.

Una imagen: los dos solos en el portal de casa, bajando a la calle. Tú estabas contento, no sé adónde íbamos. Querías jugar conmigo y echaste a correr. Al principio, mientras te seguía te admiré tanto… corrías tan rápido… nunca podría alcanzarte… y de repente, esa certeza me hizo daño: jamás estarías a mi lado, junto a mí, por mucho que corriera nunca estaría a tu altura. Puede que fuera un presagio, una paramnesia inversa. Una parte de mí supo desde entonces que tú y yo jamás podríamos compartir vuelo, sueños, vida.

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