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Archivo de Abril 2008

Vivo en una gran ciudad. Es más, vivo en Madrid. Seguramente sea uno de los sitios de aquello que conocemos como occidente donde más agresivamente se conduzca. Hoy llovía y lo hacía a cántaros. (Siempre me he imaginado al usar esta expresión, no sé por qué, un grupo de lecheras vestidas como la de la famosa marca de leche condensada vertiendo litros y litros de leche procedente de sus cántaros desde grandes aviones … que sí, prometo que de esta semana no pasa lo de mi visita al psiquiatra, ¡lo prometo!) Cuando llueve el tráfico se complica muchísimo y los conductores se ponen muy nerviosos, lo cual les convierte en más voraces al volante, más agresivos.

Yo soy un peatón agresivo declarado. No me gusta tener que esperar delante de unas líneas pintadas de blanco a que un muñecajo de verde haciendo que camina me deje pasar. Si puedo ahorrarme andar veinte metros para llegar a un paso de cebra, me lo ahorraré. Pero no soy un suicida, aunque vaya siempre con mis auriculares deambulando de un lado a otro de la ciudad. Tengo una especie de protocolo del peatón agresivo, inventado por mí, que sigo muy cautelosamente. Miro varias veces a un lado y a otro antes de cruzar (y mientras cruzo) por sitios prohibidos, me fijo en el color del semáforo de los coches varias veces, me sé el turno de los semáforos de mi barrio y la correlación entre ellos al dedillo. Si alguien cruza mal por el sitio que yo quiero hacerlo, me pongo detrás de él, usándolo como una especie de escudo humano.

Nunca uso paraguas. Me gusta la sensación de la lluvia en mi cara, me gusta tener la música puesta en el ipod a todo trapo mientras cae una ráfaga de agua vertical sobre mi cabeza. Me da sensación de libertad y esa sensación me convierte en un peatón más agresivo aún, asumiendo incluso el riesgo de poder tener un resbalón en el cruce, lo cual me hace efectuar cada paso de una manera más intensa, exprimiendo gota a gota esa libertad.

Lo peor de todo es que sé que cuando sea un conductor (y si lo soy en esta ciudad lo seré de los más agresivos), odiaré con todas mis fuerzas a esos peatones locos y desearé que los atropellen. Es lo que tiene estar a un lado u otro del volante, es lo que tiene estar a un lado u otro de la barra de bar, es lo que tiene estar a un lado u otro del estrado, del altar o de la caña de pescar.

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Es de noche, es tarde… si esto que escribo ahora fuera una película, diríamos que transcurre en tiempo real. Estoy aquí, sin espalda en esta dura silla de madera, resolviendo integrales dobles o triples, qué más da, si no llevan a ninguna parte. Escucho música, pienso en las ganas que tengo de acabar con esta bazofia mierda y acostarme. Y de pronto me acuerdo de ti, de cuando estabas tumbada en mi cama hace una semana. A lo mejor fueron meses, tal vez nunca lo has estado, qué más da si tampoco esto lleva a ninguna parte. Y pienso en qué estarás haciendo tú. Seguro que te has quedado dormida como tantas noches en el sofá de tu casa, viendo cualquier cosa en cualquier cadena de televisión. Eres tan dulce cuando estás dormida, es tan bonito sentirte respirar cuando sueñas mientras estás abrazada a mí… Estás tan guapa cuando duermes acurrucada en posturas imposibles entre cojines y mantas de sofá…

Hoy no soñarás conmigo, hoy soñarás con cualquiera.
Buenas noches, amor.

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La residencia es acogedora, una de esas de las que están a las afueras de una gran ciudad con grandes zonas ajardinadas y fuentes que dan sensación de fluidez, de vida, incluso de eternidad. La gente que viene aquí es reiticente a ser ingresada en primera instancia, como el niño que llora en el primer día que su madre le deja en la guardería. Y es que acabamos la vida como la empezamos… Los niños y los ancianos se parecen en tantas cosas, hay que prestarles tanta atención…

Ellos dos se conocen de toda la vida, literalmente. Y cuando sus respectivas familias vieron que era inviable soportar la carga de los cuidados que ahora, a sus ochenta y ún años necesitaban, decidieron que por los menos el fin de sus días estuvieran como cuando empezaron, estando juntos. Sonó el teléfono en casa de la hija de ella:
-Irene, soy Juan, hemos decidido ingresar a mi padre en la residencia de ancianos, esa que hay en la carretera de Andalucía… dicen que cuidan muy bien de los mayores… Si, si que es esa que anuncian en la tele… Te lo digo porque como hace unas semanas me comentaste que también estabas algo agobiada con el tema de tu madre…

Ninguno de sus hijos lo sabía, nadie nunca sospechó nada, pero él siempre había estado enamorado de ella. Y ella, aunque nunca lo confesó, también lo estaba de él. Pero la vida, que en el momento de nacer los unió, les fue deparando caminos separados, como el arroyo que diluye su caudal para formar dos pequeños hilillos de agua que discurren por la tierra seca sin tanta espectacularidad. Tuvieron épocas en las que perdieron el contacto, otras en las que éste fue de una intensidad superior a la de cualquier río en temporada de lluvias. Cada uno se casó, tuvo sus hijos, formó su hogar  y quizá hasta tuvieran algún perro que se llamara Toby (lo de los gatos es más cuestionable).

También tuvieron sus deslices, engañaron a sus parejas porque el amor que les unía desde que nacieron era más fuerte que cualquier anillo de compromiso. Pero simplemente, era un amor inviable, de esos en los que la mujer tiene que hacerse la dura a cada momento que puede, sin ser fácil, mientras que el hombre no deja de halagarla. Y ahí estaban, años después, jugando al juego que toda su vida les había invitado a practicar. Él seguía cortejándola mientras les paseaban sentados en silla de ruedas por los verdes jardines de la residencia. Las enfermeras le regañaban por destrozar los rosales y llenarse las manos de cortes mientras buscaba la flor más bonita para ella. Y ella seguía diciéndole que no con la boca, pero un sí enorme con sus avejentados ojos.

Hasta que un día, ella cayó en un desliz que a esas edades y con la responsabilidad que tiene un recién nacido, ya no significa nada, no tiene nada más que la importancia que le dan los viejos a tradiciones inexplicables. Y el desliz deslizó un beso, probablemente con sus blanqueadas dentaduras postizas puestas. Desde entonces, como si fueran amantes paseaban por los pasillos del blanco edificio cogidos de la mano cuando sabían que nadie les veía. Se daban besos entre visita y visita de sus hijos. Eran amantes con la particularidad de que no engañaban a nadie, a nadie que no fuera a ellos mismos siguiendo la inercia de su juego vital.

Semanas después, les encontraron a los dos, en la cama del anciano, abrazados, sonriendo, descansando en paz.

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