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Archivo de Julio 2008

Desde hace poco más de un mes trabajo para una multinacional de venta. No voy a hablar sobre qué vendemos porque no importa. Es más, no le importa ni a la compañía, lo único importante es vender. Si los empleados tuviéramos a nuestras madres en stock da por hecho que las venderíamos, aunque fuésemos una empresa de materiales de construcción.

Es mi primer trabajo “serio” y con serio quiero decir estable, con nómina… Vamos, que no estoy ahí ni por ser el sobrino de pepito que me paga en negro, ni son las ferias de un pueblo en las que monto una caseta con los amigos para sacarme un dinero extra sirviendo copas. En mi primera incursión en el mundo laboral he tenido que soportar las colas de la administración para darme de alta en la seguridad social, he visto (aunque por suerte estas no las tuve que sufrir) las colas del INEM, pero sobre todo he tenido que hacer previamente bastantes entrevistas de trabajo. La del puesto en el que estoy fue larga, una hora y media, todos los candidatos juntos en la misma sala con la señorita de recursos humanos delante, en plan “buen rollo vamos a querernos todos porque somos guays y mi empresa es genial y transparente“. En ese momento comencé a aprender a saber venderme, ahora me doy cuenta de que es lo primero que debes aprender antes de comenzar a vender.

De diecisiete candidadtos días más tarde sabría que nos escogieron a dos, a mí me llamaron tan solo un par de horas tras el show de selección. Había que comenzar un curso de formación tres días después. Acepté. Tras haber estado en entrevistas de cadenas de comida basura me parecía que no debía dejar escapar algo que prometía unos sueldos interesantes y evitaba tener aceite impregnado en la nariz todos los santos días. El curso que se celebraba aquí en Madrid, era para candidatos de toda España. Se impartían tres cursos simultáneamente, el mío era para los que entrábamos como indefinidos y solo estábamos trece personas, el resto en los que había un mayor número de candidatos y cuya duración era menor era para los que querían trabajar solo en verano.

Me pasaba cerca de doce horas al día metido dentro de aquel edificio. Cualquier acceso, hasta para ir al baño se controlaba mediante tarjeta de identificación electrónica y para todo el grupo solo nos daban dos tarjetas, el objetivo era mantenernos siempre juntos; el objetivo de impartir los cursos en la central, ellos no lo decían pero yo lo intuí, es procurar que nos identifiquemos con la compañía desde el primer momento. Doce horas al día con trece personas de todas las edades y de todas partes de España (y del extranjero). Cada uno de su padre y de su madre. Y con una formadora/psicóloga siempre delante. Te dejaban bien claro que el hecho de estar en este curso, pese a indicar que ya estabas prácticamente dentro de la empresa era la “última parte del proceso de selección”, lo cual crea una cierta angustia permanente en todos los candidatos, que buscan ser perfectos, no cometer errores. En cierta forma te sientes observado en todo momento, si no está el personal de recursos humanos presente, por tus propios compañeros. A veces hasta te venían pensamientos paranoides sobre cámaras ocultas.

Tras la comida hacíamos juegos típicos de psicología en grupo, muchos de los cuales yo ya había realizado en mi “carrera deportiva”. Mis compañeros se pensaban que se trataba de valorarnos, de valorar nuestro perfil psicológico, pero no, consistía en fundarnos espíritu de competitividad. Ejemplo: se supone que vamos en un barco y se está hundiendo, debemos deshacernos de dos personas para poder sobrevivir, cada no tiene una profesión asignada y se supone que tiene que defenderla. El chico que la primera semana parecía el líder de nuestro grupo, decidió que debía suicidarse seguramente pensando que estaban buscando que tuviéramos espíritu de equipo. Error, se llevó una gran bronca de la formadora fundamentada en que eso no lo haría nunca en la vida real. Quería competitividad, quería que nos destrozáramos, que aquello fuera una orgía sangrienta de críticas tipo gran hermano, que nos vendiéramos al fin y al cabo.

Nos hacían ir bien vestidos, se exigía traje y corbata, las chicas traje o vestido no provocativos. De hecho el primer día ‘expulsaron’ a una chica por este motivo, muy discretamente, no dijeron nada, simplemente al día siguiente ya no apareció. Yo que siempre he ido en vaqueros y camiseta por la vida, no hacía otra cosa en el metro que ir fijándome en las corbatas del resto de pasajeros, los cuales siempre creí que eran ejecutivos y ahora sé que probablemente no pasen de comerciales de segunda. Y me fijaba en sus zapatos, en sus pantalones, en sus americanas para coger ideas, porque para mí el traje no era más que un disfraz. Ya he logrado acostumbrarme a él y es más, me sienta bien, ahora soy todo un gentleman.

En la sede central te enseñan las buenas maneras, lo amable que has de ser con el cliente, lo bien que has de portarte con la compañía porque la compañía se porta bien contigo, técnicas de venta, cómo cambiarle la venta al cliente porque a nosotros nos interesa, pero también recalcan la importancia de que el cliente esté convencido de lo que compra y salga contento de la tienda. Te muestran con un cierto recuerdo a secta unas normas creadas por el fundador de la empresa y que hay que seguir como si de la mismísima tabla de Moisés se tratara. Cuando llegas a la tienda te das cuenta de que es difícil seguir esas normas, desde arriba presionan mucho para aumentar las ventas y si no cumples los objetivos, tu sueldo se ve mermado. Y a la gente, cuando le tocas su dinero se busca la forma para no perderlo, especialmente en el país que siempre llevó por bandera la picaresca. Yo he optado por no hacer ni una cosa ni la otra, me quedaré con lo mejor de lo celestial (central) y aquello que pueda aprovechar de lo terrenal  (tienda). Para algunos eso es estar entre la espada y la pared, yo soy capaz de asumirlo, soy capaz de torear a dos morlacos a la vez.

De los trece elegidos que comenzamos en nuestro gran hermano particular acabamos el proceso solo nueve. Aparte de la chica de la vestimenta, otra lo abandonó tras recibir una oferta que si no mejor, si que la hacía sentirse menos presionada. A otro chico lo echaron tras fumarse un porro en las instalaciones del curso de formación (bomberos toreros hay en todas partes). Y otra mujer decidió darse cuenta de que esto y sus presiones, no eran lo suyo el día antes de acabar el curso.

Y ahora, ya envuelto por el día a día en la tienda, en las funciones de cara al público la verdad que me encuentro a gusto, a pesar de que los clientes desagradables y montabroncas se esfuercen por hacerme cambiar de opinion (que quede claro que son minoría). Estoy contento con mis compañeros e incluso con mis jefes. A veces sé que pierdo mis principios, sé que se podría considerar que trato de engañar  a la gente, pero al fin y al cabo son ellos los que compran. Dejan de ser gente para ser clientes y el que sean o no clientes responsables, es responsabilidad suya, valga la redundacia. Vamos, que sí, por muchas excusas que ponga, como decía en el post anterior definitivamente me estoy volviendo un cabrón sin escrúpulos.

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O el síndrome de la hoja en blanco

En primer lugar, os debo una excusa a los pocos pero fieles que me leéis leíais. Por eso la primera parte de esta entrada quiero dedicarla a explicar por qué dejé de escribir y por qué no lo hago hasta ahora, casi tres meses después. Podría daros cientos de excusas tipo “no tenía tiempo”, “tuve que estudiar demasiado”, “tenía cosas más importantes de las que preocuparme”… y lo triste es que todas ellas serían ciertas. Sin embargo, como díria nuestro querido Dr. House, la más plausible de todas, la que más encaja en la navaja de Occam, es simplemente que me entró el terror a tener la hoja en blanco delante de mí.

Y lo triste… lo triste es que la hoja en blanco no eran estos píxeles en Lenguas de Fuego. No me daba cuenta entonces, pero era mi propia vida. Hace ya mucho hablaba sobre las transiciones a las que nos vemos sometidos en la vida y cómo pensaba que en marzo se iba a producir la más importante hasta el momento de la mía. Fui estúpido. Tanto hablar de momentos de transición y de futuro y nunca me dí cuenta de que un cambio tan grande no se forja de un día para otro.

Desde que tengo unos ocho años, tal vez nueve, he sido siempre muy consciente de que se madura a cada instante. De hecho a esa temprana edad fui capaz de formular frases tipo“¿Cómo podré fiarme de mí mismo dentro de diez años?”. Y realmente cada cierto tiempo me vienen a la cabeza decisiones que tomé en su tiempo, importantes o no, y medito serenamente sobre ellas, sobre lo que haría ahora, sobre lo que no debí hacer entonces. Es lo que los mayores llamamos Experiencia.

Después de escalar la montaña, solamente puedes bajarla.

Mi miedo a escribir, mi vacío vital apareció cuando tras una semana en la que viví con una intensidad brutal cualquier tipo de sentimiento, todo se fue desmoronando hasta que una conversación que he olvidado ya, pero que nunca olvidaré cómo me hizo sentir, me negaba todo mi pasado reciente. Y realmente, que te digan que todo en lo que has basado tu vida es mentira, aún incluso si no lo es, el simple hecho de que te lo nieguen, desestabiliza hasta al mejor catamarán de tres quillas. Desde entonces sólo escribí dos textos: uno lo envié para que lo publicaran, el otro cuando estaba prácticamente escrito, lo releí y dije en voz alta “qué coño estás haciendo”. Lo tengo guardado, no tardará mucho en borrarse… Todo se había vuelto tan oscuro, todo tenía tan poco sentido ya que… ¿para qué seguir escribiendo capítulos de una historia inviable?

Lo peor que le puede pasar a un hombre es quedarse sin esperanza. Creo que toda mi vida se ha basado en eso, incluso en negativo: las cosas que he hecho mal en mi vida han acabado así porque no tenía esperanza en poder completarlas o porque simplemente tenía ilusión por algo más fuerte que se contraponía a ese otro objetivo. De hecho, desde que perdí la ilusión y por ende dejé de escribir todo se convirtió en desidia: también dejé de leer, dejé de ver películas de los Hermanos Cohen, incluso dejé de soñar… perdí absolutamente las ganas de enriquecer mi alma… tal vez ni la tenía.

Normalmente mi gran ilusión siempre ha sido el amor, en ocasiones puede que solo haya sido un sucedáneo de éste. Probablemente lo que más me haya hecho madurar en mi presente reciente haya sido darme cuenta de que esto es absolutamente un error, hay cosas que son mucho mejores para planteárselas como objetivos antes que el amor. Y digo ‘mejor’ no en el sentido de la bondad de sus cualidades, en las que probablemente el amor siempre saliera ganando, sino en eficiencia… hay metas a las que le tienes que dedicar mucho menos de tu alma que al amor y que reportan mayores satisfacciones. Lo importante es el coeficiente calidad/precio, no la calidad.

Con luz y taquígrafos

Soy consciente de que los párrafos anteriores son oscuros, pero en este segundo primer post  del blog quería hacer un pequeño resumen de como ha evolucionado mi vida en este tiempo y la desesperanza ha ocupado la mayor parte de mis pensamientos.

Por lo demás, deciros que por múltiples razones he empezado a trabajar de forma estable buscando la independencia económica del feudo paterno, trabajo en una empresa de venta que probablemente en un par de meses me deje sin moral y sin ética profesional. Rajoy diría que la culpa es de Zapatero.

He encontrado un segundo plato de fabes con almejas con el que sustituir a la ración de caviar iraní de Cameron, más que nada por aquello de no perder la ilusión, más que nada por tener al corazón distraido. De hecho he encontrado varios segundos platos con los que me he entretenido este tiempo, me he puesto la excusa de que es un entrenamiento para Johansson’s futuras… pero realmente no siento nada, absolutamente nada por ellas. Ahora que leo este par de párrafos me doy cuenta de que seguramente entre las ventas sin escrúpulos y el querer follar sin escrúpulos me he vuelto peor persona desde que dejé de escribir.

Sigo escuchando la Cadena Ser (y a veces le pongo los cuernos con Radio Nacional), estoy asumiendo más responsabilidades en prácticamente todas las facetas de mi vida, quizá, solo quizá he aprendido a apreciarme un poco más, he aprendido a saber venderme mejor, hundí en la miseria al hijo de puta  y disfruté viéndolo caer, he hecho cosas que debí haber hecho en mi adolescencia y a la vez he perdido el miedo a hacerlas… Y sobre todo he aprendido que se pueden cometer errores. Sobre todo he aprendido que hace falta cometer errores para poder aprender.

He vuelto, espero que sea para quedarme. Un abrazo muy grande a todos, pero en especial a Gotardo que está ante la hoja en blanco más grande de su vida. Seguro que sale una buena novela. Seguro que será una bonita canción.

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