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Me da miedo volar. Ese sería un dato nada extraño entre la población general de no ser porque mi intención es ser Ingeniero Aeronaútico, una carrera considerada plenamente vocacional, condición que en mi caso se cumple. Me encanta volar. Me encanta desde el primer momento en que piso el aeropuerto, es más, desde que el día antes me he impreso la tarjeta de embarque. Suelo ser una persona que llega con el tiempo justo a los viajes en cualquier medio de transporte, odio las esperas, sin embargo si el viaje es en avión y por cualquier circunstancia llego antes de tiempo, me encanta pasear por las terminales, ver a la gente con las maletas, el bullicio, escuchar el Please, don’t leave your baggage unnatended, observar el despegue y aterrizaje de los aviones… Y no, no es la visión bohemia del viajero que ve pasar pasajeros en los andenes de tren, los aeropuertos tienen otro encanto, otro glamour que los hace especiales.

Pero esa atracción que siento por volar, por estar en el avión y mirar por la ventanilla todo el proceso del despegue, por ver las olas romper en la costa como si se hubieran detenido, por envolverme en las nubes como si fueran grandes colchas de algodón, lleva aparejado un miedo incontenible que me ha llevado a sufrir más de un ataque de ansiedad dentro de una aeronave. Desde bien pequeño he tenido ese miedo (llevo volando desde que tan sólo tenía un par de días de edad), esas ganas de controlar cada detalle en cada giro, en cada maniobra, en cada viraje. Mirar a los ojos de la azafata para saber si todo está bien… Sin embargo volar me produce un bienestar , una sensación de relax, una capacidad para abstraerme y meditar que no me la concede ninguna actividad terrestre. Recuerdo grandes momentos en los aviones de Aviaco, volando con mis padres y mi hermana, esperando a que la azafata me trajera el juego con pegatinas que tocara. O cuando me dieron aquél cuaderno en el que podía apuntar mis horas de vuelo. O aquél parche del Club Águila de Iberia que llevaba cosido a una cazadora vaquera con unos ocho añitos.

Mi primer té me lo tomé en un avión de British Airways en un Madrid-Londres. Mi primer beso me lo dieron tras un vuelo Granada-Madrid. Casi todas las grandes decisiones de mi vida las he tomado en algún lugar del Atlántico, probablemente sobrevolando las costas de Cádiz. Hace dos años, se agravó mi miedo a volar. Fue un verano duro para mi familia en el que sufrimos una terrible pérdida, sobre todo por lo inesperada. Sobre todo porque era realmente el pilar de la familia. Estuve todo el verano viendo un programa de Discovery Channel que lleva por título “Mayday: Catástrofes Aéreas”. La verdad que se trataba de un programa muy interesante que aclaraba en cada capítulo las causas de algún accidente aéreo. Creo que llegué a ver todos los episodios, atraído por una asignatura que había cursado ese año, impartida por un ex-agente de Aviación Civil, en la cuál se nos advertía sobre las precauciones que no se tomaron en algunos accidentes que se podrían haber evitado. Al final del verano, tras haber visto una y otra vez accidentes con centenares de vícitmas causados por un pequeño descuido, falleció mi abuela materna y tuve que tomar un Madrid-Las Palmas. Desde entonces cada vez que he volado tengo una permanente sensación de caída, incluso en el despegue, incluso aunque esté viendo por la ventanilla durante el ascenso cómo nos alejamos del suelo, mi cuerpo no hace más que sentir que caemos.  En algún vuelo he tenido que tomar ansiolíticos. Pese a todo, pese al gran malestar que me produce, si para ir a Granada hay algún vuelo barato, prefiero coger el avión a ir en tren o autobús… es una atracción por el aire inevitable.

Habré hecho la ruta Madrid-Las Palmas más de cien veces a lo largo de mi vida, estimo que unas cientoveinte. Alguna vez con Spanair. Por eso y por todo lo que os he contado anteriormente estoy especialmente consternado por el accidente aéreo del vuelo de Spanair JK5022 con destino al Aeropuerto de Gando. Ese aeropuerto donde he pasado tantas horas, de donde me conozco cada recobeco. Donde antes de ayer el bullicio de la rutina se vio interrumpido por las lágrimas de familiares destrozados. Llevo dos días sin dormir, porque me acuerdo de todos los niños que han fallecido y me vienen a la cabeza mis lápices de colores de Aviaco. Porque me acuerdo de las largas horas de charla con mi tío Mingo que ha sido piloto, sobre cómo funcionan los flaps de un MD-82 o cómo la torre de control autoriza el despegue de cada vuelo. Porque me imagino la angustia de los familiares que han estado horas sin saber si su ser querido iba en ese vuelo, ni qué suerte había corrido. Porque me imagino a los pasajeros sabiendo que iban a morir, buscando con la mirada los ojos de la azafata para tranquilizarse y nada más que encontraban pánico. Me imagino a toda esa gente con sus planes de futuro, con sus días de vacaciones organizados en Las Palmas, o volviendo de Madrid para ver a sus padres después de meses trabajando en Madrid, o a su novia, o a sus hijos…

No es una comparación que me guste hacer porque no procede, pero he escuchado ya varias veces en los medios de comunicación que equiparan a este suceso con el 11-M. A mí me afecta mucho más este accidente que el 11-M, porque siento que es algo que yo he estado haciendo toda mi vida y que solamente la casualidad ha hecho que yo no estuviera en ese avión. Sé que era difícil, que era más difícil que cosas como que me tocara la lotería, pero ¿a que cada vez que compras un cupón, esperas ser el agraciado? También he escuchado comparaciones con víctimas de tráfico… sí es cierto que en la carretera muere mucha más gente, probablemente la cifra de víctimas del vuelo de Spanair sea similar a la cifra de muertos de este verano en las carreteras españolas. Pero es que el hecho de que las cosas no sean frecuentes, las magnifica, en especial cuando lleva aparejado el glamour de la aviación. O si no, imaginad un mundo en el que consiguiéramos cura para todas las enfermedades, que lográramos una vida inmortal. Se lloraría muchísimo más cada muerte, el dolor sería mucho más insoportable, muchos ni soportarían el dolor.

Un gran abrazo, que sé que no sirve para nada, que sé que no os va a devolver a la vida a los seres queridos, que sé que a los supervivientes no os va hacer olvidar el infierno que habéis vivido, pero que os quiero dar de corazón.

 

PD: Acabo de enterarme de que una de las hijas de mi entrañable vecina del segundo piso de mi casa de Las Palmas, iba en el vuelo y ha fallecido. Sobran las palabras.

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