Allá donde se cruzan los caminos
Escrito por: Sebas L. en Emociones, Joaquín Sabina, MadridSiempre que esucho ese primer verso de la canción de Joaquín Sabina ‘Pongamos que hablo de Madrid’, aún a sabiendas de que Sabina tan sólo se refería a Madrid en conjunto, a mí se me viene a la cabeza, invadiéndola por completo y cargándola de recuerdos, la Glorieta de Cuatro Caminos, el barrio de Cuatro Caminos.
El primer recuerdo que tengo de Madrid es el de un paseo con mi padre, por dicha glorieta, que hasta hace bien poco no la supe reconocer como el propio Cuatro Caminos, debido a que el Scalextric que pasaba cargado de coches por encima de ella, uniendo Raimundo Fernández Villaverde con Reina Victoria, fue hace pocos años sustituido por un túnel. En ese paseo mi padre me contaba como era su vida cuando tuvo que irse a Madrid a hacer la mili, cómo se duchaba en los baños públicos que aún se conservan en Alvarado, cómo almorzaba un menú del día en aquél bar grasiento que sigue existiendo en Federico Rubio y cómo recorría cada noche las cuestas para volver desde el cuartel a esa habitación que su amigo le había prestado en su piso de Francos Rodríguez.
El primer recuerdo que tengo del Metro de Madrid es el de los cinco largos tramos de escaleras mecánicas que parten de la línea 6 hacia la superficie, siendo estos andenes los más profundos respecto a la cota de tierra de toda la red de metro madrileña, a más de 50m. de profundidad. Las escaleras, en aquél primer recuerdo, más que largas me parecieron eternas, porque iba acompañado por la chica que era un año mayor que yo y que al final de las escaleras, en lo que ahora sé que es la parte derecha del vestíbulo principal, un poco antes del pasillo que lleva hacia la línea 1 en dirección sur, me dió mi primer beso con catorce o quince años. Tal vez para ser el primer beso pueda no pareceros un sitio demasiado romántico, pero sin duda, a la postre, ha sido un hecho que de una forma u otra ha marcado mi vida y me ha hecho cogerle cariño a ese curioso lugar.
Desde hace dos años vivo en los alrededores de Cuatro Caminos, primero en una pequeña callejuela que parte de la glorieta y pasa casi desapercibida para cualquier transeunte y ahora en una perpendicular a Bravo Murillo un poco más al norte. No sé desde hace cuanto tiempo es así, pero Cuatro Caminos ahora está habitada por una curiosa mezcla de inmigrantes, la mayoría de ellos procedentes de América del Sur, personas mayores que se ve que han vivido ahí toda su vida y, en menor medida, estudiantes como yo. El hecho de que haya una elevada concentración de hispanoamericanos le da una vitalidad y una juventud al barrio (aunque propiamente, las zonas que describo ocupan más de un barrio) que se ve compensada con lo castizo de sus construcciones y lo castizo del ambiente que rodea al Mercado de las Maravillas, por cuyas puertas me encanta pasar y observar a las viejecillas lidiar con el pescadero mientras cotillean sobre el último gran escándalo de la Pantoja.
Sin embargo, todo este ajetreo de las calles principales convive junto a la tranquilidad de las calles anexas, de menor tránsito y para nada comerciales, donde, da igual que seas boliviano, peruano, colombiano que español, vas a sentirte acogido, pese a que no hayas hablado nunca con ningún vecino, te vas a sentir parte de esas calles, de esa gente. Me encanta ir a la pescadería de al lado de casa, que te regalen una botella de un vino (malísimo) por comprar dos filetes de lenguado y mientras comenten con el peluquero de enfrente el último robo que ‘unos sinvergüenzas’ cometieron el jueves pasado en el súper de la esquina.
Yo me considero un urbanita, es más, un urbanita de gran ciudad, y fuera de ese microuniverso que es Cuatro Caminos, que es mi barrio, me gusta acudir a grandes centros comerciales, ir a grandes cines de las afueras, hacer las compras lo más rápido y de la forma más apersonal posible. Pero que nunca me arrebaten mi vida de barrio y sobre todo, el día en que la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací.














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