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Generalmente, para uno pueda hacer algo, tiene que haber alguien al otro lado que nos lo permita. Desde bebedor ocasional al alcohólico empedernido necesitan de un camarero que tire cañas al otro lado de la barra para poder mojar el gaznate. De la misma manera, desde el votante despreocupado hasta el ebrio de política -a quien reconoceremos por el celo con que guarda su papeleta en el sobre bien cerrado con baba cual lacre, tal vez con fixo- necesitan de esos ‘funcionarios por un día’ que se sientan al otro lado de la mesa para leer el nombre del elector y alzar la voz con un grave y ritual «vota» del presidente. Presidente y vocales, intendentes, vedeles y  representantes de la administración curran en domingo -cosa que no hacen ni algunos bares- para que podamos ir a ejercer nuestro derecho a voto. La gracia de los componentes de las mesas electorales radica en su elección obligatoria: alguien llega viene a casa para decirte que has de personarte un domingo a las ocho de la mañana para trabajar bajo la amenaza de enviar a una pareja de policías a buscarte en caso de absentismo.

Servidor tuvo la experiencia de ser segundo vocal -porque uno es segundón para todo- en el referéndum para el Estatuto de Autonomía. Allí conocí a otros pringados de la democracia un interventor socialista y a otro pepeísta -que, por cierto, no se pelearon, sino que mantuvieron y mantienen una relación cordial-. En un referédum con un 30% de participación, el recuento consiste en hacer dos pequeños montones, y No, contar y volver a casa a la hora de cenar; pero en unas generales como las de hoy -en Andalucía combinadas con unas autonómicas-, los recuentos se pueden complicar y prolongar hasta la media noche, y dieciséis horas de curro en domingo por 60€ no parece algo demasiado atractivo para estos trabajadores de la democracia.

De la jornada de hoy me han llegado dos casos diametralmente opuestos. Una mujer, elegida presidenta de mesa maderos mediante, ha sabido organizar el tinglado electoral a primera hora de la mañana, caso extraño, ya que los llamados a servir al otro lado de las urnas, por lo general, no tienen ni idea de cómo funciona unas elecciones, porque la mayoría de nosotros (ustedes y yo), ciudadanos de a pie, ni sabemos cómo funciona un colegio (electoral), ni conocemos la fórmula mágica de la ley electoral, ni falta que nos hace. Pero dicha presidenta misteriosamente llegó sabiendo. Confesó más tarde que al recibir la citación para ser miembro de la mesa, corrió a informarse a la Junta Electoral sobre las tareas que tendría que realizar, generalmente especificadas en un cuadernillo con el que se obsequia al agraciado con la mesa en el momento de constituírla, es decir, demasiado tarde.

En contraste, está la más común de las reacciones, la de uno de los vocales de la mesa en que yo voto, a quien he escuchado decir «me pagan sesenta euros, pagaría el doble por no venir», mientras yo tenía una de esas conversaciones en las que confieso lo miserable que soy con los intendentes, «por sesenta euros, habría venido encantado», les decía.  Los sesenta euros miserables para un hombre de media edad que quiere disfrutar de cierto descanso en domingo son sesenta euros providenciales para un adolescente que de los domingo sólo pide una sombra donde dormir la resaca. Tan parecidos y tan distintos.

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