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Archivo de la Categoría “¿Quién se ha llevado mi queso?”


Desde hace poco más de un mes trabajo para una multinacional de venta. No voy a hablar sobre qué vendemos porque no importa. Es más, no le importa ni a la compañía, lo único importante es vender. Si los empleados tuviéramos a nuestras madres en stock da por hecho que las venderíamos, aunque fuésemos una empresa de materiales de construcción.

Es mi primer trabajo “serio” y con serio quiero decir estable, con nómina… Vamos, que no estoy ahí ni por ser el sobrino de pepito que me paga en negro, ni son las ferias de un pueblo en las que monto una caseta con los amigos para sacarme un dinero extra sirviendo copas. En mi primera incursión en el mundo laboral he tenido que soportar las colas de la administración para darme de alta en la seguridad social, he visto (aunque por suerte estas no las tuve que sufrir) las colas del INEM, pero sobre todo he tenido que hacer previamente bastantes entrevistas de trabajo. La del puesto en el que estoy fue larga, una hora y media, todos los candidatos juntos en la misma sala con la señorita de recursos humanos delante, en plan “buen rollo vamos a querernos todos porque somos guays y mi empresa es genial y transparente“. En ese momento comencé a aprender a saber venderme, ahora me doy cuenta de que es lo primero que debes aprender antes de comenzar a vender.

De diecisiete candidadtos días más tarde sabría que nos escogieron a dos, a mí me llamaron tan solo un par de horas tras el show de selección. Había que comenzar un curso de formación tres días después. Acepté. Tras haber estado en entrevistas de cadenas de comida basura me parecía que no debía dejar escapar algo que prometía unos sueldos interesantes y evitaba tener aceite impregnado en la nariz todos los santos días. El curso que se celebraba aquí en Madrid, era para candidatos de toda España. Se impartían tres cursos simultáneamente, el mío era para los que entrábamos como indefinidos y solo estábamos trece personas, el resto en los que había un mayor número de candidatos y cuya duración era menor era para los que querían trabajar solo en verano.

Me pasaba cerca de doce horas al día metido dentro de aquel edificio. Cualquier acceso, hasta para ir al baño se controlaba mediante tarjeta de identificación electrónica y para todo el grupo solo nos daban dos tarjetas, el objetivo era mantenernos siempre juntos; el objetivo de impartir los cursos en la central, ellos no lo decían pero yo lo intuí, es procurar que nos identifiquemos con la compañía desde el primer momento. Doce horas al día con trece personas de todas las edades y de todas partes de España (y del extranjero). Cada uno de su padre y de su madre. Y con una formadora/psicóloga siempre delante. Te dejaban bien claro que el hecho de estar en este curso, pese a indicar que ya estabas prácticamente dentro de la empresa era la “última parte del proceso de selección”, lo cual crea una cierta angustia permanente en todos los candidatos, que buscan ser perfectos, no cometer errores. En cierta forma te sientes observado en todo momento, si no está el personal de recursos humanos presente, por tus propios compañeros. A veces hasta te venían pensamientos paranoides sobre cámaras ocultas.

Tras la comida hacíamos juegos típicos de psicología en grupo, muchos de los cuales yo ya había realizado en mi “carrera deportiva”. Mis compañeros se pensaban que se trataba de valorarnos, de valorar nuestro perfil psicológico, pero no, consistía en fundarnos espíritu de competitividad. Ejemplo: se supone que vamos en un barco y se está hundiendo, debemos deshacernos de dos personas para poder sobrevivir, cada no tiene una profesión asignada y se supone que tiene que defenderla. El chico que la primera semana parecía el líder de nuestro grupo, decidió que debía suicidarse seguramente pensando que estaban buscando que tuviéramos espíritu de equipo. Error, se llevó una gran bronca de la formadora fundamentada en que eso no lo haría nunca en la vida real. Quería competitividad, quería que nos destrozáramos, que aquello fuera una orgía sangrienta de críticas tipo gran hermano, que nos vendiéramos al fin y al cabo.

Nos hacían ir bien vestidos, se exigía traje y corbata, las chicas traje o vestido no provocativos. De hecho el primer día ‘expulsaron’ a una chica por este motivo, muy discretamente, no dijeron nada, simplemente al día siguiente ya no apareció. Yo que siempre he ido en vaqueros y camiseta por la vida, no hacía otra cosa en el metro que ir fijándome en las corbatas del resto de pasajeros, los cuales siempre creí que eran ejecutivos y ahora sé que probablemente no pasen de comerciales de segunda. Y me fijaba en sus zapatos, en sus pantalones, en sus americanas para coger ideas, porque para mí el traje no era más que un disfraz. Ya he logrado acostumbrarme a él y es más, me sienta bien, ahora soy todo un gentleman.

En la sede central te enseñan las buenas maneras, lo amable que has de ser con el cliente, lo bien que has de portarte con la compañía porque la compañía se porta bien contigo, técnicas de venta, cómo cambiarle la venta al cliente porque a nosotros nos interesa, pero también recalcan la importancia de que el cliente esté convencido de lo que compra y salga contento de la tienda. Te muestran con un cierto recuerdo a secta unas normas creadas por el fundador de la empresa y que hay que seguir como si de la mismísima tabla de Moisés se tratara. Cuando llegas a la tienda te das cuenta de que es difícil seguir esas normas, desde arriba presionan mucho para aumentar las ventas y si no cumples los objetivos, tu sueldo se ve mermado. Y a la gente, cuando le tocas su dinero se busca la forma para no perderlo, especialmente en el país que siempre llevó por bandera la picaresca. Yo he optado por no hacer ni una cosa ni la otra, me quedaré con lo mejor de lo celestial (central) y aquello que pueda aprovechar de lo terrenal  (tienda). Para algunos eso es estar entre la espada y la pared, yo soy capaz de asumirlo, soy capaz de torear a dos morlacos a la vez.

De los trece elegidos que comenzamos en nuestro gran hermano particular acabamos el proceso solo nueve. Aparte de la chica de la vestimenta, otra lo abandonó tras recibir una oferta que si no mejor, si que la hacía sentirse menos presionada. A otro chico lo echaron tras fumarse un porro en las instalaciones del curso de formación (bomberos toreros hay en todas partes). Y otra mujer decidió darse cuenta de que esto y sus presiones, no eran lo suyo el día antes de acabar el curso.

Y ahora, ya envuelto por el día a día en la tienda, en las funciones de cara al público la verdad que me encuentro a gusto, a pesar de que los clientes desagradables y montabroncas se esfuercen por hacerme cambiar de opinion (que quede claro que son minoría). Estoy contento con mis compañeros e incluso con mis jefes. A veces sé que pierdo mis principios, sé que se podría considerar que trato de engañar  a la gente, pero al fin y al cabo son ellos los que compran. Dejan de ser gente para ser clientes y el que sean o no clientes responsables, es responsabilidad suya, valga la redundacia. Vamos, que sí, por muchas excusas que ponga, como decía en el post anterior definitivamente me estoy volviendo un cabrón sin escrúpulos.

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En el tradicional discurso de Navidad de Su Majestad el Rey, Juan Carlos I hizo referencia a los treinta años que cumplirá la actual Constitución española el próximo año, que dentro de poco estrenaremos. Con ello evocaba toda la época de la transición política española y de rebote, nos hacía recordar lo importante que fue su figura en dicho período. Tal vez sabiéndose no tan indispensable a día de hoy (aparte de para tener como chascarrillo recurrente un aclamado ¿Por qué no te callas?), aludió a nuestras jóvenes memorias de demócratas para justificar su puesto de trabajo (y el de la familia, que son muchas bocas a las que dar de comer, oiga). Y ojo, antes de que la gente juzgue equivocadamente, yo soy un acérrimo Juancarlista.

Las transiciones no son fáciles de afrontar. En ningún ámbito de la vida. Especialmente porque no sé por qué extraña razón el ser humano no está acostumbrado al cambio. Eso lo saben bien todos aquellos que hayan leído el Best-Seller del psicólogo Spencer Johnson, “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Es cierto, tal y como se explica en este libro ‘para ejecutivos’, que es necesario afrontar los cambios con la mayor rapidez posible, especialmente en el mundo de los negocios, donde quien gana o logra mayores éxitos es aquél capacitado para reaccionar ante el cambio velozmente. Pero también es verdad que algunos cambios requieren de mayor tiempo que otros. Hay quien afirma que la transición española duró hasta que el Partido Popular ganó sus primeras elecciones. Incluso hay teóricos que apuntan a que realmente nuestra transición no acabó hasta que J.L. Rodríguez Zapatero ganó las elecciones de 2004, justificándolo conque fue la primera vez que un partido que había perdido el poder en nuestra flamante democracia, lo recuperaba.

Y dicha transición política no podría haberse realizado más rápido. Habría salido mal sin lugar a dudas. Las transiciones, los cambios, necesitan de su propio tempo. Lo difícil está en saber administrarlo, porque el ser humano, cuando ya se ha dado cuenta de que el cambio va a suceder, es especialmente impaciente, queriendo las cosas aquí y ahora. Las transiciones, los cambios, son en realidad una sucesión de pequeños cambios, los cuales sí que hay que afrontar de manera inmediata, pero con miras al ‘gran cambio’ a medio o largo plazo. Es más, no es tanto el afrontarlos con rapidez como el ser conscientes rápidamente de que dicho cambio existe. Cosas como cambiar tu actitud hacia tus seres queridos (incluso cambiar tus sentimientos), darte cuenta de lo profunda que puede ser la soledad, buscar escalar puestos en el mundo laboral con grandes miras, afrontar el egoísmo que invade al mundo desde el punto de vista de un soñador, dejar un amor por otro más complicado, son retos que deben ser enfrentados con calma y sin tener en cuenta las presiones externas.

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