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Archivo de la Categoría “Bisturí eléctrico”


Me da miedo volar. Ese sería un dato nada extraño entre la población general de no ser porque mi intención es ser Ingeniero Aeronaútico, una carrera considerada plenamente vocacional, condición que en mi caso se cumple. Me encanta volar. Me encanta desde el primer momento en que piso el aeropuerto, es más, desde que el día antes me he impreso la tarjeta de embarque. Suelo ser una persona que llega con el tiempo justo a los viajes en cualquier medio de transporte, odio las esperas, sin embargo si el viaje es en avión y por cualquier circunstancia llego antes de tiempo, me encanta pasear por las terminales, ver a la gente con las maletas, el bullicio, escuchar el Please, don’t leave your baggage unnatended, observar el despegue y aterrizaje de los aviones… Y no, no es la visión bohemia del viajero que ve pasar pasajeros en los andenes de tren, los aeropuertos tienen otro encanto, otro glamour que los hace especiales.

Pero esa atracción que siento por volar, por estar en el avión y mirar por la ventanilla todo el proceso del despegue, por ver las olas romper en la costa como si se hubieran detenido, por envolverme en las nubes como si fueran grandes colchas de algodón, lleva aparejado un miedo incontenible que me ha llevado a sufrir más de un ataque de ansiedad dentro de una aeronave. Desde bien pequeño he tenido ese miedo (llevo volando desde que tan sólo tenía un par de días de edad), esas ganas de controlar cada detalle en cada giro, en cada maniobra, en cada viraje. Mirar a los ojos de la azafata para saber si todo está bien… Sin embargo volar me produce un bienestar , una sensación de relax, una capacidad para abstraerme y meditar que no me la concede ninguna actividad terrestre. Recuerdo grandes momentos en los aviones de Aviaco, volando con mis padres y mi hermana, esperando a que la azafata me trajera el juego con pegatinas que tocara. O cuando me dieron aquél cuaderno en el que podía apuntar mis horas de vuelo. O aquél parche del Club Águila de Iberia que llevaba cosido a una cazadora vaquera con unos ocho añitos.

Mi primer té me lo tomé en un avión de British Airways en un Madrid-Londres. Mi primer beso me lo dieron tras un vuelo Granada-Madrid. Casi todas las grandes decisiones de mi vida las he tomado en algún lugar del Atlántico, probablemente sobrevolando las costas de Cádiz. Hace dos años, se agravó mi miedo a volar. Fue un verano duro para mi familia en el que sufrimos una terrible pérdida, sobre todo por lo inesperada. Sobre todo porque era realmente el pilar de la familia. Estuve todo el verano viendo un programa de Discovery Channel que lleva por título “Mayday: Catástrofes Aéreas”. La verdad que se trataba de un programa muy interesante que aclaraba en cada capítulo las causas de algún accidente aéreo. Creo que llegué a ver todos los episodios, atraído por una asignatura que había cursado ese año, impartida por un ex-agente de Aviación Civil, en la cuál se nos advertía sobre las precauciones que no se tomaron en algunos accidentes que se podrían haber evitado. Al final del verano, tras haber visto una y otra vez accidentes con centenares de vícitmas causados por un pequeño descuido, falleció mi abuela materna y tuve que tomar un Madrid-Las Palmas. Desde entonces cada vez que he volado tengo una permanente sensación de caída, incluso en el despegue, incluso aunque esté viendo por la ventanilla durante el ascenso cómo nos alejamos del suelo, mi cuerpo no hace más que sentir que caemos.  En algún vuelo he tenido que tomar ansiolíticos. Pese a todo, pese al gran malestar que me produce, si para ir a Granada hay algún vuelo barato, prefiero coger el avión a ir en tren o autobús… es una atracción por el aire inevitable.

Habré hecho la ruta Madrid-Las Palmas más de cien veces a lo largo de mi vida, estimo que unas cientoveinte. Alguna vez con Spanair. Por eso y por todo lo que os he contado anteriormente estoy especialmente consternado por el accidente aéreo del vuelo de Spanair JK5022 con destino al Aeropuerto de Gando. Ese aeropuerto donde he pasado tantas horas, de donde me conozco cada recobeco. Donde antes de ayer el bullicio de la rutina se vio interrumpido por las lágrimas de familiares destrozados. Llevo dos días sin dormir, porque me acuerdo de todos los niños que han fallecido y me vienen a la cabeza mis lápices de colores de Aviaco. Porque me acuerdo de las largas horas de charla con mi tío Mingo que ha sido piloto, sobre cómo funcionan los flaps de un MD-82 o cómo la torre de control autoriza el despegue de cada vuelo. Porque me imagino la angustia de los familiares que han estado horas sin saber si su ser querido iba en ese vuelo, ni qué suerte había corrido. Porque me imagino a los pasajeros sabiendo que iban a morir, buscando con la mirada los ojos de la azafata para tranquilizarse y nada más que encontraban pánico. Me imagino a toda esa gente con sus planes de futuro, con sus días de vacaciones organizados en Las Palmas, o volviendo de Madrid para ver a sus padres después de meses trabajando en Madrid, o a su novia, o a sus hijos…

No es una comparación que me guste hacer porque no procede, pero he escuchado ya varias veces en los medios de comunicación que equiparan a este suceso con el 11-M. A mí me afecta mucho más este accidente que el 11-M, porque siento que es algo que yo he estado haciendo toda mi vida y que solamente la casualidad ha hecho que yo no estuviera en ese avión. Sé que era difícil, que era más difícil que cosas como que me tocara la lotería, pero ¿a que cada vez que compras un cupón, esperas ser el agraciado? También he escuchado comparaciones con víctimas de tráfico… sí es cierto que en la carretera muere mucha más gente, probablemente la cifra de víctimas del vuelo de Spanair sea similar a la cifra de muertos de este verano en las carreteras españolas. Pero es que el hecho de que las cosas no sean frecuentes, las magnifica, en especial cuando lleva aparejado el glamour de la aviación. O si no, imaginad un mundo en el que consiguiéramos cura para todas las enfermedades, que lográramos una vida inmortal. Se lloraría muchísimo más cada muerte, el dolor sería mucho más insoportable, muchos ni soportarían el dolor.

Un gran abrazo, que sé que no sirve para nada, que sé que no os va a devolver a la vida a los seres queridos, que sé que a los supervivientes no os va hacer olvidar el infierno que habéis vivido, pero que os quiero dar de corazón.

 

PD: Acabo de enterarme de que una de las hijas de mi entrañable vecina del segundo piso de mi casa de Las Palmas, iba en el vuelo y ha fallecido. Sobran las palabras.

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pero más triste es robar.

Si me describiera una persona que no me conoce hace más de un par de meses o que nuestra relación se haya ceñido tan sólo a situaciones “muy públicas”, quiero decir, sentarse conmigo de vez en cuando en clase, ser cliente habitual mío, etc. una de las frases que utilizaría para describirme sería “es una persona muy políticamente correcta”. Y es verdad, siempre que estoy con algún desconocido o con alguna persona de “rango mayor” lo soy. Explico lo de rango mayor… de siempre lo he hecho, inconscientemente pero lo he hecho… igual que los japoneses tienen su protocolo relacional y sus distintos saludos dependiendo de si eres pariente, compañero de trabajo, jefe y demás, yo nunca he sido capaz de tratar igual a alguien que considero “superior”, por muy próximo que sea. Me ocurre con tíos míos que han cuidado de mí toda la vida, con entrenadores de mi equipo con los que me voy de fiesta… puedo considerarlos amigos, puedo considerarlos familia, pero sigo siendo muy cauteloso con ellos. Si es que debería haber nacido en Japón, los ojos tan rasgados no me sentarían mal.

Hace unas semanas, cuando le dije a un buen amigo que me habían dicho en mi trabajo que era un gran profesional, éste se echó a reir. La gente que me conoce diría que soy políticamente incorrecto, que suelto muchas cosas que no debería decir, que hago preguntas demasiado indiscretas… el caso es que me las suelen responder. Nunca he sabido por qué, pero soy un tipo que suele insiprar confianza.

Soy géminis por lo que está claro que este tipo de doble cara me tendrá que acompañar siempre. Bueno, un momento, no sé qué cojones hago mencionando el horóscopo cuando nunca he creido en él. Da igual, lo dejaré escrito, queda bonita la frase. Bueno, continuo… Esta doble cara siempre me ha acompañado, pero lo que si es verdad es que incluso cuando soy irreverente y no lo parezco, soy extremadamente políticamente correcto, que no es más que decir aquello bíblico (ya estoy hablando otra vez de cosas en las que no creo) de “no hagas aquello que no te gustaría que te hicieran”.

No sé lo que es robar un beso, al menos no a alguien que me importe de verdad. Con una guiri borracha a las cuatro de la mañana con la que no he hablado, no tengo reparos para abalanzarme sobre ella. Antes de dar un beso siempre he presentado una especie de instancia que ha acabado firmándose con una mirada que decía en letra pequeña “por fin lo has hecho, pesado, pensé que no lo harías nunca”. Sé que el ir presentando instancias por el mundo me ha robado probar muchos labios en los que me habría encantado perderme. Pero es algo que no puedo evitar, en situaciones de ese tipo mi cabeza trabaja al doscientos por ciento de su capacidad, analizando cada pequeño detalle de la situación, cada gesto, cada palabra, cada mirada. Y siempre le doy mucha importancia al “no me gustaría que me lo hicieran a mí si no me gustara esa persona”. Sé que muchos de esos labios no se habrían retirado si lo hubiera intentado, pese a que meses después digan otra cosa distinta, el juego del amor es ese, pregonar a los cuatro vientos lo que tienes y ocultar lo más posible lo que deseabas pero no se cumplió. Sé que los labios que se hubieran retirado no le habrían dado tanta importancia a que yo lo hubiera intentado, solo alguna transtornada en su infancia habría tratado de cruzarme la cara o de retirarme la palabra. Pero este cristiano que no santifica las fiestas lo tiene como algo inevitable, intrínseco a su ser, supongo que esconderá una componente de miedo al rechazo que algún psicoterapeuta podría estar horas escudriñando en su consulta. 

Nunca me he arrepentido de los besos instanciados, pero seguro que los besos que no di habrían sido mejores. Prometo que a partir de ahora los daré. Prometo que a partir de ahora os los daré. Prometo que a partir de ahora te los daré.

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O el síndrome de la hoja en blanco

En primer lugar, os debo una excusa a los pocos pero fieles que me leéis leíais. Por eso la primera parte de esta entrada quiero dedicarla a explicar por qué dejé de escribir y por qué no lo hago hasta ahora, casi tres meses después. Podría daros cientos de excusas tipo “no tenía tiempo”, “tuve que estudiar demasiado”, “tenía cosas más importantes de las que preocuparme”… y lo triste es que todas ellas serían ciertas. Sin embargo, como díria nuestro querido Dr. House, la más plausible de todas, la que más encaja en la navaja de Occam, es simplemente que me entró el terror a tener la hoja en blanco delante de mí.

Y lo triste… lo triste es que la hoja en blanco no eran estos píxeles en Lenguas de Fuego. No me daba cuenta entonces, pero era mi propia vida. Hace ya mucho hablaba sobre las transiciones a las que nos vemos sometidos en la vida y cómo pensaba que en marzo se iba a producir la más importante hasta el momento de la mía. Fui estúpido. Tanto hablar de momentos de transición y de futuro y nunca me dí cuenta de que un cambio tan grande no se forja de un día para otro.

Desde que tengo unos ocho años, tal vez nueve, he sido siempre muy consciente de que se madura a cada instante. De hecho a esa temprana edad fui capaz de formular frases tipo“¿Cómo podré fiarme de mí mismo dentro de diez años?”. Y realmente cada cierto tiempo me vienen a la cabeza decisiones que tomé en su tiempo, importantes o no, y medito serenamente sobre ellas, sobre lo que haría ahora, sobre lo que no debí hacer entonces. Es lo que los mayores llamamos Experiencia.

Después de escalar la montaña, solamente puedes bajarla.

Mi miedo a escribir, mi vacío vital apareció cuando tras una semana en la que viví con una intensidad brutal cualquier tipo de sentimiento, todo se fue desmoronando hasta que una conversación que he olvidado ya, pero que nunca olvidaré cómo me hizo sentir, me negaba todo mi pasado reciente. Y realmente, que te digan que todo en lo que has basado tu vida es mentira, aún incluso si no lo es, el simple hecho de que te lo nieguen, desestabiliza hasta al mejor catamarán de tres quillas. Desde entonces sólo escribí dos textos: uno lo envié para que lo publicaran, el otro cuando estaba prácticamente escrito, lo releí y dije en voz alta “qué coño estás haciendo”. Lo tengo guardado, no tardará mucho en borrarse… Todo se había vuelto tan oscuro, todo tenía tan poco sentido ya que… ¿para qué seguir escribiendo capítulos de una historia inviable?

Lo peor que le puede pasar a un hombre es quedarse sin esperanza. Creo que toda mi vida se ha basado en eso, incluso en negativo: las cosas que he hecho mal en mi vida han acabado así porque no tenía esperanza en poder completarlas o porque simplemente tenía ilusión por algo más fuerte que se contraponía a ese otro objetivo. De hecho, desde que perdí la ilusión y por ende dejé de escribir todo se convirtió en desidia: también dejé de leer, dejé de ver películas de los Hermanos Cohen, incluso dejé de soñar… perdí absolutamente las ganas de enriquecer mi alma… tal vez ni la tenía.

Normalmente mi gran ilusión siempre ha sido el amor, en ocasiones puede que solo haya sido un sucedáneo de éste. Probablemente lo que más me haya hecho madurar en mi presente reciente haya sido darme cuenta de que esto es absolutamente un error, hay cosas que son mucho mejores para planteárselas como objetivos antes que el amor. Y digo ‘mejor’ no en el sentido de la bondad de sus cualidades, en las que probablemente el amor siempre saliera ganando, sino en eficiencia… hay metas a las que le tienes que dedicar mucho menos de tu alma que al amor y que reportan mayores satisfacciones. Lo importante es el coeficiente calidad/precio, no la calidad.

Con luz y taquígrafos

Soy consciente de que los párrafos anteriores son oscuros, pero en este segundo primer post  del blog quería hacer un pequeño resumen de como ha evolucionado mi vida en este tiempo y la desesperanza ha ocupado la mayor parte de mis pensamientos.

Por lo demás, deciros que por múltiples razones he empezado a trabajar de forma estable buscando la independencia económica del feudo paterno, trabajo en una empresa de venta que probablemente en un par de meses me deje sin moral y sin ética profesional. Rajoy diría que la culpa es de Zapatero.

He encontrado un segundo plato de fabes con almejas con el que sustituir a la ración de caviar iraní de Cameron, más que nada por aquello de no perder la ilusión, más que nada por tener al corazón distraido. De hecho he encontrado varios segundos platos con los que me he entretenido este tiempo, me he puesto la excusa de que es un entrenamiento para Johansson’s futuras… pero realmente no siento nada, absolutamente nada por ellas. Ahora que leo este par de párrafos me doy cuenta de que seguramente entre las ventas sin escrúpulos y el querer follar sin escrúpulos me he vuelto peor persona desde que dejé de escribir.

Sigo escuchando la Cadena Ser (y a veces le pongo los cuernos con Radio Nacional), estoy asumiendo más responsabilidades en prácticamente todas las facetas de mi vida, quizá, solo quizá he aprendido a apreciarme un poco más, he aprendido a saber venderme mejor, hundí en la miseria al hijo de puta  y disfruté viéndolo caer, he hecho cosas que debí haber hecho en mi adolescencia y a la vez he perdido el miedo a hacerlas… Y sobre todo he aprendido que se pueden cometer errores. Sobre todo he aprendido que hace falta cometer errores para poder aprender.

He vuelto, espero que sea para quedarme. Un abrazo muy grande a todos, pero en especial a Gotardo que está ante la hoja en blanco más grande de su vida. Seguro que sale una buena novela. Seguro que será una bonita canción.

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La residencia es acogedora, una de esas de las que están a las afueras de una gran ciudad con grandes zonas ajardinadas y fuentes que dan sensación de fluidez, de vida, incluso de eternidad. La gente que viene aquí es reiticente a ser ingresada en primera instancia, como el niño que llora en el primer día que su madre le deja en la guardería. Y es que acabamos la vida como la empezamos… Los niños y los ancianos se parecen en tantas cosas, hay que prestarles tanta atención…

Ellos dos se conocen de toda la vida, literalmente. Y cuando sus respectivas familias vieron que era inviable soportar la carga de los cuidados que ahora, a sus ochenta y ún años necesitaban, decidieron que por los menos el fin de sus días estuvieran como cuando empezaron, estando juntos. Sonó el teléfono en casa de la hija de ella:
-Irene, soy Juan, hemos decidido ingresar a mi padre en la residencia de ancianos, esa que hay en la carretera de Andalucía… dicen que cuidan muy bien de los mayores… Si, si que es esa que anuncian en la tele… Te lo digo porque como hace unas semanas me comentaste que también estabas algo agobiada con el tema de tu madre…

Ninguno de sus hijos lo sabía, nadie nunca sospechó nada, pero él siempre había estado enamorado de ella. Y ella, aunque nunca lo confesó, también lo estaba de él. Pero la vida, que en el momento de nacer los unió, les fue deparando caminos separados, como el arroyo que diluye su caudal para formar dos pequeños hilillos de agua que discurren por la tierra seca sin tanta espectacularidad. Tuvieron épocas en las que perdieron el contacto, otras en las que éste fue de una intensidad superior a la de cualquier río en temporada de lluvias. Cada uno se casó, tuvo sus hijos, formó su hogar  y quizá hasta tuvieran algún perro que se llamara Toby (lo de los gatos es más cuestionable).

También tuvieron sus deslices, engañaron a sus parejas porque el amor que les unía desde que nacieron era más fuerte que cualquier anillo de compromiso. Pero simplemente, era un amor inviable, de esos en los que la mujer tiene que hacerse la dura a cada momento que puede, sin ser fácil, mientras que el hombre no deja de halagarla. Y ahí estaban, años después, jugando al juego que toda su vida les había invitado a practicar. Él seguía cortejándola mientras les paseaban sentados en silla de ruedas por los verdes jardines de la residencia. Las enfermeras le regañaban por destrozar los rosales y llenarse las manos de cortes mientras buscaba la flor más bonita para ella. Y ella seguía diciéndole que no con la boca, pero un sí enorme con sus avejentados ojos.

Hasta que un día, ella cayó en un desliz que a esas edades y con la responsabilidad que tiene un recién nacido, ya no significa nada, no tiene nada más que la importancia que le dan los viejos a tradiciones inexplicables. Y el desliz deslizó un beso, probablemente con sus blanqueadas dentaduras postizas puestas. Desde entonces, como si fueran amantes paseaban por los pasillos del blanco edificio cogidos de la mano cuando sabían que nadie les veía. Se daban besos entre visita y visita de sus hijos. Eran amantes con la particularidad de que no engañaban a nadie, a nadie que no fuera a ellos mismos siguiendo la inercia de su juego vital.

Semanas después, les encontraron a los dos, en la cama del anciano, abrazados, sonriendo, descansando en paz.

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Simplemente quería pediros disculpas a los pocos, pero fieles lectores que tengo, por la dejadez de los últimos días… ha sido culpa del estrés provocado por el periodo de exámenes primero, y después por culpa del estrés provocado por el periodo tras  acabarlos y lo que ello implica (que aparte de fiesta, supone el tener que prerarar el segundo cuatrimestre). Tras este paréntesis prometo volver a mi ritmo habitual de actualización (que no es otro, que ‘cuando me sale de…’)

 Gracias.

P.D.: Para los malpensados… Cuando me sale de los dedos, que es con lo que escribo.

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(Viene de “Una noche sin dormir II”

Si amanece, nos vamos

Con la excitación que produce saberse conocedor del engaño, con la excitación que también invadía a Julio, proseguí mi andadura por la novela. Mi andadura por la madrugada. Mi andadura por mi vida. “A los hombres les gustan las melenas. Bueno, a los hombres les gusta cualquier cosa, pero la mujer que llevan dentro de la cabeza tiene melena.” Esa frase aparentemente vacua, dicha por uno de los personajes secundarios de la novela, me la devolvió de golpe a mi cabeza. A Ella. En realidad a todas ellas, que son la misma ‘Ella’ al fin y al cabo. Es cierto, la mujer que llevo dentro de la cabeza tiene melena. Y Ella, acaba de desprenderse hace unos días de parte de su pelo. Por otro lado, tengo una amiga que se altera bastante cuando escucha a algún grupo de hombres hablar sobre su prototipo físico de mujer. Sostiene con un fuerte aire feminista, invadida de una cólera desproporcionada, que a los hombres nos gustan aquellas mujeres con las que creemos que tenemos posibilidades, que nos gusta cualquier cosa.

El caso es que estaba de nuevo en mi cabeza, en esta ocasión sin melena, pero con sus ojos manifestando su clara y transparente mirada, con su voz tierna y dulce a la par que tranquilzadora y el halo de inocencia que me apresa cada vez que la miro. El halo de inocencia que desprende cada vez que pienso en ella. “Sólo aprecian lo que tienen cuando lo miran” escribe en un email el antagonista acercándonos al final del libro, justo antes de relatar una explícita fantasía sexual, que me hizo evocar todos los momentos de tensión sexual con Ella. Ahora Ella ‘pertenece’ a otro (no creo que las personas nos pertenezcamos unas a otras, pero es la frase hecha más apropiada). Otro que seguramente ha aprendido a apreciar más lo que tiene desde que yo lo miré. Es curiosa la forma con la que, sin darme cuenta, he creado a mi personaje en la novela paralela de mi vida uniendo a la vez los rasgos del protagonista y del antagonista de la novela de Millás. En realidad, en la novela también son el mismo personaje.

La misma mujer que en la novela habla sobre su melena, tiene una hija. Ellas son su única familia y la madre rechaza que cualquier hombre se acerque a ejercer el papel de macho sobreprotector. También defendiendo sus palabras con un duro discurso feminista. Pero en realidad sí que necesitan a alguien más, en realidad no paran de buscarlo. Yo en esta ocasión me acuerdo de Ella porque su familia también es sólo su madre. Y no necesitan a nadie y además, ni aún queriéndolo, yo nunca seré un macho sobreprotector. Su madre ha sacado su reducida familia hacia delante muy bien ella sola y ha convertido a su pequeña hija en una joven mujer admirable. En cierto modo yo ya me siento una parte de su familia, seguramente porque sí que necesitaba a alguien como yo, pero sobre todo, porque yo necesitaba desesperadamente a alguien como ella en una etapa de mi vida en la que toda mi familia (no-sanguínea como diría ella) se desmoronó.

Finalizando el libro, haciendo referencia a las relaciones de pareja, el protagonista reflexiona “Siempre hay alguien que sabe más que el otro”. Ella posiblemente sepa más que yo. De hecho, sabe más que ‘el otro’ con el que está. Tal vez ella y yo seamos tan parecidos, tan soulmates, que simplemente ninguno de los dos sepa nada.

Acabé la novela y me quedé un buen rato con ella en las manos, mirando al vacío, reflexionando y terminando de ‘escribir’ la novela que había estado creando en paralelo durante toda la noche. Encendí la radio, comenzaba la segunda hora de Si amanece, nos vamos en la Cadena SER, por lo que eran ya las cinco de la mañana. Volví a la radio, volví a la realidad, volví a la rutina.

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(Viene de “Una noche sin dormir I”)

¿Dónde están las croquetas?

Soy un oyente habitual de radio. He llegado a un punto en el que no me puedo dormir sin escucharla. Ello hace que sea siempre consciente, como máximo cada media hora gracias a las señales horarias, de qué hora es… incluso de la hora aproximada a la que acabé dormido. Pero anoche no era consciente de qué hora era, no tenía ningún locutor que me dijera que era una hora menos en canarias. Estaba profundamente sumergido en la novela de Millás. Estaba profundamente sumergido en mi propia novela. Si bien es cierto que de forma directa la historia de Laura y Julio no tenía nada que ver con la mía, la novela que me tenía a mí como personaje principal, en mi cabeza, estaba perfectamente estructurada y coordinada con la que estaba leyendo. Aproveché bien la madrugada, me leí dos novelas, escribiendo mentalmente una de ellas. Ambas me dieron mucho que pensar.

“El alimento preferido de la mezquindad era el miedo” proseguía unas páginas después el libro. Explicaba cómo las ocasiones en que Julio peor se había portado con Laura (y también consigo mismo) coincidían con etapas de miedo: “miedo a perder lo que tenía, [...], a no ser tenido en cuenta por otros”. Siempre que he pronunciado palabras de las que luego me he arrepentido, siempre que he recriminado a otros de forma agresiva que no me daban lo que creía que me correspondía, ha sido en momentos de auténtico pánico interior, en los que sentía que mi mundo se desmoronaba. Es un momento cargado de rabia, en el que ves que ya no tienes nada que perder y te enfrentas al mundo. En parte, se corresponde con la sensación que describía en ‘Dolor.’, cuando se desvanece la cortina de humo y todo se muestra ante ti tal y como es. Esto me transporta a un centenar de páginas más allá de la novela (anoche el tiempo se medía en páginas, no en minutos).

Pero antes, me entró un hambre voraz. Debían de ser las tres de la madrugada, pero para mí supongo que sería alrededor de la página ciento veinte. Hambre de desesperación, de necesidad de parar de leer para asimilar todo lo que estaba entrando en mi mente, energía para todo lo que mi mente estaba creando, esa otra novela con mi cara y con las caras de la gente que está involucrada en mi vida… Recordé que mi madre por la tarde había hecho masa de croquetas expresamente por petición mía… Supongo que dado que cada vez vengo menos por casa, los derechos de atenciones al venir se convierten en mayores. Nunca había probado la masa de croquetas cruda, pero unos días antes una amiga de un antiguo amigo, en una extraña conversación, me había hablado del placer de comer masa de croquetas cruda. La fuente no estaba en la encimera de silestone. No estaba dentro del horno, ni guardada dentro del microondas. La nevera no sabía nada de ella. Hasta que de pronto se me ocurrió asomarme a la terraza, donde encima de la secadora, estaba como si fuera un tesoro, bajo un paño de cocina, la Fuente (de la felicidad añadí mentalmente). Armado con una cuchara, habiendo quitado previamente el film transparente que preservaba su preciado contenido, fui raspando una capa superficial, que iba dejando uniforme el área que recorría la cuchara para que no se notara el hurto que estaba cometiendo. Estaba muy rica. Sació mis ganas de sabor maternal, pero no mi hambre. Así que cogí un paquete de galletas y me lo llevé a la habitación, para seguir leyendo.

Retomé la lectura y como ya he dicho, unas cien páginas más allá, me topé con un rotundo “Sólo nos enteramos de lo que sabemos”. Millás se refería a que hay cosas que siempre sabemos, pequeños o grandes engaños que dejamos que ocurran ante nosotros, que se nos engañe a nosotros mismos, pero que siempre hemos sabido que han estado ahí. Incluso antes de que conociéramos al que está tras los hilos de las sombras chinescas. Yo pensé en todas aquellas cosas que siempre he sabido, pero de las que cuando me enteraba, reaccionaba con mezquindad y reprochándoselo al titiritero. Pensé en aquellos secretos de familia que siempre se te habían ocultado, pero que siempre has sabido. Pensé en aquella chica que me rechazó, creyendo firmemente que le gustaba, aunque siempre había sabido que no. Pensé en aquella mujer que creía que era mi amiga, pero en realidad, me quería. Y en realidad, siempre supe que me quería. Aún lo sé, pese a que aún no me he enterado. Pensé en mis proyectos por cumplir, que me repetí tantas veces que acabaría y para los que siempre tenía el plan adecuado con el que llevarlos a buen puerto. Pero en realidad, siempre soy yo el que me dejo engañar. Siempre nos dejamos engañar.

Continúa en Una noche sin dormir III