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O el síndrome de la hoja en blanco

En primer lugar, os debo una excusa a los pocos pero fieles que me leéis leíais. Por eso la primera parte de esta entrada quiero dedicarla a explicar por qué dejé de escribir y por qué no lo hago hasta ahora, casi tres meses después. Podría daros cientos de excusas tipo “no tenía tiempo”, “tuve que estudiar demasiado”, “tenía cosas más importantes de las que preocuparme”… y lo triste es que todas ellas serían ciertas. Sin embargo, como díria nuestro querido Dr. House, la más plausible de todas, la que más encaja en la navaja de Occam, es simplemente que me entró el terror a tener la hoja en blanco delante de mí.

Y lo triste… lo triste es que la hoja en blanco no eran estos píxeles en Lenguas de Fuego. No me daba cuenta entonces, pero era mi propia vida. Hace ya mucho hablaba sobre las transiciones a las que nos vemos sometidos en la vida y cómo pensaba que en marzo se iba a producir la más importante hasta el momento de la mía. Fui estúpido. Tanto hablar de momentos de transición y de futuro y nunca me dí cuenta de que un cambio tan grande no se forja de un día para otro.

Desde que tengo unos ocho años, tal vez nueve, he sido siempre muy consciente de que se madura a cada instante. De hecho a esa temprana edad fui capaz de formular frases tipo“¿Cómo podré fiarme de mí mismo dentro de diez años?”. Y realmente cada cierto tiempo me vienen a la cabeza decisiones que tomé en su tiempo, importantes o no, y medito serenamente sobre ellas, sobre lo que haría ahora, sobre lo que no debí hacer entonces. Es lo que los mayores llamamos Experiencia.

Después de escalar la montaña, solamente puedes bajarla.

Mi miedo a escribir, mi vacío vital apareció cuando tras una semana en la que viví con una intensidad brutal cualquier tipo de sentimiento, todo se fue desmoronando hasta que una conversación que he olvidado ya, pero que nunca olvidaré cómo me hizo sentir, me negaba todo mi pasado reciente. Y realmente, que te digan que todo en lo que has basado tu vida es mentira, aún incluso si no lo es, el simple hecho de que te lo nieguen, desestabiliza hasta al mejor catamarán de tres quillas. Desde entonces sólo escribí dos textos: uno lo envié para que lo publicaran, el otro cuando estaba prácticamente escrito, lo releí y dije en voz alta “qué coño estás haciendo”. Lo tengo guardado, no tardará mucho en borrarse… Todo se había vuelto tan oscuro, todo tenía tan poco sentido ya que… ¿para qué seguir escribiendo capítulos de una historia inviable?

Lo peor que le puede pasar a un hombre es quedarse sin esperanza. Creo que toda mi vida se ha basado en eso, incluso en negativo: las cosas que he hecho mal en mi vida han acabado así porque no tenía esperanza en poder completarlas o porque simplemente tenía ilusión por algo más fuerte que se contraponía a ese otro objetivo. De hecho, desde que perdí la ilusión y por ende dejé de escribir todo se convirtió en desidia: también dejé de leer, dejé de ver películas de los Hermanos Cohen, incluso dejé de soñar… perdí absolutamente las ganas de enriquecer mi alma… tal vez ni la tenía.

Normalmente mi gran ilusión siempre ha sido el amor, en ocasiones puede que solo haya sido un sucedáneo de éste. Probablemente lo que más me haya hecho madurar en mi presente reciente haya sido darme cuenta de que esto es absolutamente un error, hay cosas que son mucho mejores para planteárselas como objetivos antes que el amor. Y digo ‘mejor’ no en el sentido de la bondad de sus cualidades, en las que probablemente el amor siempre saliera ganando, sino en eficiencia… hay metas a las que le tienes que dedicar mucho menos de tu alma que al amor y que reportan mayores satisfacciones. Lo importante es el coeficiente calidad/precio, no la calidad.

Con luz y taquígrafos

Soy consciente de que los párrafos anteriores son oscuros, pero en este segundo primer post  del blog quería hacer un pequeño resumen de como ha evolucionado mi vida en este tiempo y la desesperanza ha ocupado la mayor parte de mis pensamientos.

Por lo demás, deciros que por múltiples razones he empezado a trabajar de forma estable buscando la independencia económica del feudo paterno, trabajo en una empresa de venta que probablemente en un par de meses me deje sin moral y sin ética profesional. Rajoy diría que la culpa es de Zapatero.

He encontrado un segundo plato de fabes con almejas con el que sustituir a la ración de caviar iraní de Cameron, más que nada por aquello de no perder la ilusión, más que nada por tener al corazón distraido. De hecho he encontrado varios segundos platos con los que me he entretenido este tiempo, me he puesto la excusa de que es un entrenamiento para Johansson’s futuras… pero realmente no siento nada, absolutamente nada por ellas. Ahora que leo este par de párrafos me doy cuenta de que seguramente entre las ventas sin escrúpulos y el querer follar sin escrúpulos me he vuelto peor persona desde que dejé de escribir.

Sigo escuchando la Cadena Ser (y a veces le pongo los cuernos con Radio Nacional), estoy asumiendo más responsabilidades en prácticamente todas las facetas de mi vida, quizá, solo quizá he aprendido a apreciarme un poco más, he aprendido a saber venderme mejor, hundí en la miseria al hijo de puta  y disfruté viéndolo caer, he hecho cosas que debí haber hecho en mi adolescencia y a la vez he perdido el miedo a hacerlas… Y sobre todo he aprendido que se pueden cometer errores. Sobre todo he aprendido que hace falta cometer errores para poder aprender.

He vuelto, espero que sea para quedarme. Un abrazo muy grande a todos, pero en especial a Gotardo que está ante la hoja en blanco más grande de su vida. Seguro que sale una buena novela. Seguro que será una bonita canción.

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Hace unas noches escuché en Radio Nacional una pseudo-entrevista a César Antonio Molina. Y digo pseudo, porque llegó a parecer que el programa era propiedad del escritor, que era él quien manejaba el tempo radiofónico. Digo pseudo porque no era una entrevista ni al escritor, ni al Ministro de Cultura, sobre todo porque a esas horas intempestivas no se entrevista a un Ministro. Creo que ni tan siquiera era una entrevista a la persona… En un momento de lo que a partir de ahora llamaremos ‘El programa de César’  empezó a divagar sobre el sentido de la vida y mencionó una realidad que yo nunca me había planteado. ¿Qué ocurriría si supiéramos ya con certeza el sentido de la vida?

Nunca me han llamado la atención las corridas de toros, ni sé por qué se le llaman corridas cuando ni el diestro (que puede ser zurdo), ni la res, eyaculan. Pero yo que tengo algo del Sabina que desea vivir cien vidas en ‘La del Pirata cojo’, pese a que no creo que salga gratis soñar (los sueños duelen) y no tengo pata de palo, me tocó este fin de semana hacer de vigilante en una plaza de toros en un pueblo en fiestas de la España profunda. España profunda a 22 km de Madrid. Me tocó ver la “suelta de una vaquilla” y cómo un pueblo entero la maltrataba hasta su encierro, donde le esperaba la muerte. Mi inocente mirada de, no vamos a decir antitaurino, digamos neutro-taurino, pensaba que al encerrarse el astado, sería montado en un camión y llevada a otro pueblo. Ingenuo… Comprendí lo que significa la frase con el beneplácito de la Autoridad y con la misma presente: en chiqueros un Guardia Civil velaba por la correcta ejecución del animal por parte del pastor del “espectáculo”, con un arma que no alcancé a reconocer. Después, en esta fiesta de la sangre, el miembro de una peña del pueblo, procedía a descabellar con un oxidado cuchillo sin mucho atino, acrecentando la orgía del sufrimiento.

Y esa noche, en la que comprendí que los toros morían de una forma cruel y no como lo venden los seguidores de la tauromaquia, vigilé la plaza durante horas mientras que el astado que sería protagonista de la novillada del día siguiente, estaba encerrado en un pequeño cuarto de chiqueros. Ni siquiera mantuvimos contacto visual, pero fue una extraña relación la de ambos. En parte me producía miedo, en parte me preocupaba por él, que además era mi cometido: que nadie perturbara al novillo para así poder matarlo al día siguiente tranquilamente. Cualquier director de Hollywood habría sabido potenciar más nuestra curiosa relación humano-animal.

Las horas muertas en las que te pagan por no hacer nada permiten pensar en muchas cosas distintas. Y era inevitable, en algunos momentos de bajón pensaba en esa mujer con la que todo pudo haber sido y nada fue. Yo era el verdugo cómplice de ese novillo y estaba ahí pensando en mis banalidades. Vale que esas banalidades perturben mi vida y hagan pensar en si tomar éste o aquél derrotero biográfico. Pero ese animal iba a morir y a mí no me importaba. A nadie le importaba. ¿El celador del corredor de la muerte pensará en la panadera que le gusta la noche antes de una ejecución? No tratéis de responder, la respuesta es que sí. La vida de ese pobre animal no tiene ningún valor, pero es que la de las 45 víctimas mortales en accidentes de tráfico del pasado puente tampoco, no la tiene la del próximo ejecutado en Estados Unidos ni la del próximo niño que muera de hambre en África. Nuestra vida solo tiene sentido para aquellos a los que les importamos, la mayoría de las veces ni tan siquiera la tiene para nosotros mismos. Para el resto del mundo, no somos más que una cifra.

¿Qué ocurriría si supiéramos ya con certeza el sentido de la vida? La existencia del hombre se ha fundamentado siempre en encontrar ese más allá, esa razón de ser. Probablemente esa eterna búsqueda es lo único que nos separa de los animales, porque esa vaca me miraba mientras agonizaba como si quisiera que le explicara aquello de lo que no comprendía nada.

Si encontráramos el sentido de la vida, probablemente la vida simplemente careciera de sentido. Por lo pronto, tratad de importarle al mayor número de personas, que sea la menor cantidad posible aquellos que al morir os recuerden con una simple cifra. O tratad de importarle solo a un pequeño grupo de personas, pero que seáis tan importantes para ellos que no os olviden jamás. Eso os hará ser queridos y recordados por más gente. Los que no creemos en el más allá sabemos que el alma reside en la memoria.

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Es de noche, es tarde… si esto que escribo ahora fuera una película, diríamos que transcurre en tiempo real. Estoy aquí, sin espalda en esta dura silla de madera, resolviendo integrales dobles o triples, qué más da, si no llevan a ninguna parte. Escucho música, pienso en las ganas que tengo de acabar con esta bazofia mierda y acostarme. Y de pronto me acuerdo de ti, de cuando estabas tumbada en mi cama hace una semana. A lo mejor fueron meses, tal vez nunca lo has estado, qué más da si tampoco esto lleva a ninguna parte. Y pienso en qué estarás haciendo tú. Seguro que te has quedado dormida como tantas noches en el sofá de tu casa, viendo cualquier cosa en cualquier cadena de televisión. Eres tan dulce cuando estás dormida, es tan bonito sentirte respirar cuando sueñas mientras estás abrazada a mí… Estás tan guapa cuando duermes acurrucada en posturas imposibles entre cojines y mantas de sofá…

Hoy no soñarás conmigo, hoy soñarás con cualquiera.
Buenas noches, amor.

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La residencia es acogedora, una de esas de las que están a las afueras de una gran ciudad con grandes zonas ajardinadas y fuentes que dan sensación de fluidez, de vida, incluso de eternidad. La gente que viene aquí es reiticente a ser ingresada en primera instancia, como el niño que llora en el primer día que su madre le deja en la guardería. Y es que acabamos la vida como la empezamos… Los niños y los ancianos se parecen en tantas cosas, hay que prestarles tanta atención…

Ellos dos se conocen de toda la vida, literalmente. Y cuando sus respectivas familias vieron que era inviable soportar la carga de los cuidados que ahora, a sus ochenta y ún años necesitaban, decidieron que por los menos el fin de sus días estuvieran como cuando empezaron, estando juntos. Sonó el teléfono en casa de la hija de ella:
-Irene, soy Juan, hemos decidido ingresar a mi padre en la residencia de ancianos, esa que hay en la carretera de Andalucía… dicen que cuidan muy bien de los mayores… Si, si que es esa que anuncian en la tele… Te lo digo porque como hace unas semanas me comentaste que también estabas algo agobiada con el tema de tu madre…

Ninguno de sus hijos lo sabía, nadie nunca sospechó nada, pero él siempre había estado enamorado de ella. Y ella, aunque nunca lo confesó, también lo estaba de él. Pero la vida, que en el momento de nacer los unió, les fue deparando caminos separados, como el arroyo que diluye su caudal para formar dos pequeños hilillos de agua que discurren por la tierra seca sin tanta espectacularidad. Tuvieron épocas en las que perdieron el contacto, otras en las que éste fue de una intensidad superior a la de cualquier río en temporada de lluvias. Cada uno se casó, tuvo sus hijos, formó su hogar  y quizá hasta tuvieran algún perro que se llamara Toby (lo de los gatos es más cuestionable).

También tuvieron sus deslices, engañaron a sus parejas porque el amor que les unía desde que nacieron era más fuerte que cualquier anillo de compromiso. Pero simplemente, era un amor inviable, de esos en los que la mujer tiene que hacerse la dura a cada momento que puede, sin ser fácil, mientras que el hombre no deja de halagarla. Y ahí estaban, años después, jugando al juego que toda su vida les había invitado a practicar. Él seguía cortejándola mientras les paseaban sentados en silla de ruedas por los verdes jardines de la residencia. Las enfermeras le regañaban por destrozar los rosales y llenarse las manos de cortes mientras buscaba la flor más bonita para ella. Y ella seguía diciéndole que no con la boca, pero un sí enorme con sus avejentados ojos.

Hasta que un día, ella cayó en un desliz que a esas edades y con la responsabilidad que tiene un recién nacido, ya no significa nada, no tiene nada más que la importancia que le dan los viejos a tradiciones inexplicables. Y el desliz deslizó un beso, probablemente con sus blanqueadas dentaduras postizas puestas. Desde entonces, como si fueran amantes paseaban por los pasillos del blanco edificio cogidos de la mano cuando sabían que nadie les veía. Se daban besos entre visita y visita de sus hijos. Eran amantes con la particularidad de que no engañaban a nadie, a nadie que no fuera a ellos mismos siguiendo la inercia de su juego vital.

Semanas después, les encontraron a los dos, en la cama del anciano, abrazados, sonriendo, descansando en paz.

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Mi dolor físico emanaba de una operación quirúrgica tras una lesión deportiva. Tras dicha cirugía me vi sometido a un duro proceso rehabilitador con fisioterapeutas, que a diario me obligaba ir hasta la clínica con unas muletas que hacían que el peso de todo mi cuerpo se marcara en mis manos; que a diario me hacía someterme a una especie de tortura, que si bien buscaba la curación, en el día a día lo que obtenía era  sufrimiento. Si conocéis como suelen ser las clínicas convencionales de rehabilitación, no esas privadas que son muy caras y que salen en los medios de comunicación donde acuden los grandes deportistas de élite, sabréis que son unos lugares grises, unos sitios donde quienes acuden apenas ven progreso y donde en sus caras se puede leer el gran dolor físico que soportan sobre sus espaldas (o brazos, o piernas, o cuello…).

Lo que hacía que me levantara de la cama cada mañana, una cama en la que, debido a mi inmovilidad, había tenido que estar desde toda la tarde del día anterior, con pequeños descansos para ir a tumbarme al sofá , no era otra cosa que ella. La mujer de ojos claros que me mandaba mensajes al móvil cada mañana. Mensajes cariñosos, mensajes de ánimo, mensajes en los que me decía lo que me quería. Yo, que además estaba embarrado en el dolor, inundado por una soledad extrema, acudía a rehabilitación a subir y bajar con duros ejercicios mi maltrecha pierna pensando como única motivación en los paseos que podría dar con ella por Madrid. Alentándome con los únicos ánimos que provenían de su sonrisa, de oír su voz por teléfono al despertar.

Y dimos esos paseos por Madrid. Y se preocupaba por el estado de mi pierna que comenzaba a caminar. Y yo me preocupaba por mi amor hacia esos labios, que de igual forma, comenzaba a echar a andar. En realidad nuestro amor, si bien no imposible, digamos que es inviable. Hace no demasiado me dijo que me tengo que contener, porque cuando estamos con más gente rebosa mi amor por ella, fluyendo por el sumidero de los ojos. Dice que la miro a ella como no miro a nadie. Y probablemente no me lo reconozca, aunque ya lo haya visto cientos de veces, pero ella me mira a mí de forma distinta a los demás. Sus ya de por sí brillantes ojos se inundan de una luz especial al encontrarse con los míos.

Cuando le mencionas a alguien la palabra rehabilitación, probablemente en lo primero que piense sea en algún tipo de adicción y el proceso consecuente para poder desintoxicarse, deshabituarse de aquello de lo que ha estado abusando, olvidarse de eso sin lo que ya no puede vivir. Ahora, meses después, me pide que me rehabilite de su amor. Me lo pide justo cuando empiezo a pensar que la magia se puede desvanecer y el hecho de que pueda estar haciéndolo, no hace más que ponerme nervioso y acelerar un proceso que en realidad no es real, nos unen demasiadas cosas. Sus palabras me dicen que me olvide de ella, mientras que sus ojos siguen chillándome un no te alejes de mí. Pero como ya comprobé, los procesos rehabilitadores son largos y duros. Y ahora no tengo a nadie que me anime a subir esa escalera. Es más, no quiero subir la escalera de olvidar a quien más quieres. Me dirá que me busque otra compañera que me ayude a subir la escalera, pero me niego a separarme de quien más me ha querido… de quien más me quiere.

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Ayer, durante una conversación de esas intrascendentes que se tienen por internet, pero que son capaces de ponerte una sonrisa en el rostro, iluminándolo más que el faro de xenón más potente del BMW más flamante, una muy buena amiga me envió este dibujo:

Camion de fresones atacado por franceses

El qué describía el dibujo o la conversación que inspiró ese dibujo no importa, aunque para los más curiosos os diré que se supone que es un camión de fresones destrozado por nuestros amigos franceses (un saludo a mi amigo Luis, que sé que me suele leer y que está “sufriendo” de Orgasmus en tierras galas).

Ella suele hacerme bastantes dibujos cuando estamos con nuestras tonterías, con nuestras conversaciones vanales, que son las que importan realmente. Yo trato de devolvérselos, pero la verdad sea dicha, no nací para dibujar. Probablemente, tampoco para escribir. Pero lo que quiero decir es que me fascina cuando dibuja para mí, me fascina cómo con tan sólo un par de trazos, un par de golpes de ratón (o de bolígrafo si es que ese día tengo la suerte de tenerla cerca), es capaz de expresar mucho más de lo que dicen las palabras. Es capaz de expresar, seguramente sin ni tan siquiera ella darse cuenta, toda la ternura e ingenuidad que ella desprende a cada instante. Al fin y al cabo, las obras pictóricas son las causantes de la mayoría de los síndromes de Stendhal; al fin y al cabo, en Atapuerca lo que hay son dibujos y no largos y emotivos poemas cargados de rimas consonantes.

Ese dibujo del camión con su fruta, que desborda dinamismo mientras explota como un cohete de fuegos artificiales, me hizo recordar un episodio que me ocurrió en un restaurante de los que tienen doscientosmil galardones, probablemente alguna estrella michelín, en el que me encontraba yo tomando una caña y algunas tapas en la barra. En dicha barra había un papelote arrugado. Nadie le hacía caso, estaba ahí, al final del mostrador, tratando de pasar desapercibido entre las servilletas de papel.

Pero yo me fijé y el papel contenía un dibujo, realizado a base de garabatos, claramente realizado por un niño, aunque tal y como dibujo, como ya os digo, podría haber sido dibujado por otro patoso como yo. Pero no, en el dibujo había una casa que estaba pintada como característicamente la pintan los niños. Un Sol radiante, radiante tal y como lo dibujan los niños, con sus largos rayos concéntricos. Y delante, una familia, probablemente la del niño junto a unas palabras que no alcancé a poder leer. Además, estábamos en Navidad, lo que hacía que toda esa escena fuera mucho más tierna.

Pero toda esa dulzura, todo ese momento emotivo de película americana pastelosa, fue a dar al traste cuando el camarero, perfectamente uniformado y repeinado, al pasar su impoluta bayeta por el mármol de la barra, se topó con el dibujo. Lo cogió, lo extendió para verlo en toda su plenitud y justo, justo en el instante en que creía que su corazón estaría tierno como una patata asada y guardaría el folio en un cajón del restaurante con la esperanza de que su autor volviera a por él, justo cuando la lagrimilla estaba apunto de saltar, el camarero, que estaría harto de su jornada de quince horas de trabajo, lo despedazó, disfrutando de la separación de cada partícula del papel. Regocijándose en el ruido del papel, regocijándose en el dolor como quien por fin ha logrado su venganza.

Y es que tal vez no sea compatible vivir la realidad y seguir dibujando. Vivir la realidad y seguir soñando. Por eso yo, sin duda, aún sabiendo que no sé dibujar y probablemente tampoco soñar, sigo haciéndolo cada día, aspirando a que no hagan añicos mis dibujos, mis ilusiones.

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Hoy el cielo está nublado en esta ciudad ya nublada de por sí. Pero el Sol siempre sale por el Este, incluso aunque el cielo esté cubierto por una densa masa gris llena de pequeñas gotas de agua en suspensión, como millones de lágrimas a punto de caer. El Sol cada mañana sale por levante, y no hay más que esperar a que se abra un pequeño claro para que te puedan alcanzar unos reconfortantes rayos de su intensa luz.

El problema de las ciudades propensas a la nubosidad, es que en las horas tempranas del día, al no ver el Sol, desorientado, puedes tratar buscarlo en otras direcciones y quedarte horas mirando al Sur, al Norte quizás, esperando que se abra ese ansiado claro. Pero cuando se abra el cielo y mires a otro sitio que no sea el Este, no habrá nada más que cielo sin nubes.

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Según el diccionario de la R.A.E. :

descuidero, ra.

1. adj. Dicho de un ratero: Que suele hurtar aprovechándose del descuido ajeno. (Utilizado también como sustantivo)

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Hacía varios meses que no la veía. Estábamos comiendo en un restaurante cualquiera en una ciudad cualquiera, ajenos, aparte de al “espacio” también al tiempo… también éramos ajenos a todo el tiempo sin vernos. Ajenos al hecho de haber perdido lo cotidiano de verse o hablar cada día. Ella estaba ahí sentada delante de mí, como siempre, pero a la vez me producía una extraña sensación, como si esa escena fuera un flashback dentro de la película del cual el director no te ha avisado, buscando perturbarte.

Hablábamos de nada, de lo que se puede hablar delante de un plato de judías, respetando la rutina de lo que es cotidiano. Solo que esta vez no lo era. Pero también hablábamos de todo, de cosas muy trascendentes que sí tenían importancia en nuestras vidas. De lo que se habla delante de un solomillo de autor con el mejor vino tinto de la bodega. E inmersos en esa tertulia, inmersos en mirarnos a los ojos y respetar los silencios importantes de las conversaciones que no son importantes, pero se convierten en trascendentales, sin darnos cuenta ninguno de los dos, a ella le robaron el bolso que tenía colocado el respaldo de la silla. Un policía o un abogado aclararía ahora que no se trata de un robo, sino de un hurto… un