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Archivo de la Categoría “Emociones”


Según el diccionario de la R.A.E. :

descuidero, ra.

1. adj. Dicho de un ratero: Que suele hurtar aprovechándose del descuido ajeno. (Utilizado también como sustantivo)

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Hacía varios meses que no la veía. Estábamos comiendo en un restaurante cualquiera en una ciudad cualquiera, ajenos, aparte de al “espacio” también al tiempo… también éramos ajenos a todo el tiempo sin vernos. Ajenos al hecho de haber perdido lo cotidiano de verse o hablar cada día. Ella estaba ahí sentada delante de mí, como siempre, pero a la vez me producía una extraña sensación, como si esa escena fuera un flashback dentro de la película del cual el director no te ha avisado, buscando perturbarte.

Hablábamos de nada, de lo que se puede hablar delante de un plato de judías, respetando la rutina de lo que es cotidiano. Solo que esta vez no lo era. Pero también hablábamos de todo, de cosas muy trascendentes que sí tenían importancia en nuestras vidas. De lo que se habla delante de un solomillo de autor con el mejor vino tinto de la bodega. E inmersos en esa tertulia, inmersos en mirarnos a los ojos y respetar los silencios importantes de las conversaciones que no son importantes, pero se convierten en trascendentales, sin darnos cuenta ninguno de los dos, a ella le robaron el bolso que tenía colocado el respaldo de la silla. Un policía o un abogado aclararía ahora que no se trata de un robo, sino de un hurto… un hurto por descuido. Somos ajenos a pensar que alguien nos pueda robar (vale, vale, ¡hurtar!). Pero la ciudad está llena de descuideras atentas a nuestras distracciones para robarnos.

Incluso hay descuideras que pese a ser ellas también distraidas y sin ni tan siquiera darse cuenta, te pueden robar el corazón. Ella no lo sabía, pero mientras estábamos allí, delante del plato de judías, o del solomillo, o quizá fuera paella, qué más da, yo pensaba en cómo, mucho tiempo atrás, me había robado el corazón.

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Cuando la mujer de tu vida te dura dos semanas, todo ocurre de forma muy intensa, dado que todo lo que en “un amor de tu vida” corriente dura exactamente eso, toda la vida, aquí te encuentras experimentándolo en tan solo dos semanas. Ella apareció de repente, como una estrella fugaz lo hace en la más oscura noche sin luna. Y con la misma intensidad que tiene una estrella fugaz, iluminó todo en mi vida. Con el mismo brillo que desprende una estrella fugaz en pleno auge, un brillo que emitía su corazón y se dejaba ver a través de sus preciosos ojos claros. Pero el adjetivo fugaz no lo llevan las estrellas por casualidad. Y ella se desvaneció, dejando tan solo la estela de su recorrido grabada en mis ojos, porque ya ni el firmamento la conserva. Dejándola grabada en mi corazón.

Cuando la mujer de tu vida te dura dos semanas, las conversaciones eternas a altas horas de la madrugada son lo cotidiano, el levantarte temprano nada más que para poder verla es lo normal, el enviar y recibir mensajes de móvil a todas horas como un adolescente se hace habitual a la vez que adictivo, y el pensar en cambiar de lugar de residencia, irte lejos, escapar a una ciudad con puerto junto a ella y dejar ambos todo vuestro pasado atrás, no es para nada una idea descabellada. Hasta el punto en que dar de lado a todo el mundo porque lo que importa de verdad sois tú y esa mujer con alma de estrella, es tu gran ambición. Y planeas cómo hacerlo y logras dar con trescientas treinta y seis soluciones distintas, todas ellas absolutamente viables. Tantas como horas tienen dos semanas.

Cuando la mujer de tu vida es una estrella fugaz, cada palabra improvisada parece medida, parece sacada del mejor guión de una película de hollywood que puedas imaginar. Cada instante a su lado se recuerda como la imagen de un fotograma con una iluminación perfecta, con una realización exquisita. Ella es también una estrella, una estrella de hollywood. Y como si formaran parte de la banda sonora de esta gran película de amor, cada canción que escuchas te recuerda a ella, y a ella, cada canción que escucha le recuerda a ti. El problema viene cuando la película se acaba, cuando la estrella fugaz se apaga y te quedas ahí a solas con sus recuerdos, con su voz resonando a lo lejos en tus oídos, con las sábanas frías donde ella estuvo compartiendo noches contigo. Y cada vez que te tumbas en la cama no te puedes dormir, porque echas de menos el calor que producía su combustión incesante de estrella, pero sobre todo, porque la recuerdas en tu cama, hablándote de nada, haciéndote reir, o simplemente durmiendo. Eso por no mencionar las caricias y abrazos, de los que prefieres no acordarte para no desgarrar tu ya rasgado corazón.

Lo peor de todo es que como en las condenas, aún te queda por cumplir un día. Ese día que ni sabes cuando llegará, y que aunque no lo reconoces, deseas que llegue porque albergas la esperanza de que se vuelva a encender la estrella, pero en esta ocasión para quedarse iluminando tu particular cielo, como una ‘Estrella Gigante Luminosa’ que vuelva a alumbrar tu sonrisa.

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Siempre que esucho ese primer verso de la canción de Joaquín Sabina ‘Pongamos que hablo de Madrid’, aún a sabiendas de que Sabina tan sólo se refería a Madrid en conjunto, a mí se me viene a la cabeza, invadiéndola por completo y cargándola de recuerdos, la Glorieta de Cuatro Caminos, el barrio de Cuatro Caminos.

El primer recuerdo que tengo de Madrid es el de un paseo con mi padre, por dicha glorieta, que hasta hace bien poco no la supe reconocer como el propio Cuatro Caminos, debido a que el Scalextric que pasaba cargado de coches por encima de ella, uniendo Raimundo Fernández Villaverde con Reina Victoria, fue hace pocos años sustituido por un túnel. En ese paseo mi padre me contaba como era su vida cuando tuvo que irse a Madrid a hacer la mili, cómo se duchaba en los baños públicos que aún se conservan en Alvarado, cómo almorzaba un menú del día en aquél bar grasiento que sigue existiendo en Federico Rubio y cómo recorría cada noche las cuestas para volver desde el cuartel a esa habitación que su amigo le había prestado en su piso de Francos Rodríguez.

El primer recuerdo que tengo del Metro de Madrid es el de los cinco largos tramos de escaleras mecánicas que parten de la línea 6 hacia la superficie, siendo estos andenes los más profundos respecto a la cota de tierra de toda la red de metro madrileña, a más de 50m. de profundidad. Las escaleras, en aquél primer recuerdo, más que largas me parecieron eternas, porque iba acompañado por la chica que era un año mayor que yo y que al final de las escaleras, en lo que ahora sé que es la parte derecha del vestíbulo principal, un poco antes del pasillo que lleva hacia la línea 1 en dirección sur, me dió mi primer beso con catorce o quince años. Tal vez para ser el primer beso pueda no pareceros un sitio demasiado romántico, pero sin duda, a la postre, ha sido un hecho que de una forma u otra ha marcado mi vida y me ha hecho cogerle cariño a ese curioso lugar.

Desde hace dos años vivo en los alrededores de Cuatro Caminos, primero en una pequeña callejuela que parte de la glorieta y pasa casi desapercibida para cualquier transeunte y ahora en una perpendicular a Bravo Murillo un poco más al norte. No sé desde hace cuanto tiempo es así, pero Cuatro Caminos ahora está habitada por una curiosa mezcla de inmigrantes, la mayoría de ellos procedentes de América del Sur, personas mayores que se ve que han vivido ahí toda su vida y, en menor medida, estudiantes como yo. El hecho de que haya una elevada concentración de hispanoamericanos le da una vitalidad y una juventud al barrio (aunque propiamente, las zonas que describo ocupan más de un barrio) que se ve compensada con lo castizo de sus construcciones y lo castizo del ambiente que rodea al Mercado de las Maravillas, por cuyas puertas me encanta pasar y observar a las viejecillas lidiar con el pescadero mientras cotillean sobre el último gran escándalo de la Pantoja.

Sin embargo, todo este ajetreo de las calles principales convive junto a la tranquilidad de las calles anexas, de menor tránsito y para nada comerciales, donde, da igual que seas boliviano, peruano, colombiano que español, vas a sentirte acogido, pese a que no hayas hablado nunca con ningún vecino, te vas a sentir parte de esas calles, de esa gente. Me encanta ir a la pescadería de al lado de casa, que te regalen una botella de un vino (malísimo) por comprar dos filetes de lenguado y mientras comenten con el peluquero de enfrente el último robo que ‘unos sinvergüenzas’ cometieron el jueves pasado en el súper de la esquina.

Yo me considero un urbanita, es más, un urbanita de gran ciudad, y fuera de ese microuniverso que es Cuatro Caminos, que es mi barrio, me gusta acudir a grandes centros comerciales, ir a grandes cines de las afueras, hacer las compras lo más rápido y de la forma más apersonal posible. Pero que nunca me arrebaten mi vida de barrio y sobre todo, el día en que la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací.

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(Viene de “Una noche sin dormir II”) 

Si amanece, nos vamos

Con la excitación que produce saberse conocedor del engaño, con la excitación que también invadía a Julio, proseguí mi andadura por la novela. Mi andadura por la madrugada. Mi andadura por mi vida. “A los hombres les gustan las melenas. Bueno, a los hombres les gusta cualquier cosa, pero la mujer que llevan dentro de la cabeza tiene melena.” Esa frase aparentemente vacua, dicha por uno de los personajes secundarios de la novela, me la devolvió de golpe a mi cabeza. A Ella. En realidad a todas ellas, que son la misma ‘Ella’ al fin y al cabo. Es cierto, la mujer que llevo dentro de la cabeza tiene melena. Y Ella, acaba de desprenderse hace unos días de parte de su pelo. Por otro lado, tengo una amiga que se altera bastante cuando escucha a algún grupo de hombres hablar sobre su prototipo físico de mujer. Sostiene con un fuerte aire feminista, invadida de una cólera desproporcionada, que a los hombres nos gustan aquellas mujeres con las que creemos que tenemos posibilidades, que nos gusta cualquier cosa.

El caso es que estaba de nuevo en mi cabeza, en esta ocasión sin melena, pero con sus ojos manifestando su clara y transparente mirada, con su voz tierna y dulce a la par que tranquilzadora y el halo de inocencia que me apresa cada vez que la miro. El halo de inocencia que desprende cada vez que pienso en ella. “Sólo aprecian lo que tienen cuando lo miran” escribe en un email el antagonista acercándonos al final del libro, justo antes de relatar una explícita fantasía sexual, que me hizo evocar todos los momentos de tensión sexual con Ella. Ahora Ella ‘pertenece’ a otro (no creo que las personas nos pertenezcamos unas a otras, pero es la frase hecha más apropiada). Otro que seguramente ha aprendido a apreciar más lo que tiene desde que yo lo miré. Es curiosa la forma con la que, sin darme cuenta, he creado a mi personaje en la novela paralela de mi vida uniendo a la vez los rasgos del protagonista y del antagonista de la novela de Millás. En realidad, en la novela también son el mismo personaje.

La misma mujer que en la novela habla sobre su melena, tiene una hija. Ellas son su única familia y la madre rechaza que cualquier hombre se acerque a ejercer el papel de macho sobreprotector. También defendiendo sus palabras con un duro discurso feminista. Pero en realidad sí que necesitan a alguien más, en realidad no paran de buscarlo. Yo en esta ocasión me acuerdo de Ella porque su familia también es sólo su madre. Y no necesitan a nadie y además, ni aún queriéndolo, yo nunca seré un macho sobreprotector. Su madre ha sacado su reducida familia hacia delante muy bien ella sola y ha convertido a su pequeña hija en una joven mujer admirable. En cierto modo yo ya me siento una parte de su familia, seguramente porque sí que necesitaba a alguien como yo, pero sobre todo, porque yo necesitaba desesperadamente a alguien como ella en una etapa de mi vida en la que toda mi familia (no-sanguínea como diría ella) se desmoronó.

Finalizando el libro, haciendo referencia a las relaciones de pareja, el protagonista reflexiona “Siempre hay alguien que sabe más que el otro”. Ella posiblemente sepa más que yo. De hecho, sabe más que ‘el otro’ con el que está. Tal vez ella y yo seamos tan parecidos, tan soulmates, que simplemente ninguno de los dos sepa nada.

Acabé la novela y me quedé un buen rato con ella en las manos, mirando al vacío, reflexionando y terminando de ‘escribir’ la novela que había estado creando en paralelo durante toda la noche. Encendí la radio, comenzaba la segunda hora de Si amanece, nos vamos en la Cadena SER, por lo que eran ya las cinco de la mañana. Volví a la radio, volví a la realidad, volví a la rutina.

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(Viene de “Una noche sin dormir I”)

¿Dónde están las croquetas?

Soy un oyente habitual de radio. He llegado a un punto en el que no me puedo dormir sin escucharla. Ello hace que sea siempre consciente, como máximo cada media hora gracias a las señales horarias, de qué hora es… incluso de la hora aproximada a la que acabé dormido. Pero anoche no era consciente de qué hora era, no tenía ningún locutor que me dijera que era una hora menos en canarias. Estaba profundamente sumergido en la novela de Millás. Estaba profundamente sumergido en mi propia novela. Si bien es cierto que de forma directa la historia de Laura y Julio no tenía nada que ver con la mía, la novela que me tenía a mí como personaje principal, en mi cabeza, estaba perfectamente estructurada y coordinada con la que estaba leyendo. Aproveché bien la madrugada, me leí dos novelas, escribiendo mentalmente una de ellas. Ambas me dieron mucho que pensar.

“El alimento preferido de la mezquindad era el miedo” proseguía unas páginas después el libro. Explicaba cómo las ocasiones en que Julio peor se había portado con Laura (y también consigo mismo) coincidían con etapas de miedo: “miedo a perder lo que tenía, [...], a no ser tenido en cuenta por otros”. Siempre que he pronunciado palabras de las que luego me he arrepentido, siempre que he recriminado a otros de forma agresiva que no me daban lo que creía que me correspondía, ha sido en momentos de auténtico pánico interior, en los que sentía que mi mundo se desmoronaba. Es un momento cargado de rabia, en el que ves que ya no tienes nada que perder y te enfrentas al mundo. En parte, se corresponde con la sensación que describía en ‘Dolor.’, cuando se desvanece la cortina de humo y todo se muestra ante ti tal y como es. Esto me transporta a un centenar de páginas más allá de la novela (anoche el tiempo se medía en páginas, no en minutos).

Pero antes, me entró un hambre voraz. Debían de ser las tres de la madrugada, pero para mí supongo que sería alrededor de la página ciento veinte. Hambre de desesperación, de necesidad de parar de leer para asimilar todo lo que estaba entrando en mi mente, energía para todo lo que mi mente estaba creando, esa otra novela con mi cara y con las caras de la gente que está involucrada en mi vida… Recordé que mi madre por la tarde había hecho masa de croquetas expresamente por petición mía… Supongo que dado que cada vez vengo menos por casa, los derechos de atenciones al venir se convierten en mayores. Nunca había probado la masa de croquetas cruda, pero unos días antes una amiga de un antiguo amigo, en una extraña conversación, me había hablado del placer de comer masa de croquetas cruda. La fuente no estaba en la encimera de silestone. No estaba dentro del horno, ni guardada dentro del microondas. La nevera no sabía nada de ella. Hasta que de pronto se me ocurrió asomarme a la terraza, donde encima de la secadora, estaba como si fuera un tesoro, bajo un paño de cocina, la Fuente (de la felicidad añadí mentalmente). Armado con una cuchara, habiendo quitado previamente el film transparente que preservaba su preciado contenido, fui raspando una capa superficial, que iba dejando uniforme el área que recorría la cuchara para que no se notara el hurto que estaba cometiendo. Estaba muy rica. Sació mis ganas de sabor maternal, pero no mi hambre. Así que cogí un paquete de galletas y me lo llevé a la habitación, para seguir leyendo.

Retomé la lectura y como ya he dicho, unas cien páginas más allá, me topé con un rotundo “Sólo nos enteramos de lo que sabemos”. Millás se refería a que hay cosas que siempre sabemos, pequeños o grandes engaños que dejamos que ocurran ante nosotros, que se nos engañe a nosotros mismos, pero que siempre hemos sabido que han estado ahí. Incluso antes de que conociéramos al que está tras los hilos de las sombras chinescas. Yo pensé en todas aquellas cosas que siempre he sabido, pero de las que cuando me enteraba, reaccionaba con mezquindad y reprochándoselo al titiritero. Pensé en aquellos secretos de familia que siempre se te habían ocultado, pero que siempre has sabido. Pensé en aquella chica que me rechazó, creyendo firmemente que le gustaba, aunque siempre había sabido que no. Pensé en aquella mujer que creía que era mi amiga, pero en realidad, me quería. Y en realidad, siempre supe que me quería. Aún lo sé, pese a que aún no me he enterado. Pensé en mis proyectos por cumplir, que me repetí tantas veces que acabaría y para los que siempre tenía el plan adecuado con el que llevarlos a buen puerto. Pero en realidad, siempre soy yo el que me dejo engañar. Siempre nos dejamos engañar.

Continúa en Una noche sin dormir III

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Laura y Julio

Anoche no dormí en toda la madrugada. De toda la vida he sido esa clase de persona que duerme poco, muy propensa al insomnio. Supongo que parte de la culpa la tiene el que pienso demasiado sobre cosas que quizá no necesitan ser tan meditadas. Supongo que la otra gran parte de la culpa la tuvo mi abuelo materno, al que estaba fuertemente unido, que desde siempre me enseñó grandes cosas de la vida a horas intempestivas, ya fuera viendo las fotos de libros médicos a las dos de la madrugada en su habitación, escuchando música clásica (cuanto más alto el volumen mejor) a las siete de la mañana, o yendo a pescar en pijama a las diez a.m. (tras haber comprado, como es debido, el pan y los periódicos).

A la una empecé a leer otra novela de Juan José Millás, Laura y Julio. Acabé leyéndomela de un tirón. Me metí muy pronto en la novela, tanto que en la página once de mi edición de bolsillo, uno de los personajes al espetar “a veces, en la vida se encuentran cosas nuevas, pero siempre como efecto secundario de buscar las antiguas” hizo que en mi cabeza prendiera otra novela paralela en la que el protagonista era yo. El personaje continuaba: “Los hombres, lo sepan o no, se casan con sus madres y las mujeres con sus padres porque ésos son sus modelos”.

Francamente, no pienso que yo sea uno de los damnificados por el complejo de Edipo, pero sí me hizo pensar sobre la ciclicidad. Sobre todo, en la novela paralela que estaba montando en mi cabeza, me acordé de una niña, Ylenia, que con unos doce años me gustaba. A día de hoy las dos cualidades que más me enamoran de una mujer son sin lugar a dudas, junto a la inteligencia y al propio cuerpo de mujer, la ingenuidad unida a la mirada clara y transparente que el poseerla de forma intacta implica, así como una voz tierna y dulce. Y esas dos características las tenía sin lugar a dudas, por ser inherentes a su edad, aquella niñita rubia canaria, a la que aún recuerdo con mucho cariño. Pese a rondar tan sólo esas edades tan tempranas, se generaba una gran tensión sexual. Realmente no recuerdo cómo pensaba con doce años, es más, no recuerdo demasiadas cosas de mi vida antes de los dieciséis o diecisiete años; tal vez procuro no recordarlas. Realmente ignoro cómo piensa un niño con doce años. Pero recuerdo las escenas de ella acercándose a mi para darme un gran abrazo mientras besaba castamente una de mis mejillas, notando como sus recién estrenados pequeños pechos se estrujaban en mi torso, interponiéndose entre los dos su nuevo suéter blanco que resaltaba su inocencia. Recuerdo los infantiles juegos de palabras llenos de connotación sexual con los que ella se sonrojaba, en los que refiriéndome en el patio del recreo a que yo la protegería, le decía que sería su guardaculos en lugar de su guardaespaldas. No sé qué efectos reales sugerían todas estas acciones en mí, ni lo consciente que un niño de doce años es de todo lo referente al sexo.

Lo que sí sé, de lo que me he dado cuenta, es de que en todas las mujeres que me atraen, busco una parte de esa Ylenia. Una parte de esa chica que como se dice coloquialmente “me hizo caso” por primera vez en mi vida. Una inocencia por otra parte, que probablemente (ya no sé nada de ella), la propia Ylenia haya perdido.

Continúa en Una noche sin dormir II

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En el tradicional discurso de Navidad de Su Majestad el Rey, Juan Carlos I hizo referencia a los treinta años que cumplirá la actual Constitución española el próximo año, que dentro de poco estrenaremos. Con ello evocaba toda la época de la transición política española y de rebote, nos hacía recordar lo importante que fue su figura en dicho período. Tal vez sabiéndose no tan indispensable a día de hoy (aparte de para tener como chascarrillo recurrente un aclamado ¿Por qué no te callas?), aludió a nuestras jóvenes memorias de demócratas para justificar su puesto de trabajo (y el de la familia, que son muchas bocas a las que dar de comer, oiga). Y ojo, antes de que la gente juzgue equivocadamente, yo soy un acérrimo Juancarlista.

Las transiciones no son fáciles de afrontar. En ningún ámbito de la vida. Especialmente porque no sé por qué extraña razón el ser humano no está acostumbrado al cambio. Eso lo saben bien todos aquellos que hayan leído el Best-Seller del psicólogo Spencer Johnson, “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Es cierto, tal y como se explica en este libro ‘para ejecutivos’, que es necesario afrontar los cambios con la mayor rapidez posible, especialmente en el mundo de los negocios, donde quien gana o logra mayores éxitos es aquél capacitado para reaccionar ante el cambio velozmente. Pero también es verdad que algunos cambios requieren de mayor tiempo que otros. Hay quien afirma que la transición española duró hasta que el Partido Popular ganó sus primeras elecciones. Incluso hay teóricos que apuntan a que realmente nuestra transición no acabó hasta que J.L. Rodríguez Zapatero ganó las elecciones de 2004, justificándolo conque fue la primera vez que un partido que había perdido el poder en nuestra flamante democracia, lo recuperaba.

Y dicha transición política no podría haberse realizado más rápido. Habría salido mal sin lugar a dudas. Las transiciones, los cambios, necesitan de su propio tempo. Lo difícil está en saber administrarlo, porque el ser humano, cuando ya se ha dado cuenta de que el cambio va a suceder, es especialmente impaciente, queriendo las cosas aquí y ahora. Las transiciones, los cambios, son en realidad una sucesión de pequeños cambios, los cuales sí que hay que afrontar de manera inmediata, pero con miras al ‘gran cambio’ a medio o largo plazo. Es más, no es tanto el afrontarlos con rapidez como el ser conscientes rápidamente de que dicho cambio existe. Cosas como cambiar tu actitud hacia tus seres queridos (incluso cambiar tus sentimientos), darte cuenta de lo profunda que puede ser la soledad, buscar escalar puestos en el mundo laboral con grandes miras, afrontar el egoísmo que invade al mundo desde el punto de vista de un soñador, dejar un amor por otro más complicado, son retos que deben ser enfrentados con calma y sin tener en cuenta las presiones externas.