Archivo de la Categoría “Insomnio”


Es de noche, es tarde… si esto que escribo ahora fuera una película, diríamos que transcurre en tiempo real. Estoy aquí, sin espalda en esta dura silla de madera, resolviendo integrales dobles o triples, qué más da, si no llevan a ninguna parte. Escucho música, pienso en las ganas que tengo de acabar con esta bazofia mierda y acostarme. Y de pronto me acuerdo de ti, de cuando estabas tumbada en mi cama hace una semana. A lo mejor fueron meses, tal vez nunca lo has estado, qué más da si tampoco esto lleva a ninguna parte. Y pienso en qué estarás haciendo tú. Seguro que te has quedado dormida como tantas noches en el sofá de tu casa, viendo cualquier cosa en cualquier cadena de televisión. Eres tan dulce cuando estás dormida, es tan bonito sentirte respirar cuando sueñas mientras estás abrazada a mí… Estás tan guapa cuando duermes acurrucada en posturas imposibles entre cojines y mantas de sofá…

Hoy no soñarás conmigo, hoy soñarás con cualquiera.
Buenas noches, amor.

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(Viene de “Una noche sin dormir II”

Si amanece, nos vamos

Con la excitación que produce saberse conocedor del engaño, con la excitación que también invadía a Julio, proseguí mi andadura por la novela. Mi andadura por la madrugada. Mi andadura por mi vida. “A los hombres les gustan las melenas. Bueno, a los hombres les gusta cualquier cosa, pero la mujer que llevan dentro de la cabeza tiene melena.” Esa frase aparentemente vacua, dicha por uno de los personajes secundarios de la novela, me la devolvió de golpe a mi cabeza. A Ella. En realidad a todas ellas, que son la misma ‘Ella’ al fin y al cabo. Es cierto, la mujer que llevo dentro de la cabeza tiene melena. Y Ella, acaba de desprenderse hace unos días de parte de su pelo. Por otro lado, tengo una amiga que se altera bastante cuando escucha a algún grupo de hombres hablar sobre su prototipo físico de mujer. Sostiene con un fuerte aire feminista, invadida de una cólera desproporcionada, que a los hombres nos gustan aquellas mujeres con las que creemos que tenemos posibilidades, que nos gusta cualquier cosa.

El caso es que estaba de nuevo en mi cabeza, en esta ocasión sin melena, pero con sus ojos manifestando su clara y transparente mirada, con su voz tierna y dulce a la par que tranquilzadora y el halo de inocencia que me apresa cada vez que la miro. El halo de inocencia que desprende cada vez que pienso en ella. “Sólo aprecian lo que tienen cuando lo miran” escribe en un email el antagonista acercándonos al final del libro, justo antes de relatar una explícita fantasía sexual, que me hizo evocar todos los momentos de tensión sexual con Ella. Ahora Ella ‘pertenece’ a otro (no creo que las personas nos pertenezcamos unas a otras, pero es la frase hecha más apropiada). Otro que seguramente ha aprendido a apreciar más lo que tiene desde que yo lo miré. Es curiosa la forma con la que, sin darme cuenta, he creado a mi personaje en la novela paralela de mi vida uniendo a la vez los rasgos del protagonista y del antagonista de la novela de Millás. En realidad, en la novela también son el mismo personaje.

La misma mujer que en la novela habla sobre su melena, tiene una hija. Ellas son su única familia y la madre rechaza que cualquier hombre se acerque a ejercer el papel de macho sobreprotector. También defendiendo sus palabras con un duro discurso feminista. Pero en realidad sí que necesitan a alguien más, en realidad no paran de buscarlo. Yo en esta ocasión me acuerdo de Ella porque su familia también es sólo su madre. Y no necesitan a nadie y además, ni aún queriéndolo, yo nunca seré un macho sobreprotector. Su madre ha sacado su reducida familia hacia delante muy bien ella sola y ha convertido a su pequeña hija en una joven mujer admirable. En cierto modo yo ya me siento una parte de su familia, seguramente porque sí que necesitaba a alguien como yo, pero sobre todo, porque yo necesitaba desesperadamente a alguien como ella en una etapa de mi vida en la que toda mi familia (no-sanguínea como diría ella) se desmoronó.

Finalizando el libro, haciendo referencia a las relaciones de pareja, el protagonista reflexiona “Siempre hay alguien que sabe más que el otro”. Ella posiblemente sepa más que yo. De hecho, sabe más que ‘el otro’ con el que está. Tal vez ella y yo seamos tan parecidos, tan soulmates, que simplemente ninguno de los dos sepa nada.

Acabé la novela y me quedé un buen rato con ella en las manos, mirando al vacío, reflexionando y terminando de ‘escribir’ la novela que había estado creando en paralelo durante toda la noche. Encendí la radio, comenzaba la segunda hora de Si amanece, nos vamos en la Cadena SER, por lo que eran ya las cinco de la mañana. Volví a la radio, volví a la realidad, volví a la rutina.

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(Viene de “Una noche sin dormir I”)

¿Dónde están las croquetas?

Soy un oyente habitual de radio. He llegado a un punto en el que no me puedo dormir sin escucharla. Ello hace que sea siempre consciente, como máximo cada media hora gracias a las señales horarias, de qué hora es… incluso de la hora aproximada a la que acabé dormido. Pero anoche no era consciente de qué hora era, no tenía ningún locutor que me dijera que era una hora menos en canarias. Estaba profundamente sumergido en la novela de Millás. Estaba profundamente sumergido en mi propia novela. Si bien es cierto que de forma directa la historia de Laura y Julio no tenía nada que ver con la mía, la novela que me tenía a mí como personaje principal, en mi cabeza, estaba perfectamente estructurada y coordinada con la que estaba leyendo. Aproveché bien la madrugada, me leí dos novelas, escribiendo mentalmente una de ellas. Ambas me dieron mucho que pensar.

“El alimento preferido de la mezquindad era el miedo” proseguía unas páginas después el libro. Explicaba cómo las ocasiones en que Julio peor se había portado con Laura (y también consigo mismo) coincidían con etapas de miedo: “miedo a perder lo que tenía, [...], a no ser tenido en cuenta por otros”. Siempre que he pronunciado palabras de las que luego me he arrepentido, siempre que he recriminado a otros de forma agresiva que no me daban lo que creía que me correspondía, ha sido en momentos de auténtico pánico interior, en los que sentía que mi mundo se desmoronaba. Es un momento cargado de rabia, en el que ves que ya no tienes nada que perder y te enfrentas al mundo. En parte, se corresponde con la sensación que describía en ‘Dolor.’, cuando se desvanece la cortina de humo y todo se muestra ante ti tal y como es. Esto me transporta a un centenar de páginas más allá de la novela (anoche el tiempo se medía en páginas, no en minutos).

Pero antes, me entró un hambre voraz. Debían de ser las tres de la madrugada, pero para mí supongo que sería alrededor de la página ciento veinte. Hambre de desesperación, de necesidad de parar de leer para asimilar todo lo que estaba entrando en mi mente, energía para todo lo que mi mente estaba creando, esa otra novela con mi cara y con las caras de la gente que está involucrada en mi vida… Recordé que mi madre por la tarde había hecho masa de croquetas expresamente por petición mía… Supongo que dado que cada vez vengo menos por casa, los derechos de atenciones al venir se convierten en mayores. Nunca había probado la masa de croquetas cruda, pero unos días antes una amiga de un antiguo amigo, en una extraña conversación, me había hablado del placer de comer masa de croquetas cruda. La fuente no estaba en la encimera de silestone. No estaba dentro del horno, ni guardada dentro del microondas. La nevera no sabía nada de ella. Hasta que de pronto se me ocurrió asomarme a la terraza, donde encima de la secadora, estaba como si fuera un tesoro, bajo un paño de cocina, la Fuente (de la felicidad añadí mentalmente). Armado con una cuchara, habiendo quitado previamente el film transparente que preservaba su preciado contenido, fui raspando una capa superficial, que iba dejando uniforme el área que recorría la cuchara para que no se notara el hurto que estaba cometiendo. Estaba muy rica. Sació mis ganas de sabor maternal, pero no mi hambre. Así que cogí un paquete de galletas y me lo llevé a la habitación, para seguir leyendo.

Retomé la lectura y como ya he dicho, unas cien páginas más allá, me topé con un rotundo “Sólo nos enteramos de lo que sabemos”. Millás se refería a que hay cosas que siempre sabemos, pequeños o grandes engaños que dejamos que ocurran ante nosotros, que se nos engañe a nosotros mismos, pero que siempre hemos sabido que han estado ahí. Incluso antes de que conociéramos al que está tras los hilos de las sombras chinescas. Yo pensé en todas aquellas cosas que siempre he sabido, pero de las que cuando me enteraba, reaccionaba con mezquindad y reprochándoselo al titiritero. Pensé en aquellos secretos de familia que siempre se te habían ocultado, pero que siempre has sabido. Pensé en aquella chica que me rechazó, creyendo firmemente que le gustaba, aunque siempre había sabido que no. Pensé en aquella mujer que creía que era mi amiga, pero en realidad, me quería. Y en realidad, siempre supe que me quería. Aún lo sé, pese a que aún no me he enterado. Pensé en mis proyectos por cumplir, que me repetí tantas veces que acabaría y para los que siempre tenía el plan adecuado con el que llevarlos a buen puerto. Pero en realidad, siempre soy yo el que me dejo engañar. Siempre nos dejamos engañar.

Continúa en Una noche sin dormir III

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Laura y Julio

Anoche no dormí en toda la madrugada. De toda la vida he sido esa clase de persona que duerme poco, muy propensa al insomnio. Supongo que parte de la culpa la tiene el que pienso demasiado sobre cosas que quizá no necesitan ser tan meditadas. Supongo que la otra gran parte de la culpa la tuvo mi abuelo materno, al que estaba fuertemente unido, que desde siempre me enseñó grandes cosas de la vida a horas intempestivas, ya fuera viendo las fotos de libros médicos a las dos de la madrugada en su habitación, escuchando música clásica (cuanto más alto el volumen mejor) a las siete de la mañana, o yendo a pescar en pijama a las diez a.m. (tras haber comprado, como es debido, el pan y los periódicos).

A la una empecé a leer otra novela de Juan José Millás, Laura y Julio. Acabé leyéndomela de un tirón. Me metí muy pronto en la novela, tanto que en la página once de mi edición de bolsillo, uno de los personajes al espetar “a veces, en la vida se encuentran cosas nuevas, pero siempre como efecto secundario de buscar las antiguas” hizo que en mi cabeza prendiera otra novela paralela en la que el protagonista era yo. El personaje continuaba: “Los hombres, lo sepan o no, se casan con sus madres y las mujeres con sus padres porque ésos son sus modelos”.

Francamente, no pienso que yo sea uno de los damnificados por el complejo de Edipo, pero sí me hizo pensar sobre la ciclicidad. Sobre todo, en la novela paralela que estaba montando en mi cabeza, me acordé de una niña, Ylenia, que con unos doce años me gustaba. A día de hoy las dos cualidades que más me enamoran de una mujer son sin lugar a dudas, junto a la inteligencia y al propio cuerpo de mujer, la ingenuidad unida a la mirada clara y transparente que el poseerla de forma intacta implica, así como una voz tierna y dulce. Y esas dos características las tenía sin lugar a dudas, por ser inherentes a su edad, aquella niñita rubia canaria, a la que aún recuerdo con mucho cariño. Pese a rondar tan sólo esas edades tan tempranas, se generaba una gran tensión sexual. Realmente no recuerdo cómo pensaba con doce años, es más, no recuerdo demasiadas cosas de mi vida antes de los dieciséis o diecisiete años; tal vez procuro no recordarlas. Realmente ignoro cómo piensa un niño con doce años. Pero recuerdo las escenas de ella acercándose a mi para darme un gran abrazo mientras besaba castamente una de mis mejillas, notando como sus recién estrenados pequeños pechos se estrujaban en mi torso, interponiéndose entre los dos su nuevo suéter blanco que resaltaba su inocencia. Recuerdo los infantiles juegos de palabras llenos de connotación sexual con los que ella se sonrojaba, en los que refiriéndome en el patio del recreo a que yo la protegería, le decía que sería su guardaculos en lugar de su guardaespaldas. No sé qué efectos reales sugerían todas estas acciones en mí, ni lo consciente que un niño de doce años es de todo lo referente al sexo.

Lo que sí sé, de lo que me he dado cuenta, es de que en todas las mujeres que me atraen, busco una parte de esa Ylenia. Una parte de esa chica que como se dice coloquialmente “me hizo caso” por primera vez en mi vida. Una inocencia por otra parte, que probablemente (ya no sé nada de ella), la propia Ylenia haya perdido.

Continúa en Una noche sin dormir II

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