Archivo de la Categoría “Joaquín Sabina”


Hace unas noches escuché en Radio Nacional una pseudo-entrevista a César Antonio Molina. Y digo pseudo, porque llegó a parecer que el programa era propiedad del escritor, que era él quien manejaba el tempo radiofónico. Digo pseudo porque no era una entrevista ni al escritor, ni al Ministro de Cultura, sobre todo porque a esas horas intempestivas no se entrevista a un Ministro. Creo que ni tan siquiera era una entrevista a la persona… En un momento de lo que a partir de ahora llamaremos ‘El programa de César’  empezó a divagar sobre el sentido de la vida y mencionó una realidad que yo nunca me había planteado. ¿Qué ocurriría si supiéramos ya con certeza el sentido de la vida?

Nunca me han llamado la atención las corridas de toros, ni sé por qué se le llaman corridas cuando ni el diestro (que puede ser zurdo), ni la res, eyaculan. Pero yo que tengo algo del Sabina que desea vivir cien vidas en ‘La del Pirata cojo’, pese a que no creo que salga gratis soñar (los sueños duelen) y no tengo pata de palo, me tocó este fin de semana hacer de vigilante en una plaza de toros en un pueblo en fiestas de la España profunda. España profunda a 22 km de Madrid. Me tocó ver la “suelta de una vaquilla” y cómo un pueblo entero la maltrataba hasta su encierro, donde le esperaba la muerte. Mi inocente mirada de, no vamos a decir antitaurino, digamos neutro-taurino, pensaba que al encerrarse el astado, sería montado en un camión y llevada a otro pueblo. Ingenuo… Comprendí lo que significa la frase con el beneplácito de la Autoridad y con la misma presente: en chiqueros un Guardia Civil velaba por la correcta ejecución del animal por parte del pastor del “espectáculo”, con un arma que no alcancé a reconocer. Después, en esta fiesta de la sangre, el miembro de una peña del pueblo, procedía a descabellar con un oxidado cuchillo sin mucho atino, acrecentando la orgía del sufrimiento.

Y esa noche, en la que comprendí que los toros morían de una forma cruel y no como lo venden los seguidores de la tauromaquia, vigilé la plaza durante horas mientras que el astado que sería protagonista de la novillada del día siguiente, estaba encerrado en un pequeño cuarto de chiqueros. Ni siquiera mantuvimos contacto visual, pero fue una extraña relación la de ambos. En parte me producía miedo, en parte me preocupaba por él, que además era mi cometido: que nadie perturbara al novillo para así poder matarlo al día siguiente tranquilamente. Cualquier director de Hollywood habría sabido potenciar más nuestra curiosa relación humano-animal.

Las horas muertas en las que te pagan por no hacer nada permiten pensar en muchas cosas distintas. Y era inevitable, en algunos momentos de bajón pensaba en esa mujer con la que todo pudo haber sido y nada fue. Yo era el verdugo cómplice de ese novillo y estaba ahí pensando en mis banalidades. Vale que esas banalidades perturben mi vida y hagan pensar en si tomar éste o aquél derrotero biográfico. Pero ese animal iba a morir y a mí no me importaba. A nadie le importaba. ¿El celador del corredor de la muerte pensará en la panadera que le gusta la noche antes de una ejecución? No tratéis de responder, la respuesta es que sí. La vida de ese pobre animal no tiene ningún valor, pero es que la de las 45 víctimas mortales en accidentes de tráfico del pasado puente tampoco, no la tiene la del próximo ejecutado en Estados Unidos ni la del próximo niño que muera de hambre en África. Nuestra vida solo tiene sentido para aquellos a los que les importamos, la mayoría de las veces ni tan siquiera la tiene para nosotros mismos. Para el resto del mundo, no somos más que una cifra.

¿Qué ocurriría si supiéramos ya con certeza el sentido de la vida? La existencia del hombre se ha fundamentado siempre en encontrar ese más allá, esa razón de ser. Probablemente esa eterna búsqueda es lo único que nos separa de los animales, porque esa vaca me miraba mientras agonizaba como si quisiera que le explicara aquello de lo que no comprendía nada.

Si encontráramos el sentido de la vida, probablemente la vida simplemente careciera de sentido. Por lo pronto, tratad de importarle al mayor número de personas, que sea la menor cantidad posible aquellos que al morir os recuerden con una simple cifra. O tratad de importarle solo a un pequeño grupo de personas, pero que seáis tan importantes para ellos que no os olviden jamás. Eso os hará ser queridos y recordados por más gente. Los que no creemos en el más allá sabemos que el alma reside en la memoria.

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Necesitaba un libro técnico muy concreto, de esos que no están en las estanterías de las grandes librerías. Y aparecí allí, en mitad de un castizo barrio de Madrid, con calles cuyos nombres te hacían sonreír. Con la pequeña iglesia enfrente de la tienda de ultramarinos que aún no había comprado ningún chino. Era una pequeña librería, pero ya sabía de antemano que tenían mi libro. La dependienta, amable, tardó bastante tiempo en buscármelo, porque además de ser un libro desconocido, apenas mide lo que un programa de semana santa y no llega a las cien páginas.

Mientras subía y bajaba con ayuda de una escalera por los estantes, me dio tiempo a observar minuciosamente el local. Vi la hoja de petición de firmas que tenían sobre el mostrador para salvar el Kiosco de la Mari, que el ayuntamiento había quitado semanas antes, sin previo aviso, del pequeño parque que observé antes de entrar, separando la iglesia de la tienda de ultramarinos. Vi entrar a una castiza señora madrileña acompañada de otra joven colombiana, mientras hablaban sobre cómo les iban a su respectivos nieto e hijo en el colegio (que está al lado de la iglesia). Esperaron pacientemente para hacer unas fotocopias mientras la dependienta revolvía literalmente media tienda para buscar mi manual técnico.

Vi entrar a… iba a poner cualquier eufemismo, pero llamemos las cosas por su nombre, a un borracho, pero borracho de los que duermen en parque y piden en la puerta de la iglesia, con una lata (reglamentaria) de Mahou de medio litro abierta. Al entrar las dos mujeres apretaron con fuerza sus bolsos. Y en el momento justo, en el que llevándose la mano al bolsillo, parecía que ese hombre eufemísticamente desaliñado, iba a pronunciar algo parecido a ‘la pasta o la vida’ mientras sacaba una navaja… Justo en ese momento, sacó unas monedas del bolsillo y dijo con voz temblorosa:

-Perdona, ¿tienes la Biblia?
-Sí.
-Es que quiero el Nuevo Testamento.
-Sólo tengo ediciones en las que vienen los dos.
-Ya, ya entiendo. ¿Y cuanto cuestan?  (Mirando la mano en donde resonaba la calderilla)
-Pues ahora te digo, que estoy atendiendo a este chico.

El borracho esperó paciéntemente, tambaleándose, pero paciéntemente, tras las dos mujeres. Minutos más tarde salí de la librería, con mi pequeño libro. Él, supongo, saldría poco después con su adquisición más valiosa de la semana.

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

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Siempre que esucho ese primer verso de la canción de Joaquín Sabina ‘Pongamos que hablo de Madrid’, aún a sabiendas de que Sabina tan sólo se refería a Madrid en conjunto, a mí se me viene a la cabeza, invadiéndola por completo y cargándola de recuerdos, la Glorieta de Cuatro Caminos, el barrio de Cuatro Caminos.

El primer recuerdo que tengo de Madrid es el de un paseo con mi padre, por dicha glorieta, que hasta hace bien poco no la supe reconocer como el propio Cuatro Caminos, debido a que el Scalextric que pasaba cargado de coches por encima de ella, uniendo Raimundo Fernández Villaverde con Reina Victoria, fue hace pocos años sustituido por un túnel. En ese paseo mi padre me contaba como era su vida cuando tuvo que irse a Madrid a hacer la mili, cómo se duchaba en los baños públicos que aún se conservan en Alvarado, cómo almorzaba un menú del día en aquél bar grasiento que sigue existiendo en Federico Rubio y cómo recorría cada noche las cuestas para volver desde el cuartel a esa habitación que su amigo le había prestado en su piso de Francos Rodríguez.

El primer recuerdo que tengo del Metro de Madrid es el de los cinco largos tramos de escaleras mecánicas que parten de la línea 6 hacia la superficie, siendo estos andenes los más profundos respecto a la cota de tierra de toda la red de metro madrileña, a más de 50m. de profundidad. Las escaleras, en aquél primer recuerdo, más que largas me parecieron eternas, porque iba acompañado por la chica que era un año mayor que yo y que al final de las escaleras, en lo que ahora sé que es la parte derecha del vestíbulo principal, un poco antes del pasillo que lleva hacia la línea 1 en dirección sur, me dió mi primer beso con catorce o quince años. Tal vez para ser el primer beso pueda no pareceros un sitio demasiado romántico, pero sin duda, a la postre, ha sido un hecho que de una forma u otra ha marcado mi vida y me ha hecho cogerle cariño a ese curioso lugar.

Desde hace dos años vivo en los alrededores de Cuatro Caminos, primero en una pequeña callejuela que parte de la glorieta y pasa casi desapercibida para cualquier transeunte y ahora en una perpendicular a Bravo Murillo un poco más al norte. No sé desde hace cuanto tiempo es así, pero Cuatro Caminos ahora está habitada por una curiosa mezcla de inmigrantes, la mayoría de ellos procedentes de América del Sur, personas mayores que se ve que han vivido ahí toda su vida y, en menor medida, estudiantes como yo. El hecho de que haya una elevada concentración de hispanoamericanos le da una vitalidad y una juventud al barrio (aunque propiamente, las zonas que describo ocupan más de un barrio) que se ve compensada con lo castizo de sus construcciones y lo castizo del ambiente que rodea al Mercado de las Maravillas, por cuyas puertas me encanta pasar y observar a las viejecillas lidiar con el pescadero mientras cotillean sobre el último gran escándalo de la Pantoja.

Sin embargo, todo este ajetreo de las calles principales convive junto a la tranquilidad de las calles anexas, de menor tránsito y para nada comerciales, donde, da igual que seas boliviano, peruano, colombiano que español, vas a sentirte acogido, pese a que no hayas hablado nunca con ningún vecino, te vas a sentir parte de esas calles, de esa gente. Me encanta ir a la pescadería de al lado de casa, que te regalen una botella de un vino (malísimo) por comprar dos filetes de lenguado y mientras comenten con el peluquero de enfrente el último robo que ‘unos sinvergüenzas’ cometieron el jueves pasado en el súper de la esquina.

Yo me considero un urbanita, es más, un urbanita de gran ciudad, y fuera de ese microuniverso que es Cuatro Caminos, que es mi barrio, me gusta acudir a grandes centros comerciales, ir a grandes cines de las afueras, hacer las compras lo más rápido y de la forma más apersonal posible. Pero que nunca me arrebaten mi vida de barrio y sobre todo, el día en que la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací.

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