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Archivo de la Categoría “Madrid”


Me da miedo volar. Ese sería un dato nada extraño entre la población general de no ser porque mi intención es ser Ingeniero Aeronaútico, una carrera considerada plenamente vocacional, condición que en mi caso se cumple. Me encanta volar. Me encanta desde el primer momento en que piso el aeropuerto, es más, desde que el día antes me he impreso la tarjeta de embarque. Suelo ser una persona que llega con el tiempo justo a los viajes en cualquier medio de transporte, odio las esperas, sin embargo si el viaje es en avión y por cualquier circunstancia llego antes de tiempo, me encanta pasear por las terminales, ver a la gente con las maletas, el bullicio, escuchar el Please, don’t leave your baggage unnatended, observar el despegue y aterrizaje de los aviones… Y no, no es la visión bohemia del viajero que ve pasar pasajeros en los andenes de tren, los aeropuertos tienen otro encanto, otro glamour que los hace especiales.

Pero esa atracción que siento por volar, por estar en el avión y mirar por la ventanilla todo el proceso del despegue, por ver las olas romper en la costa como si se hubieran detenido, por envolverme en las nubes como si fueran grandes colchas de algodón, lleva aparejado un miedo incontenible que me ha llevado a sufrir más de un ataque de ansiedad dentro de una aeronave. Desde bien pequeño he tenido ese miedo (llevo volando desde que tan sólo tenía un par de días de edad), esas ganas de controlar cada detalle en cada giro, en cada maniobra, en cada viraje. Mirar a los ojos de la azafata para saber si todo está bien… Sin embargo volar me produce un bienestar , una sensación de relax, una capacidad para abstraerme y meditar que no me la concede ninguna actividad terrestre. Recuerdo grandes momentos en los aviones de Aviaco, volando con mis padres y mi hermana, esperando a que la azafata me trajera el juego con pegatinas que tocara. O cuando me dieron aquél cuaderno en el que podía apuntar mis horas de vuelo. O aquél parche del Club Águila de Iberia que llevaba cosido a una cazadora vaquera con unos ocho añitos.

Mi primer té me lo tomé en un avión de British Airways en un Madrid-Londres. Mi primer beso me lo dieron tras un vuelo Granada-Madrid. Casi todas las grandes decisiones de mi vida las he tomado en algún lugar del Atlántico, probablemente sobrevolando las costas de Cádiz. Hace dos años, se agravó mi miedo a volar. Fue un verano duro para mi familia en el que sufrimos una terrible pérdida, sobre todo por lo inesperada. Sobre todo porque era realmente el pilar de la familia. Estuve todo el verano viendo un programa de Discovery Channel que lleva por título “Mayday: Catástrofes Aéreas”. La verdad que se trataba de un programa muy interesante que aclaraba en cada capítulo las causas de algún accidente aéreo. Creo que llegué a ver todos los episodios, atraído por una asignatura que había cursado ese año, impartida por un ex-agente de Aviación Civil, en la cuál se nos advertía sobre las precauciones que no se tomaron en algunos accidentes que se podrían haber evitado. Al final del verano, tras haber visto una y otra vez accidentes con centenares de vícitmas causados por un pequeño descuido, falleció mi abuela materna y tuve que tomar un Madrid-Las Palmas. Desde entonces cada vez que he volado tengo una permanente sensación de caída, incluso en el despegue, incluso aunque esté viendo por la ventanilla durante el ascenso cómo nos alejamos del suelo, mi cuerpo no hace más que sentir que caemos.  En algún vuelo he tenido que tomar ansiolíticos. Pese a todo, pese al gran malestar que me produce, si para ir a Granada hay algún vuelo barato, prefiero coger el avión a ir en tren o autobús… es una atracción por el aire inevitable.

Habré hecho la ruta Madrid-Las Palmas más de cien veces a lo largo de mi vida, estimo que unas cientoveinte. Alguna vez con Spanair. Por eso y por todo lo que os he contado anteriormente estoy especialmente consternado por el accidente aéreo del vuelo de Spanair JK5022 con destino al Aeropuerto de Gando. Ese aeropuerto donde he pasado tantas horas, de donde me conozco cada recobeco. Donde antes de ayer el bullicio de la rutina se vio interrumpido por las lágrimas de familiares destrozados. Llevo dos días sin dormir, porque me acuerdo de todos los niños que han fallecido y me vienen a la cabeza mis lápices de colores de Aviaco. Porque me acuerdo de las largas horas de charla con mi tío Mingo que ha sido piloto, sobre cómo funcionan los flaps de un MD-82 o cómo la torre de control autoriza el despegue de cada vuelo. Porque me imagino la angustia de los familiares que han estado horas sin saber si su ser querido iba en ese vuelo, ni qué suerte había corrido. Porque me imagino a los pasajeros sabiendo que iban a morir, buscando con la mirada los ojos de la azafata para tranquilizarse y nada más que encontraban pánico. Me imagino a toda esa gente con sus planes de futuro, con sus días de vacaciones organizados en Las Palmas, o volviendo de Madrid para ver a sus padres después de meses trabajando en Madrid, o a su novia, o a sus hijos…

No es una comparación que me guste hacer porque no procede, pero he escuchado ya varias veces en los medios de comunicación que equiparan a este suceso con el 11-M. A mí me afecta mucho más este accidente que el 11-M, porque siento que es algo que yo he estado haciendo toda mi vida y que solamente la casualidad ha hecho que yo no estuviera en ese avión. Sé que era difícil, que era más difícil que cosas como que me tocara la lotería, pero ¿a que cada vez que compras un cupón, esperas ser el agraciado? También he escuchado comparaciones con víctimas de tráfico… sí es cierto que en la carretera muere mucha más gente, probablemente la cifra de víctimas del vuelo de Spanair sea similar a la cifra de muertos de este verano en las carreteras españolas. Pero es que el hecho de que las cosas no sean frecuentes, las magnifica, en especial cuando lleva aparejado el glamour de la aviación. O si no, imaginad un mundo en el que consiguiéramos cura para todas las enfermedades, que lográramos una vida inmortal. Se lloraría muchísimo más cada muerte, el dolor sería mucho más insoportable, muchos ni soportarían el dolor.

Un gran abrazo, que sé que no sirve para nada, que sé que no os va a devolver a la vida a los seres queridos, que sé que a los supervivientes no os va hacer olvidar el infierno que habéis vivido, pero que os quiero dar de corazón.

 

PD: Acabo de enterarme de que una de las hijas de mi entrañable vecina del segundo piso de mi casa de Las Palmas, iba en el vuelo y ha fallecido. Sobran las palabras.

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“¿Cómo ha dado la vuelta?”  Esa frase que era la segunda vez que repetía porque la primera estaba con Mr Brightside a todo volumen sonando en mi Ipod, me dejó descolocado. Yo estaba sentado en el metro y el autor de la pregunta, con la camisa a medio abrir y sin peinar enfrente de mí. No contesté, puse cara de perplejidad mientras pensaba “¿Qué o quién cojones ha dado la vuelta?”.

“¿Cómo ha dado la vuelta?”  Volvió a preguntar. Al ver que no respondía el hombre de mediana edad insistió. “Sí, el metro, que ha dado la vuelta”. El metro no había dado la vuelta en ningún momento, pero pensé que se había montado antes que yo y como a veces suele pasar, el convoy se pasa la parada por unos metros y el conductor da marcha atrás hasta ponerse en el sitio correcto. Me salió la vena ingenieril y estuve a punto de explicarle el complejo sistema que tiene el motor del tren que le perimite realizar dicha maniobra cuando de pronto entendí todo.

Actualmente hay un tramo de la línea 1 de metro en obras, por lo que el tren al llegar a una determinada estación, actúa como si fuera el fin de la línea, cambia de vía y vuelve a empezar. El señor de aspecto desaliñado no sabría esta incidencia y al llegar a la última parada con servicio nadie le avisó de que tenía que bajarse, por lo que empezó a realizar el mismo recorrido que había hecho pero al revés. Al darse cuenta trató de preguntarme, pero como ya había pasado bastantes paradas desde el corte, el pobre hombre decidió volverse a casa. Al terminar todo este razonamiento le contesté con un escueto “es que la línea está en obras”, pero ¿a que es curioso como con saber solamente el final de una historia, somos capaces de saber también el principio?

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Desde hace poco más de un mes trabajo para una multinacional de venta. No voy a hablar sobre qué vendemos porque no importa. Es más, no le importa ni a la compañía, lo único importante es vender. Si los empleados tuviéramos a nuestras madres en stock da por hecho que las venderíamos, aunque fuésemos una empresa de materiales de construcción.

Es mi primer trabajo “serio” y con serio quiero decir estable, con nómina… Vamos, que no estoy ahí ni por ser el sobrino de pepito que me paga en negro, ni son las ferias de un pueblo en las que monto una caseta con los amigos para sacarme un dinero extra sirviendo copas. En mi primera incursión en el mundo laboral he tenido que soportar las colas de la administración para darme de alta en la seguridad social, he visto (aunque por suerte estas no las tuve que sufrir) las colas del INEM, pero sobre todo he tenido que hacer previamente bastantes entrevistas de trabajo. La del puesto en el que estoy fue larga, una hora y media, todos los candidatos juntos en la misma sala con la señorita de recursos humanos delante, en plan “buen rollo vamos a querernos todos porque somos guays y mi empresa es genial y transparente“. En ese momento comencé a aprender a saber venderme, ahora me doy cuenta de que es lo primero que debes aprender antes de comenzar a vender.

De diecisiete candidadtos días más tarde sabría que nos escogieron a dos, a mí me llamaron tan solo un par de horas tras el show de selección. Había que comenzar un curso de formación tres días después. Acepté. Tras haber estado en entrevistas de cadenas de comida basura me parecía que no debía dejar escapar algo que prometía unos sueldos interesantes y evitaba tener aceite impregnado en la nariz todos los santos días. El curso que se celebraba aquí en Madrid, era para candidatos de toda España. Se impartían tres cursos simultáneamente, el mío era para los que entrábamos como indefinidos y solo estábamos trece personas, el resto en los que había un mayor número de candidatos y cuya duración era menor era para los que querían trabajar solo en verano.

Me pasaba cerca de doce horas al día metido dentro de aquel edificio. Cualquier acceso, hasta para ir al baño se controlaba mediante tarjeta de identificación electrónica y para todo el grupo solo nos daban dos tarjetas, el objetivo era mantenernos siempre juntos; el objetivo de impartir los cursos en la central, ellos no lo decían pero yo lo intuí, es procurar que nos identifiquemos con la compañía desde el primer momento. Doce horas al día con trece personas de todas las edades y de todas partes de España (y del extranjero). Cada uno de su padre y de su madre. Y con una formadora/psicóloga siempre delante. Te dejaban bien claro que el hecho de estar en este curso, pese a indicar que ya estabas prácticamente dentro de la empresa era la “última parte del proceso de selección”, lo cual crea una cierta angustia permanente en todos los candidatos, que buscan ser perfectos, no cometer errores. En cierta forma te sientes observado en todo momento, si no está el personal de recursos humanos presente, por tus propios compañeros. A veces hasta te venían pensamientos paranoides sobre cámaras ocultas.

Tras la comida hacíamos juegos típicos de psicología en grupo, muchos de los cuales yo ya había realizado en mi “carrera deportiva”. Mis compañeros se pensaban que se trataba de valorarnos, de valorar nuestro perfil psicológico, pero no, consistía en fundarnos espíritu de competitividad. Ejemplo: se supone que vamos en un barco y se está hundiendo, debemos deshacernos de dos personas para poder sobrevivir, cada no tiene una profesión asignada y se supone que tiene que defenderla. El chico que la primera semana parecía el líder de nuestro grupo, decidió que debía suicidarse seguramente pensando que estaban buscando que tuviéramos espíritu de equipo. Error, se llevó una gran bronca de la formadora fundamentada en que eso no lo haría nunca en la vida real. Quería competitividad, quería que nos destrozáramos, que aquello fuera una orgía sangrienta de críticas tipo gran hermano, que nos vendiéramos al fin y al cabo.

Nos hacían ir bien vestidos, se exigía traje y corbata, las chicas traje o vestido no provocativos. De hecho el primer día ‘expulsaron’ a una chica por este motivo, muy discretamente, no dijeron nada, simplemente al día siguiente ya no apareció. Yo que siempre he ido en vaqueros y camiseta por la vida, no hacía otra cosa en el metro que ir fijándome en las corbatas del resto de pasajeros, los cuales siempre creí que eran ejecutivos y ahora sé que probablemente no pasen de comerciales de segunda. Y me fijaba en sus zapatos, en sus pantalones, en sus americanas para coger ideas, porque para mí el traje no era más que un disfraz. Ya he logrado acostumbrarme a él y es más, me sienta bien, ahora soy todo un gentleman.

En la sede central te enseñan las buenas maneras, lo amable que has de ser con el cliente, lo bien que has de portarte con la compañía porque la compañía se porta bien contigo, técnicas de venta, cómo cambiarle la venta al cliente porque a nosotros nos interesa, pero también recalcan la importancia de que el cliente esté convencido de lo que compra y salga contento de la tienda. Te muestran con un cierto recuerdo a secta unas normas creadas por el fundador de la empresa y que hay que seguir como si de la mismísima tabla de Moisés se tratara. Cuando llegas a la tienda te das cuenta de que es difícil seguir esas normas, desde arriba presionan mucho para aumentar las ventas y si no cumples los objetivos, tu sueldo se ve mermado. Y a la gente, cuando le tocas su dinero se busca la forma para no perderlo, especialmente en el país que siempre llevó por bandera la picaresca. Yo he optado por no hacer ni una cosa ni la otra, me quedaré con lo mejor de lo celestial (central) y aquello que pueda aprovechar de lo terrenal  (tienda). Para algunos eso es estar entre la espada y la pared, yo soy capaz de asumirlo, soy capaz de torear a dos morlacos a la vez.

De los trece elegidos que comenzamos en nuestro gran hermano particular acabamos el proceso solo nueve. Aparte de la chica de la vestimenta, otra lo abandonó tras recibir una oferta que si no mejor, si que la hacía sentirse menos presionada. A otro chico lo echaron tras fumarse un porro en las instalaciones del curso de formación (bomberos toreros hay en todas partes). Y otra mujer decidió darse cuenta de que esto y sus presiones, no eran lo suyo el día antes de acabar el curso.

Y ahora, ya envuelto por el día a día en la tienda, en las funciones de cara al público la verdad que me encuentro a gusto, a pesar de que los clientes desagradables y montabroncas se esfuercen por hacerme cambiar de opinion (que quede claro que son minoría). Estoy contento con mis compañeros e incluso con mis jefes. A veces sé que pierdo mis principios, sé que se podría considerar que trato de engañar  a la gente, pero al fin y al cabo son ellos los que compran. Dejan de ser gente para ser clientes y el que sean o no clientes responsables, es responsabilidad suya, valga la redundacia. Vamos, que sí, por muchas excusas que ponga, como decía en el post anterior definitivamente me estoy volviendo un cabrón sin escrúpulos.

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Vivo en una gran ciudad. Es más, vivo en Madrid. Seguramente sea uno de los sitios de aquello que conocemos como occidente donde más agresivamente se conduzca. Hoy llovía y lo hacía a cántaros. (Siempre me he imaginado al usar esta expresión, no sé por qué, un grupo de lecheras vestidas como la de la famosa marca de leche condensada vertiendo litros y litros de leche procedente de sus cántaros desde grandes aviones … que sí, prometo que de esta semana no pasa lo de mi visita al psiquiatra, ¡lo prometo!) Cuando llueve el tráfico se complica muchísimo y los conductores se ponen muy nerviosos, lo cual les convierte en más voraces al volante, más agresivos.

Yo soy un peatón agresivo declarado. No me gusta tener que esperar delante de unas líneas pintadas de blanco a que un muñecajo de verde haciendo que camina me deje pasar. Si puedo ahorrarme andar veinte metros para llegar a un paso de cebra, me lo ahorraré. Pero no soy un suicida, aunque vaya siempre con mis auriculares deambulando de un lado a otro de la ciudad. Tengo una especie de protocolo del peatón agresivo, inventado por mí, que sigo muy cautelosamente. Miro varias veces a un lado y a otro antes de cruzar (y mientras cruzo) por sitios prohibidos, me fijo en el color del semáforo de los coches varias veces, me sé el turno de los semáforos de mi barrio y la correlación entre ellos al dedillo. Si alguien cruza mal por el sitio que yo quiero hacerlo, me pongo detrás de él, usándolo como una especie de escudo humano.

Nunca uso paraguas. Me gusta la sensación de la lluvia en mi cara, me gusta tener la música puesta en el ipod a todo trapo mientras cae una ráfaga de agua vertical sobre mi cabeza. Me da sensación de libertad y esa sensación me convierte en un peatón más agresivo aún, asumiendo incluso el riesgo de poder tener un resbalón en el cruce, lo cual me hace efectuar cada paso de una manera más intensa, exprimiendo gota a gota esa libertad.

Lo peor de todo es que sé que cuando sea un conductor (y si lo soy en esta ciudad lo seré de los más agresivos), odiaré con todas mis fuerzas a esos peatones locos y desearé que los atropellen. Es lo que tiene estar a un lado u otro del volante, es lo que tiene estar a un lado u otro de la barra de bar, es lo que tiene estar a un lado u otro del estrado, del altar o de la caña de pescar.

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Mi dolor físico emanaba de una operación quirúrgica tras una lesión deportiva. Tras dicha cirugía me vi sometido a un duro proceso rehabilitador con fisioterapeutas, que a diario me obligaba ir hasta la clínica con unas muletas que hacían que el peso de todo mi cuerpo se marcara en mis manos; que a diario me hacía someterme a una especie de tortura, que si bien buscaba la curación, en el día a día lo que obtenía era  sufrimiento. Si conocéis como suelen ser las clínicas convencionales de rehabilitación, no esas privadas que son muy caras y que salen en los medios de comunicación donde acuden los grandes deportistas de élite, sabréis que son unos lugares grises, unos sitios donde quienes acuden apenas ven progreso y donde en sus caras se puede leer el gran dolor físico que soportan sobre sus espaldas (o brazos, o piernas, o cuello…).

Lo que hacía que me levantara de la cama cada mañana, una cama en la que, debido a mi inmovilidad, había tenido que estar desde toda la tarde del día anterior, con pequeños descansos para ir a tumbarme al sofá , no era otra cosa que ella. La mujer de ojos claros que me mandaba mensajes al móvil cada mañana. Mensajes cariñosos, mensajes de ánimo, mensajes en los que me decía lo que me quería. Yo, que además estaba embarrado en el dolor, inundado por una soledad extrema, acudía a rehabilitación a subir y bajar con duros ejercicios mi maltrecha pierna pensando como única motivación en los paseos que podría dar con ella por Madrid. Alentándome con los únicos ánimos que provenían de su sonrisa, de oír su voz por teléfono al despertar.

Y dimos esos paseos por Madrid. Y se preocupaba por el estado de mi pierna que comenzaba a caminar. Y yo me preocupaba por mi amor hacia esos labios, que de igual forma, comenzaba a echar a andar. En realidad nuestro amor, si bien no imposible, digamos que es inviable. Hace no demasiado me dijo que me tengo que contener, porque cuando estamos con más gente rebosa mi amor por ella, fluyendo por el sumidero de los ojos. Dice que la miro a ella como no miro a nadie. Y probablemente no me lo reconozca, aunque ya lo haya visto cientos de veces, pero ella me mira a mí de forma distinta a los demás. Sus ya de por sí brillantes ojos se inundan de una luz especial al encontrarse con los míos.

Cuando le mencionas a alguien la palabra rehabilitación, probablemente en lo primero que piense sea en algún tipo de adicción y el proceso consecuente para poder desintoxicarse, deshabituarse de aquello de lo que ha estado abusando, olvidarse de eso sin lo que ya no puede vivir. Ahora, meses después, me pide que me rehabilite de su amor. Me lo pide justo cuando empiezo a pensar que la magia se puede desvanecer y el hecho de que pueda estar haciéndolo, no hace más que ponerme nervioso y acelerar un proceso que en realidad no es real, nos unen demasiadas cosas. Sus palabras me dicen que me olvide de ella, mientras que sus ojos siguen chillándome un no te alejes de mí. Pero como ya comprobé, los procesos rehabilitadores son largos y duros. Y ahora no tengo a nadie que me anime a subir esa escalera. Es más, no quiero subir la escalera de olvidar a quien más quieres. Me dirá que me busque otra compañera que me ayude a subir la escalera, pero me niego a separarme de quien más me ha querido… de quien más me quiere.

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Necesitaba un libro técnico muy concreto, de esos que no están en las estanterías de las grandes librerías. Y aparecí allí, en mitad de un castizo barrio de Madrid, con calles cuyos nombres te hacían sonreír. Con la pequeña iglesia enfrente de la tienda de ultramarinos que aún no había comprado ningún chino. Era una pequeña librería, pero ya sabía de antemano que tenían mi libro. La dependienta, amable, tardó bastante tiempo en buscármelo, porque además de ser un libro desconocido, apenas mide lo que un programa de semana santa y no llega a las cien páginas.

Mientras subía y bajaba con ayuda de una escalera por los estantes, me dio tiempo a observar minuciosamente el local. Vi la hoja de petición de firmas que tenían sobre el mostrador para salvar el Kiosco de la Mari, que el ayuntamiento había quitado semanas antes, sin previo aviso, del pequeño parque que observé antes de entrar, separando la iglesia de la tienda de ultramarinos. Vi entrar a una castiza señora madrileña acompañada de otra joven colombiana, mientras hablaban sobre cómo les iban a su respectivos nieto e hijo en el colegio (que está al lado de la iglesia). Esperaron pacientemente para hacer unas fotocopias mientras la dependienta revolvía literalmente media tienda para buscar mi manual técnico.

Vi entrar a… iba a poner cualquier eufemismo, pero llamemos las cosas por su nombre, a un borracho, pero borracho de los que duermen en parque y piden en la puerta de la iglesia, con una lata (reglamentaria) de Mahou de medio litro abierta. Al entrar las dos mujeres apretaron con fuerza sus bolsos. Y en el momento justo, en el que llevándose la mano al bolsillo, parecía que ese hombre eufemísticamente desaliñado, iba a pronunciar algo parecido a ‘la pasta o la vida’ mientras sacaba una navaja… Justo en ese momento, sacó unas monedas del bolsillo y dijo con voz temblorosa:

-Perdona, ¿tienes la Biblia?
-Sí.
-Es que quiero el Nuevo Testamento.
-Sólo tengo ediciones en las que vienen los dos.
-Ya, ya entiendo. ¿Y cuanto cuestan?  (Mirando la mano en donde resonaba la calderilla)
-Pues ahora te digo, que estoy atendiendo a este chico.

El borracho esperó paciéntemente, tambaleándose, pero paciéntemente, tras las dos mujeres. Minutos más tarde salí de la librería, con mi pequeño libro. Él, supongo, saldría poco después con su adquisición más valiosa de la semana.

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

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Siempre que esucho ese primer verso de la canción de Joaquín Sabina ‘Pongamos que hablo de Madrid’, aún a sabiendas de que Sabina tan sólo se refería a Madrid en conjunto, a mí se me viene a la cabeza, invadiéndola por completo y cargándola de recuerdos, la Glorieta de Cuatro Caminos, el barrio de Cuatro Caminos.

El primer recuerdo que tengo de Madrid es el de un paseo con mi padre, por dicha glorieta, que hasta hace bien poco no la supe reconocer como el propio Cuatro Caminos, debido a que el Scalextric que pasaba cargado de coches por encima de ella, uniendo Raimundo Fernández Villaverde con Reina Victoria, fue hace pocos años sustituido por un túnel. En ese paseo mi padre me contaba como era su vida cuando tuvo que irse a Madrid a hacer la mili, cómo se duchaba en los baños públicos que aún se conservan en Alvarado, cómo almorzaba un menú del día en aquél bar grasiento que sigue existiendo en Federico Rubio y cómo recorría cada noche las cuestas para volver desde el cuartel a esa habitación que su amigo le había prestado en su piso de Francos Rodríguez.

El primer recuerdo que tengo del Metro de Madrid es el de los cinco largos tramos de escaleras mecánicas que parten de la línea 6 hacia la superficie, siendo estos andenes los más profundos respecto a la cota de tierra de toda la red de metro madrileña, a más de 50m. de profundidad. Las escaleras, en aquél primer recuerdo, más que largas me parecieron eternas, porque iba acompañado por la chica que era un año mayor que yo y que al final de las escaleras, en lo que ahora sé que es la parte derecha del vestíbulo principal, un poco antes del pasillo que lleva hacia la línea 1 en dirección sur, me dió mi primer beso con catorce o quince años. Tal vez para ser el primer beso pueda no pareceros un sitio demasiado romántico, pero sin duda, a la postre, ha sido un hecho que de una forma u otra ha marcado mi vida y me ha hecho cogerle cariño a ese curioso lugar.

Desde hace dos años vivo en los alrededores de Cuatro Caminos, primero en una pequeña callejuela que parte de la glorieta y pasa casi desapercibida para cualquier transeunte y ahora en una perpendicular a Bravo Murillo un poco más al norte. No sé desde hace cuanto tiempo es así, pero Cuatro Caminos ahora está habitada por una curiosa mezcla de inmigrantes, la mayoría de ellos procedentes de América del Sur, personas mayores que se ve que han vivido ahí toda su vida y, en menor medida, estudiantes como yo. El hecho de que haya una elevada concentración de hispanoamericanos le da una vitalidad y una juventud al barrio (aunque propiamente, las zonas que describo ocupan más de un barrio) que se ve compensada con lo castizo de sus construcciones y lo castizo del ambiente que rodea al Mercado de las Maravillas, por cuyas puertas me encanta pasar y observar a las viejecillas lidiar con el pescadero mientras cotillean sobre el último gran escándalo de la Pantoja.

Sin embargo, todo este ajetreo de las calles principales convive junto a la tranquilidad de las calles anexas, de menor tránsito y para nada comerciales, donde, da igual que seas boliviano, peruano, colombiano que español, vas a sentirte acogido, pese a que no hayas hablado nunca con ningún vecino, te vas a sentir parte de esas calles, de esa gente. Me encanta ir a la pescadería de al lado de casa, que te regalen una botella de un vino (malísimo) por comprar dos filetes de lenguado y mientras comenten con el peluquero de enfrente el último robo que ‘unos sinvergüenzas’ cometieron el jueves pasado en el súper de la esquina.

Yo me considero un urbanita, es más, un urbanita de gran ciudad, y fuera de ese microuniverso que es Cuatro Caminos, que es mi barrio, me gusta acudir a grandes centros comerciales, ir a grandes cines de las afueras, hacer las compras lo más rápido y de la forma más apersonal posible. Pero que nunca me arrebaten mi vida de barrio y sobre todo, el día en que la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací.