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Archivo de la Categoría “Metafísica”


It´s A Small World After All se titula la canción que cantan los pequeños muñecos que hay en cualquier parque temático de Disney, en una atracción que recuerdo con mucho cariño de mi primera visita a Disneyland Paris con unos ocho añitos. Con esa edad, aparte de montarme en esa barca que te paseaba por todas las naciones del mundo con una canción que incita al buen rollo mundial, televisivamente hablando era un fan del Club Disney, supongo que como casi todos mis contemporáneos.

Lo que ya no sé si compartía mi generación o solo era yo que desde siempre he sido un pervertido era mi gran atracción por las sucesivas presentadoras de ese programa. Ahora mismo no recuerdo el programa en sí apenas, más que unos fragmentos del Tío Gilito huyendo con sus sobrinos cargados de bolsas de dinero. Lo que si recuerdo son las caras de dichas presentadoras. Ahora me gustará Scarlett Johansson  pero entonces era la prima de Emilio Aragón (¿Mónica?) y compañía las que me hacían estar pegados a la pantalla.

La experiencia me ha hecho creer desde hace bastante tiempo que el mundo es un pañuelo, pero esta semana tras haber conocido a una presentadora del Club Disney he reflexionado más de lo normal sobre ello. Esta presentadora es muy joven y ya ni siquiera trabaja ahí. Lo presentó cuando yo ya perdí el interés incluso por la televisión. Habrá sido el mito erótico de generaciones más recientes que la mía, aunque en el fondo sí que me atrae… supongo que un cargo como el de “Presentadora de Club Disney” lleva consigo un morbo especial. Supongo que será el subsconsciente cargado de extraños deseos pseudo-pedófilos, porque aunque esta chica es mayor de edad… es que joder, la verdad que la palabra Disney aparte de ternura, ¡lleva implícito cierto morbo si se la adjuntas a cualquier mujer!

Y la conocí sin más, he estado con ella una semana entera de vacaciones simplemente porque hace poco conoció a un amigo mío en un gimnasio. Existe una teoría en sociología que mantiene que todos los seres humanos estamos relacionados entre sí por no más de 6 personas de por medio. Es decir, que yo conozco a alguien, que conoce a alguien, que conoce a alguien (como máximo hasta 6 veces) que conocería al dueño de una tienda de buceo de Australia. O a un recolector de arroz de China. O a un alto directivo de Wall Street. Recientemente Microsoft dice haber demostrado dicha teoría vía Messenger, aunque me de qué pensar el hecho de qué información confidencial han podido utilizar para hacerlo, voy a centrarme en el tema de los Seis Grados de Separación. Os voy a poner un ejemplo real con famosos que yo creo que es más ilustrativo: Yo conozco a una persona famosa que sale prácticamente todos los días en televisión. Por su trabajo esa persona conoce a periodistas “del corazón”. Algún periodista de esos conoce seguro a Penélope Cruz. Penélope Cruz ha trabajado recientemente en la película que Woody Allen rodó en España con Scarlett Johansson. ¡Luego para mí la teoría se cumple con mi mito erótico!

Os podría poner ejemplos de esos a patadas, o si no, ¿a quién no le ha pasado eso de “ah, que conoces a fulanito, el panadero del pueblo de mi primo de Minnesota”? También es verdad que no todo el mundo estamos igual de relacionados, yo me considero una persona que quizá esté mejor relacionada que la media. Ojo, no os confundáis con el ejemplo porque con mejor relacionado no quiero decir que conozco más gente del famoseo, ni que tenga más dinero ni nada así. Todo lo contrario, quiero decir que conozco un mayor número de gente que abarca un mayor espectro del abanico de la vida, lo cual me ha sacado de problemas muchas veces o me ha otorgado beneficios otras tantas.

En definitiva, el problema para conocer a ese cantante de moda que te gusta no es que sea imposible que llegues a él, es que hay que saber buscar el camino para llegar hasta a él. Cambia lo de cantante por cualquier persona que necesites conocer y entenderás un poco mejor lo que quiero decir. Lo que hay que hacer es saber relacionarse, es saber mantener las relaciones y saber utilizarlas solo en el momento en que haga falta. Leyendo sobre este tema he visto como un reportaje de la BBC profundizaba en que una de las bases para que esta teoría pudiera demostrarse a nivel práctico, era que había que incentivar a los individuos y que cuanto mayor era el incentivo, más fácil era de demostrar. Por ejemplo, yo nunca en la vida me pondré en contacto con Woody Allen, aún siendo ya consciente de que estoy a unos 3 ó 4 grados de él, porque aunque lo admire como director, ¿qué voy a hacer? ¿darle una palmadita en la espalda? Pero sin embargo, ¿y si este señor tuviera una fundación que lucha contra una enfermedad que tuviera mi hijo y fuera la única forma de salvarlo?, ¿sería capaz de ponerme en contacto con él? Yo estoy seguro de que sí, el problema en la vida es que muchas veces el bosque nos impide ver el árbol, nos impide ver a aquél que nos podría ayudar, o simplemente nos parece un esfuerzo mantener relaciones que creemos inútiles. Somos así de egoístas, las relaciones siempre se mantienen por interés, algunos más éticos tipo de nivel afectivo y otras menos aceptadas socialmente, como las que se mantienen por razones económicas.

Yo nunca he borrado un contacto de mi agenda por muy antiguo que sea o por mucho que haga que no hablo con esa persona. Nunca sabes cuando necesitarás su ayuda, es más, nunca sabes cuando la podrá necesitar él de ti. Y tú, ¿a cuantos grados estás de mí?

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Hace unas noches escuché en Radio Nacional una pseudo-entrevista a César Antonio Molina. Y digo pseudo, porque llegó a parecer que el programa era propiedad del escritor, que era él quien manejaba el tempo radiofónico. Digo pseudo porque no era una entrevista ni al escritor, ni al Ministro de Cultura, sobre todo porque a esas horas intempestivas no se entrevista a un Ministro. Creo que ni tan siquiera era una entrevista a la persona… En un momento de lo que a partir de ahora llamaremos ‘El programa de César’  empezó a divagar sobre el sentido de la vida y mencionó una realidad que yo nunca me había planteado. ¿Qué ocurriría si supiéramos ya con certeza el sentido de la vida?

Nunca me han llamado la atención las corridas de toros, ni sé por qué se le llaman corridas cuando ni el diestro (que puede ser zurdo), ni la res, eyaculan. Pero yo que tengo algo del Sabina que desea vivir cien vidas en ‘La del Pirata cojo’, pese a que no creo que salga gratis soñar (los sueños duelen) y no tengo pata de palo, me tocó este fin de semana hacer de vigilante en una plaza de toros en un pueblo en fiestas de la España profunda. España profunda a 22 km de Madrid. Me tocó ver la “suelta de una vaquilla” y cómo un pueblo entero la maltrataba hasta su encierro, donde le esperaba la muerte. Mi inocente mirada de, no vamos a decir antitaurino, digamos neutro-taurino, pensaba que al encerrarse el astado, sería montado en un camión y llevada a otro pueblo. Ingenuo… Comprendí lo que significa la frase con el beneplácito de la Autoridad y con la misma presente: en chiqueros un Guardia Civil velaba por la correcta ejecución del animal por parte del pastor del “espectáculo”, con un arma que no alcancé a reconocer. Después, en esta fiesta de la sangre, el miembro de una peña del pueblo, procedía a descabellar con un oxidado cuchillo sin mucho atino, acrecentando la orgía del sufrimiento.

Y esa noche, en la que comprendí que los toros morían de una forma cruel y no como lo venden los seguidores de la tauromaquia, vigilé la plaza durante horas mientras que el astado que sería protagonista de la novillada del día siguiente, estaba encerrado en un pequeño cuarto de chiqueros. Ni siquiera mantuvimos contacto visual, pero fue una extraña relación la de ambos. En parte me producía miedo, en parte me preocupaba por él, que además era mi cometido: que nadie perturbara al novillo para así poder matarlo al día siguiente tranquilamente. Cualquier director de Hollywood habría sabido potenciar más nuestra curiosa relación humano-animal.

Las horas muertas en las que te pagan por no hacer nada permiten pensar en muchas cosas distintas. Y era inevitable, en algunos momentos de bajón pensaba en esa mujer con la que todo pudo haber sido y nada fue. Yo era el verdugo cómplice de ese novillo y estaba ahí pensando en mis banalidades. Vale que esas banalidades perturben mi vida y hagan pensar en si tomar éste o aquél derrotero biográfico. Pero ese animal iba a morir y a mí no me importaba. A nadie le importaba. ¿El celador del corredor de la muerte pensará en la panadera que le gusta la noche antes de una ejecución? No tratéis de responder, la respuesta es que sí. La vida de ese pobre animal no tiene ningún valor, pero es que la de las 45 víctimas mortales en accidentes de tráfico del pasado puente tampoco, no la tiene la del próximo ejecutado en Estados Unidos ni la del próximo niño que muera de hambre en África. Nuestra vida solo tiene sentido para aquellos a los que les importamos, la mayoría de las veces ni tan siquiera la tiene para nosotros mismos. Para el resto del mundo, no somos más que una cifra.

¿Qué ocurriría si supiéramos ya con certeza el sentido de la vida? La existencia del hombre se ha fundamentado siempre en encontrar ese más allá, esa razón de ser. Probablemente esa eterna búsqueda es lo único que nos separa de los animales, porque esa vaca me miraba mientras agonizaba como si quisiera que le explicara aquello de lo que no comprendía nada.

Si encontráramos el sentido de la vida, probablemente la vida simplemente careciera de sentido. Por lo pronto, tratad de importarle al mayor número de personas, que sea la menor cantidad posible aquellos que al morir os recuerden con una simple cifra. O tratad de importarle solo a un pequeño grupo de personas, pero que seáis tan importantes para ellos que no os olviden jamás. Eso os hará ser queridos y recordados por más gente. Los que no creemos en el más allá sabemos que el alma reside en la memoria.

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